“El hombre libre está consagrado al prójimo, nadie puede salvarse sin los otros…nadie puede quedarse en sí mismo: la humanidad del hombre, es una responsabilidad por los otros” [1]

Emmanuel Lévinas

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Los fenómenos sociales y políticos muchas veces poseen las características de cataclismos. La aparición súbita y esporádica de las manifestaciones históricas cruciales, son precedidas de largos y silenciosos desplazamientos de organizaciones que generan y acumulan las tensiones, como placas geológicas,  que serán liberadas en un momento en particular, dando las características del acontecimiento.

Cuando el 25 de mayo de 2003, tres décadas después del retorno del peronismo y de Perón al gobierno, asumía Néstor Kirchner la presidencia de la nación, pocos intuían que ese liderazgo había sido amasado en los años de plomo, en la tragedia y la frustración de décadas de postergación, miseria y muerte. Treinta años de lucha política, años de derrotas y de enormes resistencias. Resistencia al olvido, resistencia a la pérdida de futuro, resistencia a que el único camino posible fuera la resignación.

El sintagma […] “pertenezco a una generación diezmada, castigada con dolorosas ausencias” enunciado en el espacio político institucional más importante de la nación, fue el retorno del proyecto político que se creía sepultado. En esas palabras no había “derrota”, no existía “capitulación”, no se vislumbraba “rendición”. Ninguna de esas condiciones daba cuenta de un proyecto terminado, sino que trazaba la continuidad histórica del movimiento popular presente en ese retorno.

La restitución del movimiento popular al lugar del cual había sido desalojado, vituperado y traicionado, regresaba cargado de “dolorosas ausencias”. No desaparecidos sino “ausencias”. No solo es el destino incierto de un cuerpo, sino la oquedad de las palabras que ya no lo habitan. Un agujero en la trama que rellenamos parcialmente de otras palabras reconstruyendo esos cuerpos. La vacuidad en el afecto y en el amor. Un vacío infinito. Conocemos sus destinos: murieron sosteniendo un proyecto político. Sus muertes como últimos actos políticos de resistencia y valor eran evocados en esa asunción histórica.

La “Aparición”, súbita en términos simbólicos de los miles que ya no estaban, daba cuenta de la emergencia de una materialidad inerradicable y traumática para el poder en la Argentina: el peronismo como “hecho maldito del país burgués”[2]. En una profética revelación, Rodolfo Walsh, en su célebre Carta Abierta a la Junta Militar escribía […] Su guerra es vana, aunque maten al último la lucha seguirá resurgiendo bajo nuevas formas.[3]

Esta declaración de principios, la de Néstor Kirchner en su discurso como primer mandatario, es hacerse presente con los jirones de una bandera, sobre los escombros de una plaza sitiada, que nunca fue arriada, y también es hacerse presente con todos aquellos proyectos emancipadores que aguardaban ese momento símico. En la figura de Néstor aparecía en escena nuevamente, la realidad, negada u ocultada, la una generación que nunca se rindió.

Ese retorno épico al espacio de enunciación político institucional que llegaba desde las plazas y desde las calles con la voz de los trabajadores, los desocupados, Las Madres y Las Abuelas de Plaza de Mayo, fue precedido por el hundimiento del proyecto neoliberal. La criminal experiencia política iniciada en 1976 cerraba su ciclo de miseria planificada ese día. El 25 de mayo de 2003 la paradójica circularidad del tiempo hacía posible el regreso de aquellos a los que se creía derrotados y que nunca cesaron en esa la lucha.  Diezmados pero no vencidos. Con el temple y la grandeza forjada de dolorosas ausencias regresaba el proyecto nacional popular y democrático.

