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Rodolfo Walsh. Escritor, periodista y Jefe del Equipo de Inteligencia de Montoneros.

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas.”

El 7 de septiembre de 1970 caían en combate los compañeros Carlos Gustavo Ramus y Fernando Abal Medina en la localidad de William Morris, Provincia de Buenos Aires. De esta manera se iniciaba una nueva etapa de lucha para la organización que ambos habían fundado con el objeto de combatir a la dictadura de la Revolución Argentina, continuadora de la Revolución Fusiladora que desde 1955 proscribía al peronismo como movimiento político.

El secuestro y fusilamiento del dictador militar Pedro Eugenio Aramburu el 29 de mayo de 1970 por una ignota organización político militar conmocionó a la sociedad argentina. No era la emergencia de un fenómeno marginal sino el inicio de una etapa de lucha que asumió características masivas. Montoneros no era nueva como organización militar peronista.

Fernando Abal Medina (Izq.) – Carlos Gustavo Ramus (Der.)

La lucha armada revolucionaria no es producto exclusivo de la vía insurreccional de los jóvenes en la década de los 70. Es un lugar común señalar esos años como el inicio del fenómeno guerrillero, por la dimensión, profundidad, extensión y permanencia que tuvo esa clase de lucha, en nuestro país. Sin embargo, la lucha guerrillera ya tenía sólidos antecedentes. El 24 de diciembre de 1959 el Grupo Uturuncos (Salas, 2003) tomó una comisaría en la localidad de Frías en Santiago del Estero y en la década de los 60 con la fundación de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) el 5 de agosto de 1964 (Duhalde, Perez, 2003) podemos registrar a los precursores de la actividad guerrillera. Tampoco es novedosa la vía insurreccional en el siglo XX. Luego de los fallidos intentos revolucionarios de 1890 y 1893 la Unión Cívica Radical, retomará las sublevaciones en 1905 y 1933. En todos esos intentos denunciará el carácter fraudulento de esos gobiernos y dará inicio a movimientos armados organizados entre civiles y militares. El peronismo ya había ensayado esta vía en 1956 y terminó en un desastre. La diferencia central estará dada por la clandestinidad de las nuevas organizaciones armadas y la nula presencia de militares con mando. La otra diferencia observada es la centralidad del territorio elegido: las ciudades. Las razones son la enorme disparidad de fuerzas, lo que obligaba a minuciosos golpes de mano sobre numerosos objetivos y la elusión de un choque frontal con fuerzas regulares.

La emergencia de esta organización nos coloca en un doble desafío para el análisis: circunscribirlo a una etapa netamente militar exclusivamente o, también, a la ardua tarea de la construcción de la representación política con nuevas coordenadas. Hasta ese momento el peronismo y la clase trabajadora, pese a sus solitarias luchas, ocupaban el lugar de un vacío, una vacancia, una oquedad, parcial e infructuosamente ocupado por el sindicalismo que no exhibía las mejores credenciales, o para expresarlo con mayor claridad, eran insuficientes para la tarea emprendida. El regreso del General Perón, el llamado a elecciones generales sin proscripciones, la recuperación de las instituciones democráticas, eran solo enunciaciones que hasta 1970 no existían en el universo de posibilidades de la política argentina.

Retorno de Perón – Junio 1973

La lucha popular o la Acción Colectiva (Tilly, 2003) eran explosiones populares de ira e insatisfacción que impugnaban el régimen, pero no alcanzaban para promover el regreso democrático. El diagnóstico elaborado era que existía la potencialidad para la lucha popular, pero la dirección de la clase trabajadora peronista no estaba a la altura de las circunstancias o lo que era peor había conspirado para la construcción de un Peronismo sin Perón.

