El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, ni participa en los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio del pan, del pescado, de la harina, del alquiler, de los zapatos o las medicinas dependen de las decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro, que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la política. No sabe, el imbécil, que, de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos, que es el político trapacero, granuja, corrupto y servil de las empresas nacionales y multinacionales.” 

Bertold Brecht.

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Mucho se ha hablado de los famosos (mal llamados) planes sociales que se brindaron durante los años de gobierno del Kirchnerismo. Que es para vagos que no quieren trabajar, que las mujeres se embarazan por un plan, que fomentan el embarazo adolescente, que viven de los cuatro o cinco planes de los cuales son beneficiarios, que viven de los subsidios que a su vez son pagados por la clase pudiente, y un sinfín de barbaridades que verdaderamente no merecen la pena seguir reproduciéndolos.

Vale aclarar que los citamos como mal llamados ya que no son planes sociales, sino derechos que se constituyen dentro de una política pública con el objeto de devolver parte de lo que durante tantos años se le había quitado a los sectores más vulnerables de nuestro querido Pueblo.

El punto es que cuando hablamos de estos sectores como vulnerables, postergados o desprotegidos, posiblemente se nos venga a la cabeza la palabra pobreza, o pobres. Podría decir que la asociación es correcta, pero no. Créanme que no eligen ser pobres, ni mucho menos su condición de pobreza o indigencia. El término es parecido, no así su significado. De esta manera concluimos en que lo que comúnmente llamamos Pobres, en realidad son Empobrecidos, o bien lo que llamamos Pobreza, Empobrecimiento. Puede parecer a simple vista que hilar fino en cuestiones lingüísticas no hace a la cuestión, ya que cuando nos referimos a los “pobres”, todos entendemos de lo que estamos hablando. Sin embargo, forma parte de esa batalla cultural de la que debemos hacernos cargo.

Ahora bien, ¿qué es lo que sucede cuando el Estado tiene la voluntad política de llevar adelante una serie de medidas que benefician a los sectores empobrecidos? ¿Qué sucede cuando la distribución de la riqueza es justa y equitativa? ¿Qué sucede cuando un empobrecido recupera la dignidad y deja progresivamente su condición de empobrecimiento? Es tan simple como imaginamos: la oligarquía enfurece al ver que un “negro de la villa” tiene los mismos derechos que “una persona bien”. De buenas a primeras la alta alcurnia de la sociedad deja de ser vip y a su vez deja de tener esos derechos exclusivos, como por ejemplo el acceso a la educación, a empleos de mejor calidad, a vacaciones con personas de su mismo estrato social, etc.

La educación es un punto clave en esta cuestión ya que impedir la implementación de un sistema educativo público y gratuito, le garantiza a la oligarquía mantener la exclusividad del acceso a títulos (desde secundario hasta masters, posgrados y doctorados) y en consecuencia el círculo sigue siendo cerrado, ya que los empleadores siempre van a buscar a los más calificados para cubrir sus vacantes. De esta manera, también, se garantizan ocupar cada puesto institucional ya que no habría otras personas “aptas” o suficientemente “calificadas” para hacerles al menos competencia.

Pero no es sólo la educación, sino todo. El mundo avanza a pasos agigantados y en magnitudes insospechadas. En ese sentido, la recuperación de los derechos perdidos, o bien la adquisición de nuevos derechos, no son ajenos a estos cambios vertiginosos. Las banderas de la justicia social, la independencia económica y la soberanía política no son posibles sin un marco de inclusión social que nos permita a todos y cada uno de nosotros ejercer libremente todos nuestros derechos.

Resulta entonces, que los “planes sociales” son un eje fundamental en la reconstrucción de una nación que ha sido golpeada por añares por gobiernos liberales dependientes de las potencias mundiales.

La batalla cultural que mencionamos anteriormente no es más (ni menos) que el cambio de paradigma social, el poder romper con las estructuras mentales y sociales que nos han impuesto desde tiempos inmemorables, el hecho de poder discernir entre algo divertido y algo ofensivo.

