16 de Septiembre de 1976.

Las palabras como construcciones de sentido, alojan una inerradicable insuficiencia en su capacidad de nombrar o nominar algo con todas las dimensiones que la pueden totalizar. Esa insuficiente capacidad de nominación se constituye como una fallida plenitud de sentidos, que no da debida cuenta del suceso al que refiere, dota al lenguaje de la imposibilidad de totalizar en sus descripciones el universo que intenta describir.

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La  juventud en lucha.

¿Cómo nombrar al suceso por el que los jóvenes militantes de La Plata fueron secuestrados, torturados y desaparecidos en septiembre de 1976, por impulsar un proyecto político? ¿Las palabras Noche y Lápices remiten a esas dimensiones centrales vinculadas al carácter contencioso de la acción colectiva, de la agitada solidaridad, de la demanda postergada?

Ambas palabras “Noche” y “Lápices” ¿deberían interpretarse solo en la dimensión trágica de la pérdida? ¿De la oscuridad? ¿Remite a la análoga Kristallnacht [1]? ¿Es la juventud? ¿Es su carácter escolar? ¿Son solo víctimas de la Noche?

En esta manifiesta insuficiencia de las palabras para abordar el horror de un hecho ¿no están ya presentes las categorías para transformar la metodología de aniquilamiento genocida en solo un hecho luctuoso y trágico? ¿No se está construyendo el carácter de excepción de un acontecimiento que se repitió una y otra vez como disciplinamiento y castigo para la rebeldía por parte de los sectores concentrados de la economía?

Los griegos tenían una palabra para abordar aquellos hechos que tenían un destino trágico e ineluctable: “Hamartia”. Los protagonistas incurrían en la Hamartia (error o fallo) que los llevaría a enfrentar el ineludible destino de la muerte, la locura o el exilio. El panteísmo heleno permitía sostener que el destino de los hombres descansara en fuerzas que estaban inscriptas en el Universo, pero en la política moderna no. Nada hay de azaroso en el secuestro y desaparición de los militantes de La Plata. Solo existe esa fría y criminal determinación de clase, que fatiga el suelo argentino, cada vez que la oligarquía argentina siente la proximidad de la amenaza ya sea ficticia o real.

La desaparición de los militantes de la UES desde 1976, actualiza su presencia eternizándolos, paradójica consecuencia que los captores no previeron. Pues si bien las ausencias de ese vacío que indica que “no están”, sin embargo, crea eternidad. Forma parte de esos paradójicos procesos que nos reserva el universo. De la ausencia de espacios nacen tiempos. De esas infinitas oquedades, no surgieron solo las lágrimas y el dolor, sino, presencias que habitan nuestras historias y vidas. Los conocimos en su gigantesca estatura. Supimos sus nombres. Nombraron sus propias a aulas. Fundaron escuelas que llevan sus nombres. Vivos en su eterna juventud, los abrazamos cada día, cada año, hasta convertirlos en ese fuego sagrado que nos ilumina y reconforta. Llenamos el vacío al que intentaron condenarlos sus pobres verdugos con canciones, palabras, discursos, películas, afiches, pintadas, fotos, libros, diarios, para volverlos infinitamente nuestros. Eternamente unidos en nuestros abrazos y en nuestras consignas. El odio oligárquico fue derrotado otra vez. Pues cada septiembre llegará cargado de furia y pasión militante. Esas palabras que quisieron sepultar junto a nuestros compañeros y compañeras, nuestros amigos y amigas, nuestros hermanos y hermanas.

Los seis estudiantes desaparecidos de los 10 secuestros que hubieron esa noche.

Fracasaron otra vez, pues esas eternidades, que fundaron las manos criminales y genocidas, no dejarán de habitar el tiempo. Esos vacíos, desde donde fluye el tiempo del perpetuo evocar, podrán ser cubiertos parcialmente con el pasado, pero serán saturados de presente y futuro. Cada año se renovará el fervor de militancia. Cada septiembre volverá con los nombres de cada uno de ellos: Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Horacio Ungaro. También regresarán los nombres de quienes compartieron el cautiverio y sobrevivieron: Emilce Moler, Patricia Miranda, Pablo Díaz y Gustavo Calotti.

No hubo Hamartia en los compañeros. No en el sentido que le otorgaban los griegos. No hubo errores, no hubo fallos. Existió,sí, certeza sobre la naturaleza del régimen que enfrentaron y de sus intenciones. Vieron el futuro y se convirtieron en parte de un tiempo absoluto y circular. Un tiempo en el que serán siempre protagonistas. Puro presente, habitando todos los instantes de la eternidad.

Referencias
[1] La Kristallnacht designa los linchamientos y asesinatos sobre la población judía de Alemania y Austria por parte de las tropas de asalto nazis en noviembre de 1938.
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