El origen de Montoneros es situado en la confluencia del nacionalismo católico (sectores escindidos del grupo nacionalista católico Tacuara), militantes que exhibían en su radicalización posiciones antiimperialistas, anti-oligárquicas y pro socialistas, cuyos antecedentes pueden ser relevados en la incesante prédica de John William Cooke y el armado del Movimiento Revolucionario 17 de Octubre de Gustavo Rearte. Esta verdadera constelación de organizaciones, militantes, gremialistas, sacerdotes y estudiantes coincidían en un solo objetivo radicalizar la lucha. Llevarla a una nueva etapa. Más violenta y también sin las ambigüedades a las que los habían habituado años de orfandad representativa. En un contexto internacional marcado por luchas anticolonialistas triunfantes como las de Argelia, Vietnam y, en Latinoamérica la revolución cubana, marcaban un horizonte donde la lucha política adquiría extensión y profundidad. En esa perspectiva, el inicio de la guerrilla, no era un plan descabellado y contaba con la adhesión de poblaciones, que intermitentemente, apoyaban activamente la lucha insurreccional.

El secuestro y muerte del Teniente General (RE) Pedro Eugenio Aramburu, en mayo de 1970, incorporó a la guerrilla urbana peronista como un nuevo elemento en la lucha social y política de la sociedad argentina. Aramburu representó la línea más represiva que siguió al Gral. Lonardi en el golpe militar que derrocó al Gral. Perón y fue jefe del régimen entre 1955 y 1958. Si bien la muerte o el asesinato político no eran nuevos en las prácticas políticas argentinas, si lo constituía la investidura de la víctima: ex jefe del régimen, general de Ejército e importante actor político de la época. Su secuestro y asesinato fue realizado por un reducido destacamento autodenominado “Juan José Valle” nombre del general que lideró el fracasado alzamiento cívico militar peronista que culminó con el fusilamiento de civiles y militares que el régimen consideró complotados en 1956. Más allá de las funciones punitivas que se arrogara la organización en la sumaria ejecución de Aramburu, y de las posibles simpatías que atrajera la audacia y frialdad del golpe asestado a las Fuerzas Armadas, no pasa desapercibido que la muerte de Aramburu expresaba en lo simbólico la reapropiación de las funciones punitivas de una organización, que impugnaba el antiguo orden social en la figura del máximo representante de ese sector antipopular.

Camilo Torres Restrepo. Comandante en Jefe del ELN.

La acumulación de demandas que desde 1955, la sucesión de regímenes militares y civiles fraudulentos produjo en la sociedad argentina, por la ausencia de canales institucionales que respondieran a las reivindicaciones populares, condujo a una creciente y diversificada activación política. La exclusión o rechazo por parte de los sectores dominantes de las demandas democráticas de cada sector particular, unificó la sociedad civil haciéndolas a todas ellas equivalentes[1]. En este contexto de activación política, la lógica de equivalencias particulares configuró un escenario de luchas donde incluso los sectores tradicionalmente refractarios, a la lucha social (como los católicos) se sumaron a las hostilidades que el peronismo desarrollaba en soledad contra los sectores dominantes. En una sociedad donde el 90% de la población está bautizada y el 70% había recibido la primera comunión[2], la difusión de las tesis católicas formalizadas por el Concilio Vaticano II incorporó a la lucha por la igualdad, a sectores tradicionalmente indiferentes a la política, socavando la tradicional y conservadora autoridad de la Iglesia Católica. El ícono de esta nueva tendencia era el sacerdote colombiano Jorge Camilo Torres Restrepo que murió combatiendo junto a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en 1966 cuando emboscaban a una patrulla militar.

La militancia que hoy honramos en las figuras de estos compañeros es una referencia necesaria para señalar que las luchas no se inician, ni se cancelan. Se transforman y extienden. La unidad necesaria de los sectores populares, trabajadores, estudiantes, profesionales, confesionales son, igual que en aquella época, la condición necesaria para garantizar que el orden oligárquico no sea restaurado.

Referencias
[1] Ernesto Laclau. Emancipación y Diferencia. ¿Porque que los significantes vacíos son importantes para la política? Pág. 102.
[2] Padre Carlos Mugica en Peronismo y Cristianismo. Editorial Merlín. 1973. Citado por Richard Gillespie en Soldados de Perón. Editorial Grijalbo S.A. (Segunda Edición). 2001.
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