Para ejemplificarlo de una manera más clara, y teniendo en cuenta que (afortunadamente) los lectores se suman desde Latinoamérica toda, pensamos en el Chavo del 8, basándonos en una reflexión del tema Ese chico[1], de un conocido compositor y cantautor argentino, Ignacio Copani.

Todos y todas, creo, conocemos a este inolvidable personaje de Chespirito (Gómez Bolaños) que pasa sus días en una vecindad de algún barrio empobrecido de Méjico. Una vecindad que es un conventillo, que en ese país hermano es como una villa. El Chavo ni siquiera vive en una casilla de esa villa. Vive en un barril. ¿Y nosotros? Nosotros nos reímos del Chavo. De chicos, de grandes nos reímos de él. Nos reímos cuando lo vemos con sus harapos. Nos reímos de él cuando le tiran una torta de jamón al piso y la tiene que juntar de ahí para comerla. Nos reímos de él cuando comete errores o no sabe decir alguna palabra. Nos reímos de él cuando vemos que su único juguete es una latita vacía y una rama que ofician de balero. Nos reímos de él cuando sus amigos se burlan y le enrostran que no tiene nada. Nos reímos de él cuando la Bruja del 71 lo obliga a realizar trabajos infantiles por apenas unas monedas. Nos reímos de él cuando sus propios amigos no lo invitan a dormir a sus casas ni siquiera en las más crudas noches de invierno. Nos reímos de él incluso cuando Don Ramón le pega. Posiblemente nos sigamos riendo, y de hecho esta suerte de análisis no apunta contra su creador, quien tal vez haya sido una víctima más de una manipulación cultural, sino más bien al contexto en el que crece y se desarrolla este niño de apenas ocho años.

¿Dónde están sus derechos? ¿Dónde está el Estado? ¿Qué va a ser de este niño en el futuro? Lo único bueno que tiene es que es una ficción y por lo tanto los años no transcurren. Pero ¿cuántos Chavos nacen, viven y mueren en cada sociedad? ¿Qué sería del Chavo del 10? ¿Qué sería del Chavo del 12 sin una asignación familiar? ¿Qué sería del Chavo del 14 sin la vecindad que lo abrace, sin el barrio que lo contenga? ¿Qué seria del Chavo del 16 sin un programa de apoyo que le permita seguir estudiando? ¿Qué sería del Chavo del 18 sin una universidad gratuita que lo incluya y le permita progresar? ¿Qué sería del Chavo del 20 sin un plan que le permita acceder a un mejor empleo o de tener su propio emprendimiento? ¿Qué sería del Chavo del 25 sin una política que le garantice un incremento salarial sin depender de la buena voluntad de su empleador? ¿Qué sería del Chavo del 28 sin un plan que le permita acceder a su propia casa? ¿Qué sería del Chavo del 30 sin un programa de asistencia a su pareja y a su hijo recién nacido? ¿Qué sería del Chavo llegado a su ancianidad sin un reconocimiento digno a su esfuerzo de toda una vida? ¿Qué sería de todos nuestros Chavos totalmente desprotegidos?

¿Y nosotros? Nosotros nos seguimos riendo de él. Pero ¿qué va a hacer ese Chavo cuando pierda la gracia? Quien sabe la canción no esté tan errada cuando lapidariamente nos responde que va a ponernos contra la pared, que va a hacer temblar de miedo nuestra panza, que va a robarnos tan solo un poco de lo que nosotros le quitamos hoy…

El destino más temido por la oligarquía es el de la revolución. Cuando todos los Chavos entiendan que lo que les ocurre no es fatalidad sino el producto de un sistema expoliador, no vamos a tener ladrones sino revolucionarios.

Juan Salvo

 

 

Referencias

[1] https://www.youtube.com/watch?v=NEy93ydG8vE

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