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Ilustración Veroka Velasquez

NO ES SÓLO UN PROBLEMA DE MUJERES

Cuando un hecho se repite con la frecuencia como aparece el asesinato de mujeres, deja de convertirse en algo particular para transformarse en una manifestación colectiva y social. No por privado el hecho en sí mismo abandona su condición social.

La enorme y brutal cantidad de mujeres abusadas y asesinadas no deja lugar a dudas sobre la imposibilidad de que sea alguna manifestación aislada de algunos locos. Pensar en cuáles son las condiciones de posibilidad que esta sociedad, en la que hoy vivimos hace posible este comportamiento, repito social, frente a las mujeres, es el gran desafío.

Podría ser tranquilizador suponer que estos comportamientos aberrantes puedan corresponder a alguna clase particular de monstruos sádicos. Pero se debe subrayar que no son locos, no son monstruos, ni son sádicos perversos. Quienes asesinan mujeres son los emergentes de una gran maquinaria de subjetivación que bajo la lógica falocéntrica, actúan operando sobre el cuerpo de las mujeres como operan los dispositivos de disciplinamiento diarios y cotidianos en el biocapitalismo misógino, machista, racista y con hegemonía corporativa. La violencia resulta de la validación de una dialéctica victimario-víctima, donde el primero se constituye como agente del acto y la segunda muchas veces es ubicada como consentidora. Pero no son ellos. Es una humanidad sojuzgada que embalsama un modelo donde se alienan los dos del par, aunque las más de las veces se trate de matar a uno. Esta lógica estructura un mecanismo que sólo puede ir de mal en peor.

La pregunta que hay que hacerse no es por qué ocurre sino ¿por qué no iba a ocurrir esto? ¿Qué razones poblacionales, sociales, jurídicas, materiales o simbólicas impiden que esto ocurra? ¿Por qué no puede ocurrir, si todo el dispositivo comunicacional, jurídico y policial construye cuerpos y nudas vidas totalmente desechables? ¿Qué clase de impedimentos existen para que esto no vuelva a ocurrir?

¿No es este el emergente de una sociedad que se acostumbró a la sistemática descalificación de las mujeres construyendo una precaria y simbólica representación entre banalidad y muerte? ¿No están presentes estos elementos entre los y las vociferantes personas que insultaban a la presidenta de la nación descalificándola no tanto por sus políticas como por su condición de mujer? La imagen de una mujer colgada con carteras de una afamada casa de marroquinería, que ilustró una de las tantas manifestaciones agitadas por los medios, ¿ese sector no es parte de esta sociedad que hoy se presenta indignada frente a estas brutales muestras de odio a lo femenino?

La banalidad del mal como lo describía Hanna Arendt cuando escribió “Eichman en Jerusalem”[1] refería al conjunto de acciones irreflexivas provocada por una cadena de órdenes que intentaba eximir a los sujetos de su responsabilidad frente a crímenes aberrantes por el solo hecho de ser parte de una relación de mandos que en forma administrativa asesinaba a millones de personas. Esta desconexión irreflexiva e incluso sin motivos aparentes que la de cumplir con la orden dada constituía es, para Arendt, uno de los rasgos más perversos del totalitarismo.

La construcción del sujeto mujer, su feroz rechazo en los innumerables expresiones de misoginia, forma parte del entramado simbólico que la sociedad diariamente elabora. ¿Cuántas horas dedica la maquinaria publicitaria a la construcción del estereotipo femenino con un claro mandato patriarcal?

¿No es llamativo que horas después del Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario, también reprimido con dureza, aparezcan estas manifestaciones de odio frente a lo femenino? ¿Qué clase de miedo emerge desde esas representaciones sociales que banalizan o admiten en silencio que las fuerzas de seguridad les disparen con perdigones de goma por la espalda a mujeres o niños murgueros? Cuando el poder político, en la figura del presidente de la nación que representa a la primera magistratura, se involucra avalando que las personas sean asesinadas sin respetar ninguna clase de garantías, pone a todo el mundo en una situación aún más insegura pues quiebra el Estado de Derecho. El obsceno espectáculo que ofrece el gobernador Gerardo Morales y el Poder Judicial jujeño por el secuestro de Milagro Sala y varias militantes de la organización Tupac Amaru no es un ejemplo aislado sino la explicitación de una lógica criminal que viola el Estado de Derecho, que se propone disciplinar el cuerpo de la sociedad jujeña en un orden jerárquico, misógino y antipopular. Una nuevo tipo de totalización del sentido común, por parte del dispositivo subjetivador, se construye socialmente  cuando se agita en forma sistemática el miedo

EL FANTASMA DE ANTÍGONA

La diferencia sexual femenino – masculino ha sido siempre planteada con una connotación específica que es subrayar lo femenino como algo constituido en menos. Desde la antigüedad la mujer es considerada un ser inferior sin derecho a la ciudadanía, relegada al gineceo como esposa y madre de futuros ciudadanos. En la literatura griega clásica aparece descripta muchas veces como un ser débil, inclinada al desenfreno. El mito griego de la creación de la primera mujer, Pandora ubica la diferenciación sexual a partir de su origen en un único sexo, el masculino; hecha por orden de Zeus, ella introduce los males en la vida de los hombres, después de que Prometeo, yendo contra su voluntad, le otorgara el don del fuego. La caja de Pandora guarda todos los males que podrían infectar a la humanidad, se guardan allí la vejez, la fatiga, la enfermedad, la locura el vicio y la pasión. Es una caja amenazante y su apertura produciría catástrofes en la vida de los hombres.

