“De los miedos nacen los corajes. Y de las dudas, las certezas. Los sueños anuncian otra realidad posible y los delirios, otra razón. En los extravíos nos esperan hallazgos, porque es preciso perderse para volver a encontrarse. Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día. En esa fe, fugitiva, creo. Me resulta la única fe digna de confianza, por lo mucho que se parece al bicho humano, jodido pero sagrado, y a la loca aventura de vivir el mundo.” Eduardo Galeano (El libro de los abrazos)

Todos tenemos una historia (al menos una) para compartir con familiares, amigos, compañeros de trabajo, facultad, o en un ámbito de militancia. Pero ¿por qué no abrimos esas crónicas a mundos desconocidos? Es común creer que aquellas personas que forman parte de nuestro círculo vincular son más propensas a comprender o bien tomar magnitud de lo que uno está expresando. ¿Es realmente esta la dinámica que buscamos? Posiblemente sí. Tal vez el temor a recibir un comentario no deseado, o incluso opuesto a nuestra forma de ver las cosas hace que limitemos la trascendencia de nuestras historias. Sin embargo, en determinados casos y por el contrario a una simple creencia, resulta mucho más fructífera la apertura de un relato a esta trascendencia de la cual desconocemos sus límites. 

Ahora bien, ¿qué sucede cuando es nuestro entorno el que está involucrado en la historia? ¿Qué sucede cuando la historia está fundada a base de mentiras? ¿Qué sucede cuando esas mentiras son las que cambian justamente la historia? ¿Qué sucede cuando esos cambios en el relato son constantes? ¿Qué sucede cuando esa constante acaba por desconcertarnos por completo?

Uno no sabe a ciencia cierta las respuestas concretas a cada uno de estos interrogantes, sin embargo, es inevitable pensar que todas confluyen en una sola cuestión: ¿Quién soy?

Recaemos en esas dos palabras que derrumban en fracción de segundo cualquier estructura mental. Dos palabras que hacen que uno deje de reconocer esa imagen que devuelve un espejo. Dos palabras que transforman en mentira cada recuerdo que tenemos almacenado. Dos palabras que nos dejan al desnudo frente a nuestro entorno, con niveles de vulnerabilidad impensados. Dos palabras que nos ponen a flor de piel la desconfianza. Dos palabras que echan por tierra el derecho más básico y primario de una persona: su identidad.

Es este momento cuando nos concebimos solos, cuando la historia deja de ser una para convertirse en otra, o mejor dicho, cuando la historia se fracciona inevitablemente en dos: “la oficial” y la que debemos reconstruir en base a ella. Es este el momento en el cual nuestra historia deja de encajar en nuestro entorno, de potencial complicidad, y pasa temerosa a la disyuntiva de encerrarse o de abrirse por completo a sabe Dios qué destino.

La vida se transforma automáticamente en un rompecabezas de fichas infinitas, en donde cada situación, dicho o comentario puede ser parte de nuestro armado. El problema aparece cuando la ficha que hoy tenemos en mano no va en ningún lado, o encastra con una que todavía no vimos. Es así que al rompecabezas lo mutamos a un cuadro sinóptico inmedible donde vamos acomodando cada ficha, muchas de ellas “por las dudas”.

El tiempo pasa, la vida avanza, y cada dato que recopilamos abre un nuevo abanico de posibilidades. La duda crece y duele cada vez más profundo. El camino es largo y la búsqueda lenta. Vivimos cada minuto conscientes que ese minuto ya pasó y poco pudimos avanzar. Nos preguntamos y nos repreguntamos, quien sabe, más de cien cosas por minuto. Vamos por la calle buscando un parecido físico, una mueca, un lunar… El comentario en tono de chiste “sos igual a…” deja de ser una ofensa para convertirse en el inicio de un nuevo ciclo detectivesco.

De repente caemos en la cuenta que no sabemos antecedentes médicos, si somos propensos a algo, si nos gusta tal o cual música simplemente porque nos gusta o si ya lo traemos en la sangre. No sabemos si tenemos hermanos, cuando cumplimos años, cuántos años cumplimos, si alguien nos busca, si alguien nos espera, si alguien nos sueña. Nos alegramos hasta las lágrimas con la aparición de cada nieto, pero al mismo tiempo nos preguntamos cuándo llegará ese abrazo para nosotros.

Sentimos la culpa de generarle un perjuicio a quienes nos criaron, en algunos casos con amor, en tantos otros con egoísmo disfrazado de amor. Nos frenamos una vez más por temor, y dejamos de lado lo importante: conocer nuestra identidad, nuestra verdad. Es una carrera a contrarreloj en la que nos llenamos de dudas que abren el espectro de posibilidades pero que paradójicamente achican el filtro de nuestra búsqueda; en la que pasan los años pero el objetivo final representa volver a nacer.

Juan Salvo

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