La escucha de un relato se inscribe como escena de horror. El olvido no puede con él. Es la historia de una militante en cuyo nombre encuentra el propio. Se trata de una escena de tortura, dolor y desamparo de la que no puede hablar, no puede dar detalles, sería un exceso. Esto se articula como algo indecible que toca ese cuerpo desconocido, toca el propio y adquiere el valor de acontecimiento. A los 14 años X descubre que existen hechos horrorosos e inexplicables en la historia humana y advierte el inconmensurable fondo de crueldad que habita el alma de algunos seres. Las preguntas que orientan su camino en la vida son aquellas que revelan alguna respuesta acerca del sufrimiento. X se nombra y se define como una militante por los derechos humanos. (Fragmento de una historia).

Entre las formulaciones que intervienen en ciertos campos productores de subjetividad hay una clásica pregunta que suele formularse y que representa una convocatoria a la responsabilidad del sujeto: “¿Qué tiene que ver usted con esto de lo que se queja?” que designa, un sufrimiento que el sujeto padece y que apela a conmover algo de su posición de pasividad, pero puede significar una situación abusiva si sirve para desconocer y renegar que en el mundo reina un desorden que lo trasciende. Este desorden, muchas veces se presenta como un despliegue de sucesos desalentadores que, parafraseando al texto de Freud [1], parecen demostrar que el porvenir no tiene ilusión. Interrogar esa desilusión es una apuesta que pretende desnaturalizar el sufrimiento, intenta poner límite a la resignación y representa una convocatoria para la producción de un proceso transformador.

Lo humano se define por la necesidad del Otro [2], que se establece como una presencia determinante. Todo sujeto se ve inmerso en una situación de dependencia estructural del lenguaje, que se funda en un lugar de desamparo existencial. La cría humana necesita del cuidado y de la palabra que le viene de ese universo simbólico que le ofrece el Otro y que organiza su vida psíquica, le aporta emblemas e ideales. El sujeto nace a partir de esa presencia que lo introduce en el campo del lenguaje. Sus historias y sus legados, quedarán modelados por lo que se define a partir de un juego combinatorio donde sus elecciones más íntimas y cruciales quedarán marcadas por esa matriz simbólica que determinará el modo particular de ser en el mundo, de establecer un vínculo con el semejante y de potenciar un modo de saber hacer con el desamparo.

El psicoanálisis ha introducido conceptos propios en el campo de la política; lo relativo al sujeto, la subjetividad, la singularidad afectada por lo político, son nuevos modos de nombrar la experiencia del sujeto en su relación con el mundo, en una articulación que lo signa como protagonista en un devenir histórico común. Decimos que lo político constituye al sujeto y el sujeto tiene un lugar de productor de significaciones como protagonista de esa experiencia. Indagar esta experiencia implica revelar la estructura y la constitución del sujeto que la soporta y considerar su responsabilidad en la misma.

El acontecimiento político

La proximidad de un sujeto a la política puede ser pensado como algo del orden del acontecimiento; un encuentro, por lo inédito que allí se produce, comparable a un milagro, donde la subjetividad se ve golpeada a partir de un fragmento del campo de la realidad. Alain Badiou en El ser y el acontecimiento, plantea que lo azaroso de ese encuentro no podría ser predecido fuera de una situación singular, ni deducido de esa situación; no es un simple evento significativo sino que es un quiebre en el campo del saber, del que emerge una verdad no considerada por el saber de la situación misma, e implica la subversión de un orden simbólico para dar lugar a algo nuevo. Propone cuatro campos susceptibles de acontecimientos, estos son, el arte, la ciencia, el amor y la política.  La verdad de un acontecimiento es la de sus actores; ésta excede lo que pueda ser probado o demostrado y exige otras condiciones además de la simple coherencia de los discursos y la correspondencia de las palabras con las cosas. Para que esto se produzca, es necesario que haya como condición un vacío no simbolizable, es decir que la situación misma debe ofrecer un agujero que al mismo tiempo que convoca, quiebra ese saber ya dado y propicia una nueva producción de verdad. Por eso, toda verdadera novedad que se produce en un acontecimiento, ocurre a partir de cierta oscuridad y confusión. El saber de una situación es el modo de simbolizar un cierto estado de cosas, por ejemplo, una situación política o artística y el modo en que la representamos. El acontecimiento sólo puede producirse si hay un sujeto comprometido, capaz de un acto de lectura de los síntomas de la situación y que responda a eso que lo interpela y que lo trasciende. El sujeto del acontecimiento es aquél que se hace presente en un acto de fidelidad con ese deseo que lo mueve.

Ahora bien, ¿qué movimiento interno lleva a que un sujeto sea productor de un acontecimiento?, ¿qué lo lleva a ir más allá de lo individual y a pasar a una instancia colectiva?, ¿qué lo empuja a pasar de una motivación subjetiva a la construcción de un hecho transformador que incluya al conjunto de los seres hablantes, sexuales y mortales como parte de un todo que lo trasciende?

