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El creciente malestar y desconfianza sobre el neoliberalismo y el capitalismo financiero internacional no ha evitado su progresión geométrica. La expansión de las políticas desregulatorias de liberalización financiera ha tenido entre sus propias víctimas  a los habitantes de las naciones desde donde se lo promueve con mayor vigor.

Los sucesivos hundimientos financieros de notables y consolidadas instituciones comerciales en todo el mundo y el ciclo recesivo mundial, no puede explicarse desde la noción de “desequilibrios” o anomalías que genera el capitalismo en sus márgenes con burbujas especulativas alentadas por audaces y codiciosos banqueros dispuestos al todo o nada, sino desde el mismo corazón del sistema financiero internacional como una lógica de “construcción destructiva” de un nuevo orden económico que busca moldear a las sociedades del siglo XXI a sus nuevos dogmas.

El carácter religioso de este nuevo espíritu capitalista ha dotado al neoliberalismo de una nueva fe. Una nueva doctrina que solo tiene como objetivo combatir a los infieles que no adopten el catecismo del Consenso de Washington. Sin embargo, esta cruzada requiere un nuevo orden político mundial. La cada vez más evidente incongruencia de las unidades soberanas y territoriales nacionales, tal como emergieron del Tratado  de Paz de Westfalia, no son afines al desplazamiento de los flujos financieros del planeta. Un nuevo orden poswestfaliano, que disuelva, o ablande, el principio integrador de las naciones en su territorio eliminando cualquier regulación al capital, debería ser compatible con estos desplazamientos.

No hay evidencias que, por ahora, permitan proyectar esas sociedades por lo menos pasivamente. Sí se tiene certezas de los profundos cataclismos sociales que este nuevo régimen de acumulación puede llevar adelante en ese despliegue. Un intenso y aguerrido fundamentalismo de mercado ha destruido sociedades completas hundiéndolas en inimaginables abismos de miseria y desesperanza. Los conflictos actuales y potenciales, se han dado en parte por los sucesivos intentos económicos que el neoliberalismo se empeña fanáticamente en reiterar. Los quebrantos financieros, el hundimiento en la recesión de economías europeas que exhiben altísimos niveles de desocupación, la conflictividad en África y Medio Oriente, no permiten ser optimistas sobre la expansión del capitalismo financiero.

Frente al descalabro del Consenso de Washington han emergido nuevos polos de crecimiento económicos, Rusia, India, China, Brasil o Sudáfrica que tímidamente han intentado caminos alternativos e intentado regular débilmente las variantes más agresivas del capitalismo financiero, aún a grandes costos políticos y sociales. La inserción de China en la OMC (Organización Mundial de Comercio) debe analizarse como un prolijo acercamiento hacia las reglas mundiales de comercio que completa la posición en el Consejo de las Naciones Unidas con poder de veto. Esta situación, de todas formas, no debe llamar a la confusión. La presencia del Comando Pacífico de los Estados Unidos (USPACOM), con la mayor capacidad de fuego de todas las regiones del planeta, es un poderoso recordatorio sobre las bondades de la integración comercial. La zona de influencia militar abarca China, India, el sur de Rusia, Corea (del Sur y del Norte) y Japón. Una región que concentra el 50% de la población mundial, con países con capacidad militar nuclear (China, India, Rusia, Pakistán y Corea del Norte) y con economías que sostienen un elevado intercambio comercial con el resto del mundo.

La multipolaridad en ese sentido es una noción que debe analizarse detenidamente. La unipolaridad hegemónica de USA de los años 90 se ha expandido al resto de las potencias a fuerza de equilibrar las cargas que supone concentrar la supremacía militar y económica.  Estados Unidos conserva su poderío militar y la ventaja estratégica que supone tener la fuerza militar más poderosa de la Tierra. En ese sentido la multipolaridad debería tomarse en cuenta como un complejo proceso de expansión comercial sobre el resto de las naciones más que una alternativa adversarial sobre el liderazgo de EE.UU. Allí donde es lanzado un desafío político a la hegemonía militar de Estados Unidos, este tiene el poder de atacar en forma unilateral o acompañado por otras naciones. El no veto por parte de China de estas acciones debe observarse no solo como la paciente mirada de un socio sobre su adversario sino como la aceptación de una situación de gran disparidad de fuerzas militares y sobre todo por el gran compromiso económico que poseen ambas naciones.