Aristóteles en su Tratado sobre los animales se refiere al cuerpo de la mujer como dotado de un cerebro pequeño, “enfermo por naturaleza, se constituye más lentamente en la matriz, a causa de su debilidad térmica, pero envejece más rápidamente porque todo lo que es pequeño llega más rápidamente a su fin”….”las hembras son por naturaleza más débiles y más frías y hay que considerar su naturaleza como un defecto natural”. Se nace mujer para Aristóteles por una debilidad en el semen paterno. En el sistema aristotélico la mujer es el defecto, la imperfección sistemática con respecto al modelo masculino.

En la tradición judeo cristiana, el hombre es primero y la mujer procede posteriormente del cuerpo masculino, la mujer queda de esta manera subordinada a esa lógica masculina. La Virgen María es un modelo de obediencia en contraste con la desobediencia de Eva, ideas estas que se encuentra desde los orígenes de la Iglesia. El pensamiento occidental y cristiano con su secular permanencia y pregnancia ha producido significaciones altamente enquistadas en la estructura social definiendo modos de decir y de actuar.

 El hombre y la mujer son creaciones del discurso y la diferencia masculino-femenino es una diferencia que se resuelve con una anticipada certidumbre eludiendo la dimensión de complejidad que da cuenta de esa inadecuación de los lugares, así se establecen destinos ya impuestos, el hombre, el macho, el fuerte, el que ejerce el poder, el que domina, la mujer, la débil, la hembra, la madre. Los sentidos ya dados dicen y producen actos.

No es audaz postular que la  aparición de este sujeto político, Mujeres, en tanto colectivo emergente desafiante del orden dominante, se constituye en un poderoso articulador de demandas que se organizan en torno al enfrentamiento con la exclusión de un modelo que impone las formas de lo femenino y lo masculino. El sistemático desdén con que los empleadores discriminan a las mujeres en los trabajos, permitiendo que se paguen por igual trabajo salarios menores no debería sorprender a nadie. La escasa representación de mujeres en las direcciones tanto del Estado como de la actividad privada no deja lugar a dudas sobre la sistemática exclusión de las mujeres en esos organismos. La doble condición de sujeto sexuado y trabajadoras expone a las mujeres a esa doble exclusión. El control sobre el cuerpo de las niñas y mujeres es el espacio donde se dirime el conflicto político basado en la disyunción entre sujeto sexuado y sujeto de derechos. Los escasos avances respecto de las leyes de educación sexual integral, la omisión criminal de una ley de salud reproductiva amplia e inclusiva siguen manteniendo intactos los privilegios de las clases dominantes y coloca en manos del dispositivo punitivo a las mujeres pobres principales víctimas de la violencia machista.

En la Argentina las mujeres votaron por primera vez el 11 de noviembre de 1951. Solo 65 años han transcurrido desde ese momento. El odio oligárquico también hizo posible que el cuerpo de Evita fuera secuestrado y profanado desde 1955 hasta 1971 fecha de entrega del féretro a su esposo el general Perón. El cuerpo de Evita fue nuevamente utilizado como símbolo de apertura política por parte del régimen del General Lanusse. El cuerpo de una mujer, profanado y secuestrado durante 16 años, es un importante antecedente sobre los límites del Terrorismo de Estado que también violaba, torturaba y asesinaba mujeres y niños como lo hicieron con Floreal Avellaneda o los chicos de La Noche de los Lápices.

Entonces, ¿por qué pensar en estas muertes como una excepcionalidad cuando forman parte de una lógica criminal política de disciplinamiento? ¿Por qué seguir pensando en los victimarios como anormalidades criminales o monstruos? La excelente nota de Ileana Arduino en la Revista Anfibia[2] ofrece suficientes claves de cómo se construye el sujeto “mujer vulnerable” y expresa con claridad ese patrón general desde donde se construye lo femenino como un proyecto político. Los cuerpos pensados como superficies donde se inscriben aquellos rasgos que instituyen lo femenino desde la perspectiva de la dominación masculina, llevan en su seno también en potencia la inerradicable carga de contingencia que permite desestabilizar y desbaratar las operaciones que buscan “naturalizar” la dominación. Esa heterogeneidad que “contamina” el cuerpo como campo de batallas es lo que permite resistir que los cuerpos de las mujeres sean hegemonizados por ese orden brutal y criminal que nos reserva el biocapitalismo. Como todo orden de dominación es esencialmente histórico y político, depende de las fuerzas con que se acepte o rechace el orden institucionalizado del cuerpo de las mujeres y de los hombres como portadores de la reproducción sistémica del capitalismo. Por lo tanto la emancipación de los cuerpos y  su orden instituyente no solo depende del rechazo de las mujeres sino de la sociedad en su conjunto.

Equipo Cabecitas

 

 

 

Referencias

Debido a las interpretaciones sesgadas y erróneas respecto al título anterior de la nota (No es sólo un problema de mujeres), que deja en clara evidencia la no lectura del contenido, sino simplemente de un título, hemos decidido actualizar el mismo.
Invitamos a todos y todas a dar lectura de nuestra editorial, y abrimos el debate para aquellxs que estén dispuestxs a darlo.

[1] http://www.lapala.cl/wp-content/uploads/2014/11/Eichmann-en-Jerusalen.-Estudios-sobre-la-banalidad-del-mal..pdf

[2] http://www.revistaanfibia.com/ensayo/no-son-monstruos/

 

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