En ciertas historias se pueden recortar fragmentos que muestran cómo determinados hechos adquieren valor disruptivo, golpean la subjetividad y convocan a un acto de responsabilidad. Amanda Peralta, militante peronista, nacida en Bolívar en 1939 en el seno de una familia de clase media radical, comenzó a militar en La Plata en 1955 a los 15 años en la Federación de Estudiantes de la universidad. A partir de su relato sabemos cómo vivió la revuelta de Valle de 1956. Podemos aislar una escena que la muestra revelando algo de su sentir y donde se reconoce como destinataria de un llamado que renueva su compromiso político. Ella relata cómo se vio afectada por una situación conmocionante de la que fue testigo, enmarcada en el escenario de los fusilamientos: “Me escapé a ver qué pasaba ahí…había mucha gente alrededor de los muros del regimiento, de golpe se escuchan las descargas cuando lo fusilan al Coronel Cogorno. Yo no sé explicar por qué, pero a mí, eso, se me clavó en el alma”. Amanda Peralta renueva su compromiso militante, se suma a la Resistencia Peronista, adhiere en 1967 a la Acción Revolucionaria Peronista y participa activamente en la conformación del grupo guerrillero apresado en Taco Ralo, Tucumán, en 1968. Alicia Eguren, escritora, docente y periodista, mantuvo una posición de compromiso que se reafirma cuando se acerca al naciente peronismo en 1946 y más tarde cuando se ve convocada a tomar una firme posición militante en un escenario de derrumbe. A partir del golpe del 55 y del impacto que provocan en ella los bombardeos de Plaza de Mayo, toma conciencia de la dramática situación y se acerca a John William Cooke poniéndose a su disposición, sentando las bases de lo que sería la heroica resistencia peronista. Ella cuenta las vicisitudes de ese encuentro que marcará un camino nuevo en su historia de lucha: “El 16 de junio de 1955, a partir de la masacre de la Plaza de Mayo, lo busqué para ponerme a su disposición. Estaba segura de que él era hombre de pelea”. A partir de entonces Alicia Eguren y John Cooke quedaron unidos por la lucha y ambos, juntos, se convirtieron en piezas claves y necesarias para organizar la Resistencia Peronista.

A partir de lo que se recorta en esos fragmentos biográficos podríamos decir que el “fusilamiento” y la “masacre”, con la dimensión trágica que contienen esas escenas funcionan como situaciones convocantes y como llamados a hacer extensiva la lucha hacia un alcance mayor. El desamparo del otro denuncia un vacío, que potencia la lucha militante.

 El sujeto y el otro

 En su Seminario “La Ética del Psicoanálisis”, Jacques Lacan habla de éxtimo, o extimidad, neologismos que acuña para dar cuenta de un fenómeno paradojal que el sujeto establece en su construcción del mundo y que le permite realizar, entre otras cosas, producciones culturales y sociales. La extimidad problematiza las aparentes oposiciones entre lo interno y lo externo, el afuera y el adentro, el Otro es algo extraño al sujeto, aunque está en el núcleo de su subjetividad. Lo éxtimo habita en cada uno y organiza el examen de la realidad que el sujeto se ve conminado a realizar. Ese lugar hace referencia a un vacío, a un lugar de desamparo, a una frontera, a un límite donde se manifiesta una carencia que puede hacerse audible a partir del cuerpo y del llamado de otro. Allí el otro se convierte en algo del orden de lo íntimo, es otro al que me identifico y que me agita, me conmueve. Se recorta un acontecimiento a partir del signo de vida afectado por una falta, por una carencia. El llamado del otro semejante interpela, se articula como demanda, produce un efecto de identificación y convoca a una respuesta. Ese lugar vacío tiende a ser colmado por significantes que son representativos para ese sujeto, lo identifican, lo fijan a determinados ideales o mandatos. Es en la figura del moribundo, del desposeído, del excluido, del que sufre y se encuentra en una posición de carencia, donde se logra aislar la potencia que captura al sujeto bajo el efecto de un deseo transformador. Lo íntimo se hace político a través de la militancia.

 El hecho colectivo de la política, funciona no como obturador del vacío, ya que esa carencia es imposible de soslayar, sino como un modo de hacer con la imposibilidad bajo las condiciones que impone el examen de la realidad. La política es una práctica que opera con un límite fundacional porque su intervención se da en un campo ontológicamente fracturado y la emergencia de un deseo transformador está afectado por operaciones lógicas en las que la verdad queda a medio decir y el universo queda definido por la incompletud.

La política representa una oportunidad de responsabilizar al sujeto y de convocarlo a una pregunta acerca de su manera de ser en el mundo; es un modo de enfrentar las inercias sociales y todo aquello que hace obstáculo y detiene la dinámica de la transformación, y en ese sentido el discurso político debe significar un empuje constante que ponga a prueba e interrogue las posibilidades e imposibilidades de transformación de los lazos sociales.

El acontecimiento político surge de un encuentro y la política representa un saber hacer con ese encuentro, volviéndose una causa colectiva.  La política es la acción del sujeto más allá de su propia historia, sus identificaciones y su narcisismo, y representa un acto convocante desde una ética de la responsabilidad, ligada a la tarea indeclinable de hacerse cargo de la pregunta por la dignidad humana. No es una mera yuxtaposición de deseos, es una comunión entre los hombres que se reconocen como seres vinculados por una tarea histórica común.

Alicia Eguren

Referencias

[1] El texto al que se hace referencia es “El porvenir de una ilusión”, de Sigmund Freud escrito en 1927.

[2] Desde el psicoanálisis se establece una diferencia entre el Otro (Autre) o Gran Otro, que Jacques Lacan escribe con una A mayúscula para distinguirlo del pequeño otro (autre). El Otro es alteridad radical, no personal, no representa un lugar espacial sino que es el tesoro de los significantes y las reglas de su empleo. El otro es el compañero imaginario, el semejante. Para que el otro pueda sancionar una palabra como tal, es necesaria la función de Otro como tesoro del significante.

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