En forma análoga Rusia pertenece a la OMC y pese a su agresivo nacionalismo también fue afectada por la crisis de las hipotecas subprime del año 2008. El elevado intercambio comercial con  la UE no ha atado a Rusia en la defensa de sus intereses territoriales. La secesión de Ucrania, la declaración de Independencia de Crimea y Sebastopol, han demostrado la gran actividad de la Federación Rusa, por reincorporar a todos aquellos territorios que se separaron de Rusia luego de la implosión de la URSS. Atenta al juego geopolítico de occidente, la Federación Rusa ha tomado iniciativas cada vez más agresivas sobre Medio Oriente. El ataque de Rusia al ISIS en Siria debe leerse como el intento por desestabilizar el doble juego de Occidente, que bajo la escusa de  defender la democracia interviene  militarmente, sobre países que son adversarios o poseen tratados de cooperación con Rusia con el objeto de debilitar la posición rusa en la región. El talón de Aquiles de la UE respecto de la dependencia del petróleo y gas ruso coloca a la región europea en una posición de debilidad y prudencia que los EE.UU no observa con la misma atención.

La multipolaridad en ese sentido es un complejo concepto multidimensional que debería avalar indicadores que releven aspectos que no son tenidos en cuenta para describir el ascenso de una nación como potencia. La influencia que poseía la URSS tanto en el poder simbólico (blando) como en el militar era inconmensurablemente mayor que el hoy expone la Federación Rusa sobre Eurasia o China en su zona de influencia.

La constatación de un orden hegemónico unipolar liderado por EE.UU en lo militar que se expande hacia la multipolaridad en lo económico no debería interpretarse como un estado sino como un complejo proceso dinámico e irreversible. El concepto de irreversibilidad refiere no a lo ineluctable sino precisamente a situaciones fuera de un equilibrio funcional por lo tanto inestable.  La imagen de un mundo con múltiples centros de poder equivalentes y homogéneamente distribuidos no es compatible con la realidad, sino una engañosa ilusión. La misma ilusión que intentan transmitir del orden global financiero del neoliberalismo como una estructura estable y ahistórica. La multiplicidad de fluctuaciones sociales, económicas, militares y políticas que permanentemente  amenazan el orden económico como producto de la incesante lógica del capital de desestabilizar todo, no es compatible con las imágenes de desequilibrios o anomalías que propaga. Los límites físicos de un orden completamente fuera de las condiciones de equilibrio están dados por su propio desarrollo. Ninguna figura tan adecuada como el de una burbuja con el que se describen los fenómenos especulativos. El límite físico impuesto a la expansión de una burbuja estará dado por el espesor de la capa que se expanda hasta su ruptura y caída. La misma lógica acompaña a los fenómenos financieros de crecimiento exponencial. Si las condiciones originales que dieron origen a la fluctuación cesan en su materialidad concreta, el flujo de dinero, ese orden colapsa inevitablemente. Es un fenómeno físico, pero también político y social histórico, por lo tanto un orden contingente.

La multiplicidad de contradicciones, y desviaciones respecto a la idealidad del modelo también nos permite dudar sobre la homogeneidad del proceso. La expansión del capitalismo financiero apoyado sobre las evidentes ventajas estratégicas militares de los países que lo impulsan con fervor, hallan diversas resistencias en su despliegue. Sobre todo en miembros de la OMC que observan con preocupación el enorme y peligroso poder de los EE.UU para llevar destrucción allí donde sus intereses estén en juego. La concepción de “estructuras hegemónicas” también debe someterse a un cuidadoso escrutinio. La idea de un orden subyacente homogéneo y sin contradicciones no ha quedado demostrada. Los innumerables realineamientos de naciones. Sus escaramuzas y tensiones hablan de las dificultades en la construcción de alguna clase de equilibrio geopolítico. La proximidad de los socios europeos de Estados Unidos a las zonas conflictivas del planeta como Medio Oriente produce oposición y reservas respecto de las políticas para esas regiones. La uniformidad de las políticas financieras de las agencias internacionales como FMI y Banco Mundial para asistir a las naciones endeudadas como Grecia o España han puesto en el ojo de la tormenta a sus recetas basadas en el equilibrio fiscal y el ajuste permanente. Las evidentes resistencias hacia un modelo de tierra arrasada siguen dándole la razón a Marx y Polanyi sobre la imposibilidad de la expansión de una lógica del todo o nada.