Siete años después de esa refundación del proyecto popular, Néstor también se transformaba en el nombre de las luchas populares. Se vaciaba su cuerpo para llenar el de millones. No fue un liderazgo inesperado. No fue una anomalía en la lógica del poder. Fue la erupción de la historia después del desquicio neoliberal. Fue el nombre de las demandas postergadas durante décadas que nunca habían sido abandonadas. Fue el liderazgo que se hizo desde las condiciones más desfavorables. Debilitado pero con las convicciones intactas Néstor es lo que nombra lo inclaudicable, el límite férreo a las demandas oligárquicas. En esos gestos de profundo simbolismo Néstor fue instrumento de la historia de la lucha popular. Conocía el sentido de sus acciones. Interpretó como nadie las defraudadas expectativas de millones de compatriotas. Convocó a todos. Les habló a todos. Estaba en todos, organizando la voluntad popular asumiendo el desafío político de demostrar que no hay historia ni democracia, ni sociedad posible sin pueblo.

Néstor fue la voz, el discurso y la lucha de generaciones unidas por la exclusión o la persecución. Profundamente contemporáneo surgió de las filas del peronismo más plebeyo e irreductible. Fue el hombre que ató la historia, enlazó los momentos que el neoliberalismo pretendía opacar. Néstor fue un puente de palabras. Fue la nominación en la construcción silenciosa de los sentidos de una lucha que nunca terminó. Néstor es el nombre del peronismo más visceral de una  contienda en la que no hubo rendición y en la que nunca se concedió tregua. Néstor reactualizó las coordenadas políticas del enfrentamiento, exhumando los contenidos del peronismo más traumáticos para las clases dominantes.

EL SUR

Santa Cruz es la provincia de los fusilamientos que denunciara Osvaldo Bayer en “Los vengadores de la Patagonia trágica”. Es la provincia en la que había ganado el peronismo de la Tendencia, el Peronismo Revolucionario donde triunfó como gobernador Jorge Cepernic que luego fue desplazado por una intervención federal. En la dictadura, Cepernic estuvo cinco años preso. El Sur conoció tempranamente que las oligarquías locales responden a los desafíos sociales con los fusilamientos. En la génesis del capitalismo agrario sureño está presente el exterminio de los pueblos originarios.

No hay sociedad reconciliada ni lo habrá. La política, no es el contractualismo, ni el debate parlamentario de argumentos razonables.  La política es la actualización perenne de las fronteras sociales que separan las demandas de las minorías que las excluyen. Es la construcción de hegemonías inestables, transitorias y contingentes. Néstor explicitó con absoluta claridad la imposibilidad de una sociedad reconciliada. No es posible canjear gobernabilidad por injusticia. Ceder a esa ecuación política es aceptar el chantaje, la extorsión.

La política para Néstor, y para nosotros, es el antagonismo irreductible. Frente a la fantasía que promueven las derechas de reconciliar a la sociedad, que solo pasa por repetir algunos slogans, y cerrar la etapa de enfrentamiento, es necesario afirmar que no hay conciliación posible con los enemigos del pueblo. No la hay con los que desde el transitorio cargo que ocupan, por más responsabilidad institucional que tengan,  alientan la persecución y el odio. Persiguen a compañeros y compañeras. Encarcelan y denigran movimientos políticos opositores como a la Compañera Milagro Sala de la Tupac Amaru en Jujuy. Debemos repetir que con presos y presas políticas no hay democracia posible.

Evita intuyó la mutación que acompaña a los patriotas. No mueren, cambian de formas. Se transforman en huracanes de palabras que incendian corazones. Sus cuerpos se agitan como banderas en las movilizaciones. Sus rostros son esculpidos en paredes y volantes. Son poemas, música y pinturas. Habitan la belleza y el suave calor de los corazones de los que los amaron. Sus nombres son estandartes llevados a la victoria. Moran en la eternidad le pese a quien le pese y ocupan la historia de quienes honraron la Patria.

Atilio López

Referencias

[1] Levinas, E. (2001). Humanismo del otro hombre. México: Siglo XXI Editores

[2] Cooke, J.W

[3] Walsh, R. Carta Abierta a la Junta Militar

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