LAS LEYES DE MATRIMONIO IGUALITARIO Y DE IDENTIDAD DE GÉNERO.

El 15 de julio de 2010 se modifica la ley de matrimonio civil en la Argentina. La ley 26618 sancionada el 15 de julio de 2010 y promulgada el 21 de julio del mismo año permite el matrimonio entre personas del mismo sexo. De esta forma Argentina se convierte en el primer país de Latinoamérica en reconocer este derecho en todo su territorio nacional. Es el décimo país del mundo que legaliza esta forma de unión.

La ley 26743 de Identidad de Género sancionada el 9 de mayo de 2012 y promulgada el 23 de mayo de 2012  establece que toda persona tiene el derecho al reconocimiento de su identidad de género y permite que las personas sean inscriptas en sus documentos de identidad con el nombre y sexo de su elección. Se trata del reconocimiento de la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento de su nacimiento.

Estas leyes representan hechos históricos en el avance de los derechos humanos y son un hito en la conquista de los derechos civiles. A partir de éstas Argentina se convierte en un país más igualitario y más justo.

Abordar la historia de la sexualidad requiere desentrañar la articulación de saberes que a ella se refieren y considerar  las palabras que la determinan, que el devenir histórico se ha encargado de transformar, hacer perder y crear. El cuerpo es el sitio privilegiado donde se afirman las huellas de la cultura, poniéndose en cuestión la idea de propiedad de éste para cada individuo. En ese sentido el discurso jurídico juega un papel determinante ya que instaura categorías de legalidad o ilegalidad a las prácticas humanas incluso aquellas que ocurren en el campo de lo íntimo como son las prácticas sexuales. La ley como hecho jurídico se ubica en ese insuperable antagonismo entre los deseos del sujeto y las restricciones impuestas por la cultura. Imponiendo legalidad a los deseos, haciéndolos entrar en el discurso jurídico se fabrican subjetividades siempre resistentes a toda adecuación; se intenta así civilizar al sujeto a partir de un sistema de prohibiciones y posibilidades. Lo jurídico fuerza al sujeto, y la historia de la sexualidad se identifica con la lógica jurídica de forzamiento del sujeto deseante, culpable. Es mediante la culpabilidad que la ley toma contacto con el sujeto. Las diversas formas de decir sobre la sexualidad establecieron categorías que han sido legitimadas o condenadas de acuerdo a la medida del ajuste o transgresión del sujeto del deseo.

La manera en que los hombres se arbitran los daños y responsabilidades, y el modo en que son juzgados en función de sus errores, han sido modificadas sin cesar a lo largo de los siglos, definiendo formas de saber y de poder y tipos de subjetividades .En su recorrido sobre la historia de la sexualidad, Michel Foucault describe cómo el discurso sobre el sexo es formulado desde múltiples y heterogéneas instancias: demográficas, biológicas, médicas, morales, pedagógicas, psicológicas. El saber sobre la sexualidad está producido por un entrecruzamiento que no está inscripto en ninguna esencia humana, sino que es parte de una invención de mecanismos, algunos sutiles, silenciosos, otros más evidentes y ruidosos. Se pueden rastrear esos mecanismos de ejercicio del poder en espacios descentralizados como la familia, la prisión, el hospital, la escuela, funcionando como agentes del poder jurídico y científico. Se produce un sujeto que no está dado definitivamente, sino que se constituye en el interior mismo de la historia.

En cada época, tanto para la reflexión jurídica como científica, hubo construcciones que asediaron la figura del hombre “normal” y dejaron a la ley sin voz. Foucault ubica una figura, el “monstruo”, como el gran modelo de todas las diferencias, con un principio de inteligibilidad que permite dar cuenta de toda anomalía y de toda desviación. Se busca así cuál es el fondo de monstruosidad que hay detrás de toda diferencia. El individuo “a corregir” es otra figura de relevancia, ya en el siglo XVII y XVIII y tiene a la familia en el ejercicio de su poder interno y en su relación con las instituciones que lindan con ella o la apoyan su mejor aliado, aparece en esa articulación que hay entre la familia, la escuela, la calle, la iglesia, la policía, etc. Ese individuo exige en torno de sí cierta cantidad de intervenciones específicas.

Durante el siglo XVIII toma relevancia el hermafrodita, poniendo en juego el desorden de la ley natural y cuestionando el orden jurídico. Es monstruoso el ser que tiene dos sexos, no se sabe si tratarlo como varón o niña, si hay que autorizarlo o no a casarse y en ese caso, con quién, si puede recibir las órdenes religiosas, etc. En la Edad Media y hasta el siglo XVI, los hermafroditas eran considerados monstruos, ejecutados y quemados, sus cenizas se lanzaban al viento. En el año 1599 se registra el caso de castigo a un hermafrodita a quien condenan por el sólo hecho de serlo. Se trataba de Antide Collas quien a partir de una denuncia fue evaluado por médicos, quienes concluyeron que ese individuo poseía los dos sexos y que sólo podía poseerlos porque había tenido relaciones con Satán, habiendo sumado un segundo sexo al primitivo. Sometido al tormento, el hermafrodita confesó que efectivamente había tenido relaciones con Satán. Fue quemado vivo en Dole en 1599.