La evidente dificultad para la expansión del neoliberalismo también ha opacado la posibilidad de la universalización financiera con disolución de las unidades políticas. Los experimentos ensayados hasta ahora se han vuelto en sensibles amenazas para la misma lógica del capitalismo. Las experiencias de Afganistán, Irak, Libia y Siria han generado las condiciones de posibilidad de desorganización política y debilitamiento de esas unidades políticas. Los enormes recursos petroleros y minerales estratégicos han colocado a esas sociedades en situaciones de destrucción desesperantes. En el centro de ese escenario se encuentra la formidable reserva de recursos que poseen esas naciones y la especulación que rodea a esa gigantesca masa de dinero. El capitalismo financiero ha implementado una especie de “desorden selectivo” en aquellas unidades políticas que guardan un interés concreto. En ese sentido los resultados han sido desoladores. La desorganización que siguió a las guerras desatadas sirvió para aliviar las tensiones regionales sobre algunas naciones eliminado o debilitando antiguos enemigos pero creando otros. La amenaza de que el incendio alcance a la UE suma un escenario aún más complicado. Algunos argumentos sobre los beneficios de tener sociedades aterrorizadas para controlarlas pueden volverse en pesadillas si se permite progresar al fundamentalismo de mercado que las genera. Los evidentes límites que se van encontrando es a costa de hallar mayores contenidos entrópicos que vuelven al neoliberalismo una verdadera amenaza civilizatoria, el hostis que definía Karl Schmitt. La amenaza concreta a la existencia.

EL FUNDAMENTALISMO DE MERCADO COMO NUEVA AMENAZA A LAS DEMOCRACIAS POS-NEOLIBERALES DE AMÉRICA LATINA.

La totalización y subordinación del espacio político al económico posee límites concretos que fue vaticinado por Karl Polanyi. El desarraigo o autonomización de la esfera económica solo puede realizarse a instancias de una catástrofe global. La expansión universal de este particular régimen de acumulación posee límites concretos y no constituye, como se lo quiere presentar, en un modo estable de organización económica, sino todo lo contrario es un orden histórico y contingente que aún en sus formas más abstractas de producción de ganancias posee  límites concretos tanto en el flujo de dinero que debe circular como en la materialidad donde debe aplicar sus operaciones. La evidente destrucción de las sociedades que incorporan esta ilusoria forma de enriquecimiento debería advertir sobre los alcances de esta modalidad de capital que solo es producto de la circulación y no de la producción material. Aún si supusiéramos que el capital ha adquirido la propiedad de poder emanciparse de la materialidad de la que surge, las evidentes dificultades para universalizarse deben constatarse en la imposibilidad de un orden político que renuncie a la integración regional basada en la soberanía. Sin embargo hay una dimensión poco abordada que permite al neoliberalismo su reproducción a nivel subjetivo. El neoliberalismo también es un dispositivo de producción de subjetividades, de sujetos compatibles con su lógica de consumo. El capitalismo es un instrumento de construcción de deseos y de modos de goce. Pero al igual que ocurre en las macrounidades sociales existe una irreductible imposibilidad para totalizarlo todo. No todas las sociedades ni todos los sujetos pueden ser producto de esa lógica instrumental desenfrenada. En esta radical imposibilidad de una absoluta totalización se asienta la probabilidad de una sociedad emancipada de esa lógica autodestructiva.

El golpe de Estado sobre Brasil, desalojando a la presidenta Dilma Rousseff, desplegado por los medios de comunicación y parte de la sociedad brasileña capturada bajo la apocalíptica figura de la corrupción selectiva, ha permitido desestabilizar política y económicamente a la mayor economía del continente. Si a este panorama sumamos que nuestro país, bajo el mismo influjo, ha legitimado mediante elecciones a la derecha conservadora promercado, las expectativas no son alentadoras.

Así como el neoliberalismo posee esa gigantesca capacidad para reinventarse y producir las subjetividades funcionales a su proyecto, los movimientos populares de América Latina deben reinventarse para retomar el control soberano de sus naciones. Pero seriamos ingenuos si creemos que la colonización neoliberal solo se puede librar en cada país por separado. La estrategia continental de desestabilización puesta en marcha requiere de los esfuerzos continentales de las fuerzas nacionales y populares de los países involucrados. En ese sentido defender a Venezuela, a Ecuador y Bolivia de este asedio debe requerir de los esfuerzos de todas las naciones afectadas por este regreso a un orden político y económico que creíamos superado.

