cfk-en-tribunales1
Cristina saliendo de Comodoro Py. “No le peguen a la gente, péguenme a mí”.

Cuando Gustave Le Bon habló por primera vez de la “sugestión de las masas” para dar cuenta de la intensidad emotiva que se generaba entre los líderes políticos y sus pueblos iniciaba, sin intuirlo, uno de los debates más intensos de la Ciencia Política. El temor proverbial a los fenómenos sociales y políticos que eran inasibles a las categorías políticas liberales, pasaron a ser anatematizadas como “irracionales” o “populistas” en el sentido más peyorativo del término. Junto a estos términos la otra figura que erizaba la capilaridad liberal era la de Pueblo, figura denostada y vituperada, pasó a ser la bestia negra de la política con capacidad como para engendrar movimientos masivos como el fascismo italiano o el nacional socialismo alemán. De esta manera, una sutil descalificación a todos los movimientos políticos que no tuvieran el certificado de calidad republicana extendido por las “democracias occidentales”, pasaron a ser señaladas en forma apodíctica como “populistas”. Sobran ejemplos desde el varguismo brasileño hasta el peronismo a mediados del siglo XX, hasta las versiones más actualizadas del chavismo venezolano y el kirchnerismo autóctono, pasando por el PT o el correismo ecuatoriano.

En una corregida visión de Le Bon, Sigmund Freud habló del “lazo libidinal” del líder y las masas o para decirlo más sencillamente entre el Jefe y sus subordinados, actualizando algo que el liberalismo no acepta y reniega que pueda ocurrir: el afecto o dimensión afectiva de la política, algo de los que Ernesto Laclau junto a Chantal Mouffe se encargaron tan bien de explicar. Sin embargo, y pese a todas las evidencias encontradas, es frecuente hallar en el liberalismo ese desconcierto, o indigestión, frente al fenómeno del afecto en los movimientos políticos. Si bien es utilizada esta categoría política para descalificar al populismo y fundamentar el tan trillado dispositivo de “instrumentación de las masas”, excepto Laclau-Mouffe nadie ha encontrado una vía alternativa a esta explicación que no caiga en la muletilla o el eslogan de que todo aquello que huela a pueblo no es democrático o es anti republicano, o es ignorancia pura manipulada por líderes inescrupulosos.

La realidad, abrumadora, ha demostrado una persistencia asombrosa del Populismo y una lealtad política sobrenatural hacia movimientos políticos que están en el centro de los debates políticos y que han construido (autoconstruido) procesos sociales colectivos de dimensiones impensables en otras latitudes, invocando una y otra vez esa dimensión que tanto incomoda a los analistas políticos liberales. La oscura noche iniciada por la dictadura cívico-militar pareció que en su proyecto estaba inscripto no solo el disciplinamiento social que requería la restauración del proyecto conservador, de convertir al país en vías de industrialización en una colonia pastoril, sino la de erradicar toda forma de solidaridad y lazo colectivo que pudiera regenerar cualquier asociación colectiva. La frialdad criminal del neoliberalismo de fines de los 80 hasta el 2003 parecía confirmar el éxito de esa operación iniciada remotamente en el 76, sin embargo la refundación de la política, vía el estallido de 2001, recuperó no solo la dimensión ética que había perdido la sociedad al no sancionar a los genocidas que hicieron posible esa catástrofe, sino también y fundamentalmente, la dimensión afectiva que son necesarias para las grandes hazañas sociales.

Emmanuel Levinas en su texto “Entre nosotros (ensayos para pensar en Otro)” nos trae esta mirada respecto de la responsabilidad que cada uno de nosotros tiene para el Otro. Es esta responsabilidad la que se intenta aniquilar. Nada nuevo bajo el sol. Marx ya había anticipado este desierto

 No hay revolución sin ese inclaudicable amor por la igualdad, la justicia y esa enorme construcción colectiva que es la Patria, espacio que nos incluye a todos, pero que también nos permite recuperarnos como parte de un inmenso colectivo social que sueña y trabaja para que ese espacio que nos habían quitado, vuelva a contenernos en su dimensión fraternal, de hermandad, de pueblo. La dictadura, la más perversa que jamás hayamos visto, planificó la miseria, también planificó los dispositivos de subjetivación que quisieron erradicar esa dimensión que nos hace sujetos plenos que es la capacidad de conmovernos por lo que le pasa al Otro. Decir “La Patria es el Otro” es la victoria absoluta del Pueblo sobre la mezquindad del “uno mismo” individualista y la constatación de que la construcción social colectiva y la incorporación de más derechos están asociadas a que esa dimensión afectiva esté presente para la transformación. El afecto repara. El afecto sana y también construye grandes victorias populares.

La reciente visita de Cristina Kirchner a los tribunales federales de Comodoro Py fue agitada como el destino de una líder que debe rendir cuentas sobre sus supuestos manejos del Poder. Lo que nadie podía, ni quería, explicar es el carácter masivo del acompañamiento de una verdadera multitud a su líder y Jefa política. El carácter inmensamente popular y político de esta imagen aparecía como algo inexplicable, sin palabras, sin significación.

Era el Pueblo con sus mujeres y hombres acompañando en forma leal a su líder. Esta interpelación callejera y plebeya dejó otra vez sin palabras al terrorismo comunicacional oficialista. Ese lazo afectivo y profundamente político es lo que desbarata todas las operaciones de prensa amarilla dando cuenta de su carácter precario y  venal. El Pueblo movilizado es una potente fuente de luz frente a la oscuridad del Poder que hoy habita los despachos de gobierno mostrando su profunda miseria y fragilidad.

La historia y el Pueblo acompañan a Cristina. Nada de lo que afirme algún pobre comediante con ínfulas de periodista podrá borrar esas imágenes. La Jefa no está sola ni vieja (suponiendo que este sea un término peyorativo). La acompaña su Pueblo y es la encarnación de la rebeldía popular en todo su esplendor.

Atilio López

Anuncios