A partir del siglo XVIII el tratamiento es otro: se reconocía su condición, se escogía su sexo, según cuál fuera dominante en él, se indicaba que se condujera según el sexo elegido y que usara la ropa correspondiente; si usaba su sexo anexo entraba en la órbita de las leyes penales y merecía ser condenado. Se registran toda una serie de condenas de hermafroditas por el uso de su sexo anexo. Un resonado caso fue el hermafrodita de Rouen, alguien que había sido bautizado como niña, quien poco a poco se convirtió en hombre, vestía ropa masculina y se casó con una viuda, madre de tres hijos. Nuevamente una denuncia precipita la intervención judicial y la pericia médica, no se encuentran signos de virilidad, por lo tanto, la condena a la horca, la hoguera y el lanzamiento de cenizas al viento; su mujer es condenada a presenciar el suplicio y a recibir azotes en público. El derecho a apelar permite una nueva pericia, se instala una disidencia interna y un perito reconoce algunos signos de virilidad. El veredicto es otro: queda en libertad, se le impone el uso de vestimenta femenina y se le prohíbe vivir con otra persona, sea de uno u otro sexo.

En 1765, se describe un caso semejante. Anne Grandjean, quien fue bautizada como niña, hacia los 14 años comienza a sentirse atraída por personas de su mismo sexo, decide usar ropas de varón y se instala en otra ciudad, donde se casa con una mujer. A raíz de una denuncia interviene un médico, quien refiere que se trata de una mujer, por lo tanto su conducta es condenable por utilizar el sexo no dominante. Los jueces la condenan a la picota como profanadora del sacramento del matrimonio. También en este caso hay apelación ante la corte, sale liberada con la obligación de usar vestimentas femeninas y la prohibición de frecuentar a cualquier mujer. Se trata en este caso de vedar el contacto con seres de su mismo sexo. La prohibición no se hace tan extensiva como en el caso anterior. Va surgiendo una concepción distinta, se pasa de la idea de la monstruosidad al hecho condenable de que una persona tenga gustos perversos, desviados; se trata de una monstruosidad, no de la naturaleza, sino del comportamiento. Lo “anormal” comienza a tener otra localización.

El discurso jurídico con el aval de la ciencia y la religión, en un camino firme sobre la certidumbre, define modos de decir, de controlar y de castigar. En la historia del derecho se acuña una expresión, la “fictio figura veritatis”, esto es la ficción como figura de verdad, el derecho, como un vasto montaje de ficciones que promueve sentidos difíciles de conmover.

Un momento crucial en la historia de las ideas, que modificó las fronteras entre lo normal y lo patológico fue el descubrimiento freudiano de que la sexualidad está en el centro de la vida psíquica y que como sexualidad perversa polimorfa define múltiples formas de goce. Sigmund Freud escribe en 1905” Tres ensayos para una teoría sexual”, marcando un punto de ruptura que ubica lo “anormal” en un límite ya difuso. En este estudio Freud aborda las aberraciones sexuales, la sexualidad infantil, y las metamorfosis en las elecciones sexuales como definitorias en la construcción de la subjetividad humana. Plantea que la construcción del sujeto se produce desde los inicios, en la infancia y tras un complejo proceso en distintos tiempos, deviene la posibilidad de la elección sexual.

La anatomía no hace a un sujeto madre o padre u hombre o mujer. La familia “tipo” representa un modelo dominante y el psicoanálisis se ha valido de este modelo para ponerlo patas para arriba, subrayando la dimensión dramática y compleja que está en juego en toda estructuración subjetiva. La diferencia sexual masculino – femenino ordena el mundo en forma binaria, pero se trata de un orden forzado ya que la bisexualidad con sus facetas es constitutiva de lo humano. Se habla de función desde el psicoanálisis para destacar la idea de que un padre o una madre, lo femenino y lo masculino se desempeñan como tales no por el sólo hecho de estar en los registros de filiación ni en los de la genética, y que lo biológico, la naturaleza, están muy lejos de representar lo humano en su compleja dimensión. Es sólo a partir de lo que se articula desde el lenguaje que los lugares y las funciones se hacen efectivas.

En el encuentro con el otro hay una posición de disimetría cuyo punto de cruce es enigmático e inconmensurable y la sexualidad, y sus aristas, muestran de qué modo las elecciones sexuales son ramificaciones de lo más íntimo, con sus elementos y sus renuncias. El género, la biología, lo genético, no son un destino ineludible, ya que todo ser habita un cuerpo hecho de palabras. Desde los inicios, el sexo es enigma y  se produce en una sucesión significante que se va articulando con idas y venidas, así, la configuración sexual resultante, está sujeta a un grado de precariedad, que muchas veces las historias de los sujetos denuncian y revelan.

El Matrimonio Igualitario y la ley de Identidad de Género, legitimando nuevos nombres de la sexualidad y el amor, convocan a quebrar los sentidos ya dados y  promueven nuevas operatorias de nominación. Esta creación de nuevos sentidos requiere la suspensión del juicio para comprender la sexualidad humana, no en términos morales sino como actos de responsabilidad de los sujetos. El deseo humano está incluido en el campo de la ética y se inscribe marcando una ruptura al empujar al sujeto a su emancipación respecto de los mandatos,  que en cada época, intentan dominar con culpa y deuda ya sea desde la pasión igualitaria de las leyes o desde la condena histórica sobre lo distinto.

 

Alicia Eguren

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