EL ESTADO COMO ESPACIO DE LUCHAS DEMOCRÁTICAS

Latinoamérica asiste a discusiones que se prolongarán más allá de este tiempo. Dos ejes centrales, creemos, deben asistirnos en la reflexión: la centralidad de los Estados nacionales y la integración de las naciones del espacio suramericano. Como sostiene Alvaro García Linera, visualizar al Estado como algo “[…] que es mucho más que un conjunto de instituciones, normas o procedimientos políticos pues, en el fondo, el Estado es una relación social conflictiva que atraviesa al conjunto de toda la sociedad en los modos en que realiza la continuidad de su sistema de necesidades (propiedad, impuestos, moneda, derechos laborales, créditos, etc.) y en el modo en que representa la articulación entre sus facultades políticas y sus actividades cotidianas” (García Linera, 2008). Es decir el Estado en su sentido “integral” como lo sostiene Antonio Gramsci. Linera propone distinguir tres componentes estructurales que regulan el comportamiento del Estado: a) lo que denomina el armazón o trama de fuerzas sociales, tanto dominantes como dominadas, que definen las características administrativas y la dirección general de las políticas públicas; b) el sistema de instituciones, de normas y reglas de carácter público mediante las cuales todas las fuerzas logran coexistir, jerárquicamente, durante un período duradero de la vida política de un país; c) el sistema de creencias movilizadoras. Todo Estado afirma Linera, es una estructura de categorías de percepción y de pensamientos comunes, capaces de conformar, entre sectores sociales gobernados y gobernantes, dominantes y dominados, un conformismo social y moral sobre “el sentido del mundo” que se materializa mediante repertorios y ritualidades cotidianas. Reformular, transformar, “romper” y hacer de nuevo los Estados deben formar parte de las agendas de los movimientos nacionales y populares para eliminar cualquier vestigio de colonización.

El segundo eje que aquí proponemos es el de la Integración Regional. Es evidente que el contexto regional que permitió el ascenso de las denominadas “democracias posneoliberales o poshegemónicas” facilitó las coincidencias políticas para la constitución de cierta institucionalidad supraestatal,  pero que hoy se encuentra debilitado. Tampoco es desdeñable que el pasaje de la unipolaridad hegemonizada por EE.UU a la multipolaridad producto de la emergencia de los países BRICS proporcionara las condiciones geopolíticas para ese armado. Sin embargo la constitución de la UNASUR  ha tenido numerosas interpretaciones: desde esquema de seguridad cooperativa, organismo de cooperación blanda, comunidad de seguridad, identidad colectiva, hasta alianza operativa, las diferentes concepciones sobre el organismo poseen, independientemente de sus matices, notables coincidencias. La percepción de que la UNASUR-CELAC se presentaron como organismos integradores en base a consensos con el objetivo de estabilizar la región, dotarla de confianza entre sus miembros, con un sentido claramente cooperativo entre las naciones suramericanas, debe ser reformulada en su sentido más amplio.

La adscripción a la agenda global de seguridad instaló la necesidad de colaborar activamente con la comunidad internacional sin que fuera, en su constitución original, una preocupación central por lo menos en el sentido más amplio del término. La ratificación del carácter democrático del organismo permitió abordar uno de los problemas centrales suramericanos: la continuidad de los ciclos democráticos en la región. La visible percepción sobre “la mano invisible” que unía los intentos de desestabilización en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Brasil y Argentina, los golpes institucionales exitosos sobre Paraguay y Honduras (miembro de la CELAC), no dejaba dudas de la necesidad de ratificar regionalmente el carácter democrático del organismo. La seguridad se convirtió más en un tema formal diplomático que en una agenda activa de los miembros de la UNASUR, sobre todo teniendo en cuenta las sucesivas denuncias que sufrían la agencia responsable del control del narcotráfico (DEA) de organizar campañas de desestabilización e inteligencia.

Toda Alianza Defensiva aunque no lo explicite, posee entre sus objetivos la necesidad de restringir el poder de otro Estado percibido como amenaza precisamente porque alberga el suficiente poder económico y militar como para convertirse en un serio compromiso para la seguridad y defensa de esos países. Desde esta misma perspectiva se puede afirmar que la UNASUR y la CELAC deben su comienzo a la percepción de los países integrantes de que EE.UU ya no es garante de la seguridad de esos países, debe retomarse con más énfasis, ahora que las cartas están sobre mesa. Los organismos de integración fundados en su momento para diseñar una alianza defensiva deben continuar como el intento más serio de unidad política desde las guerras de la independencia. Frente a las amenazas del exterior de “balcanizar” u “orientalizar” el continente el desafío es preservar el espacio latinoamericanos como el de una gran nación inclusiva, ecuménica, políticamente libre, económicamente soberana y socialmente justa.

 

Atilio López

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