“Todavía me emocionan ciertas voces. Todavía creo en mirar a los ojos. Todavía tengo en mente cambiar algo. Todavía y a Dios gracias, todavía.” Juan Carlos Baglietto, Tratando de crecer.

Podemos entender y concebir a la militancia desde diferentes puntos de vista, sin embargo desde lo conceptual, estamos en condiciones de afirmar que es la adhesión a determinadas ideas y la defensa de las mismas.

Pero ¿qué ideas defendemos? ¿Nuestras ideas o las ideas de otro? Resulta muy difícil pensar que uno mismo, como “ciudadano común” es quien va a disparar una idea lo suficientemente revolucionaria como para alterar el curso de las cosas. Pero la dificultad no hace a la imposibilidad, y es interesante tener presente que uno puede cambiar con la época o, mejor aún, uno puede ser tan trascendente como para cambiar la época. De hecho, cuando uno se reconoce peronista, o bien en el marco de otra ideología, no está haciendo más que defender un conjunto de ideas, a las cuales hace carne y defiende como propias. Este fenómeno sólo puede entenderse desde la base fundante de cada movimiento, y en el caso del peronismo siempre primó el pensamiento colectivo. En consecuencia uno se apropia de determinada idea e intenta llevarla en alto hasta la victoria definitiva. 

Tener claro este punto es clave al momento de levantar una bandera, ya que nos va a diferenciar indefectiblemente de quien no lo tenga resuelto. El segundo caso resulta crítico, ya que da origen a la obsecuencia militante, que bajo el disfraz de lo colectivo, no hace más que perseguir un objetivo netamente personal al servicio de otro individuo que actúa dentro de esa misma dinámica.

¿Cómo identificamos uno del otro? Es este punto en el que obligatoriamente tenemos que reflexionar sobre la conducción que elegimos. Digo bien, elegimos, reconocemos y reafirmamos la elección. La conducción se funda entorno a una persona (o grupo de personas) que obtiene la representatividad popular y que a su vez legitima la misma a diario; una figura respetada que  mantiene un eje de coherencia en sus dichos y actos. En ese sentido, uno se siente representado o no, y en consecuencia elige ser conducido por tal o cual persona.

A lo largo de nuestro camino militante seguramente nos encontremos con una serie de infortunios que deberemos saber sortear, en la medida que tengamos claro nuestro objetivo. Un/a dirigente que se jacta de ser el/la conductor/a de un determinado espacio… bueno, a esta altura deberíamos tener en claro por dónde pasa la cuestión.

En primer lugar en el peronismo se construye de abajo hacia arriba, por lo tanto son las bases las que hacen emerger a estos conductores y que justamente los reconocen como tal. En segundo lugar, este nuevo emerger constante de las bases a los mandos medios (y sucesivos) de la política es fruto de un arduo y largo camino de formación integral, y no de lo que tristemente llamamos “dedocracia”. Si este proceso pudiera ser respetado a rajatabla estaríamos en presencia del inicio colectivo del cambio de época que mencionamos anteriormente. La liberación de la Patria estaría al alcance de nuestras manos, ya que quienes tuvieran la posibilidad de ocupar roles institucionales contarían en su totalidad con una representatividad popular, y dejaría de existir “la lapicera mágica” para resolver cuestiones personales, y pasaría a ser, como corresponde, la lapicera de un funcionario público cuyo único fin es la resolución de los problemas y necesidades del Pueblo.

Bajo estas premisas, quizás nos preguntemos entonces, pero… ¿quién conduce? La respuesta es muy sencilla: conduce el que conduce.

Juan Salvo

Anuncios