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El triunfo de Donald Trump es el fracaso de la globalización económica como motor de crecimiento interno nacional. La internacionalización de la economía ha vaciado EE.UU de las tradicionales empresas que caracterizaron el poderío económico norteamericano. Las mayores empresas norteamericanas producen donde la mano de obra es más barata y eso no lo es en EE.UU. China, o los países del Sudeste asiático son los principales beneficiarios de la radicación de empresas norteamericanas que controlan mundialmente la producción generando una situación social inédita. EE.UU es la economía más grande del planeta pero con una importante deuda social en desocupados, pobres e indigentes.

Si la globalización determino la emergencia de una Hegemonía Internacional, este esquema se ha ido diluyendo según los intereses de los países que conformaban. La aparición de otras alianzas geopolíticas (impensadas) han configurado un nuevo, e incierto, mapa mundial. Rusia y Alemania han comenzado a sellar acuerdos que tienen claramente la intención de romper con la hegemonía norteamericana. El acuerdo para extender la red de gas ruso Gazprom del cual depende Europa para sostener sus industrias es un claro indicio de quienes se proponen controlar el viejo continente. La ausencia de voces altisonantes sobre la secesión ucraniana con intervención militar rusa solo ha encendido los alertas de EE.UU y Reino Unido. La gigantesca capacidad tecnológica e industrial conjuntas de Alemania y Rusia ha hecho de ambos actores un formidable contendiente del país del norte.

La denuncia de un posible acuerdo con Vladimir Putin puede ser interpretado como la invitación a la reflexión sobre geopolítica mundial un poco más previsible que el que han diseñado los demócratas en sus gobiernos. El claro de apoyo de Putin a Venezuela junto a China como desafío a los EE.UU tiene su paralelo con la intervención de EE.UU en Medio Oriente. Luego de años de intervenciones en Medio Oriente no ha dejado ningún saldo positivo para occidente. La creciente islamización de territorios antiguamente controlados por líderes y partidos políticos liberales en el sentido más amplio del término ha dado paso a un creciente proceso de radicalización islámica. La amplitud del territorio beligerante ha alcanzado también a Europa con la consiguiente desazón por los resultados negativos de las campañas en Medio Oriente y esto también ha afectado a los EE.UU que observa preocupado como el problema de le va de las manos. Las “retiradas” de Afganistán e Irak no han otorgado la legitimidad esperada a la gran potencia que suma una nueva frustración a la traumática derrota de Vietnam, hoy aliado estratégico frente a China.

El voto hispano no permite suponer solo una desaprobación del refractario electorado hacia la política de apertura de la administración demócrata hacia Cuba. En el apoyo a Trump está asociado el endurecimiento de la política exterior norteamericana frente a la isla. Lo que se reclama es el regreso al Imperialismo puro y duro de los años 50 cuando todavía EE. UU disfrutaba de su triunfo frente a Alemania y Japón.

Tampoco debe sorprender el triunfo de Trump en los Estados centrales. Allí es donde más fuertemente ha golpeado las políticas de internacionalización de la economía. Para el trabajador blanco, sajón y protestante, la política debe ser lo que caracterizó a los EE.UU en los años de posguerra: una “gigantesca anomalía” como refería Eric Hobsbawm.

Las tendencias “contradictorias” insinuadas como tendencia a la multipolarización y los esfuerzos recurrentes para contrarrestarla por parte de EE.UU parecen los dos modos de un mismo fenómeno: multipolarización/unipolarización hegemónica. Como un anillo que se expande sobre la multipolaridad cuando se debilita el centro hegemónico en época de crisis financiera y se contrae sobre la unipolaridad hegemónica para avanzar militarmente EE.UU recurre a un doble juego para controlar aquellas zonas que no se incorporan a las finanzas globales o para doblegar las resistencias regulatorias estatales al libre flujo de la globalización financiera.  Cada crisis es tomada como una nueva plataforma para relanzar nuevamente las finanzas bajo formas cada vez más novedosas y desvinculadas de la producción material.

En el campo de la multipolaridad China aparece como el gran desafío asiático. Sin embargo la inserción en la economía mundial y sobre todo la naturaleza de los intercambios con los EE.UU, no permite afirmar que China sea más un adversario que un aliado regional.  La oscilante relación entre China y EE.UU en su historia ha dado muestras de hostilidad, acercamiento, incomprensión y desconfianza para cada coyuntura política, con cada realineamiento. Analizando algunas estadísticas citadas por la embajada China permite afirmar que el  comercio bilateral no superaba los 2.500 millones de dólares en 1979, mientras que en 2005, según estadísticas de China, ascendió a 211.630 millones de dólares. En la actualidad, EE.UU. es el primer país exportador para China y su segundo socio de comercio, y China, el cuarto país exportador para EE.UU. y su tercer socio de comercio[1].

Según la misma fuente la naturaleza del intercambio marca cualitativamente las diferencias entre esas exportaciones: China vende a EE.UU productos como zapatos y textiles, mientras que EE.UU vende productos de elevada tecnología como software y chips. Este intercambio señala la importancia que cada socio le otorga a la relación comercial, pero difícilmente se pueda señalar a este intercambio como alianza en la región sino un compromiso de EE.UU por equilibrar una zona compleja donde intervienen poderosos actores económicos y políticos donde sobresalen países como India, Taiwán, Japón, Vietnam, las dos Coreas y en el norte la zona de influencia oriental de Rusia, segunda potencia nuclear del planeta. La cordialidad entre Moscú y Beijing, la firma de tratados de colaboración entre ambas naciones, no deja de ser parte de una estrategia de moderación para con Occidente de un delicado equilibrio geopolítico.

La confianza que expresa Lin Chun (2006) en La transformación del socialismo chino no disipa las dudas que genera la inserción de China en la economía mundial. La afirmación sobre que la globalización es un movimiento de dos vías entre lo local y lo global con capacidades instrumentales similares no ha evitado la fragmentación social ni el aumento de las desigualdades, ni las turbulencias financieras. Según este autor una de las aspiraciones de China es poder […] “contrarrestar al capitalismo financiero para evitar un meltdown (hundimiento o colapso financiero) del mercado generado por la aparición de burbujas y la especulación”. Una de las propuestas formuladas vinculan este esfuerzo con la creación del Consenso  de Beijin, en forma adversa a las canónicas recomendaciones neoliberales, que incluya la autonomía nacional, la capacidad estatal, el capital humano y la innovación local para oponerse al hegemónico Consenso de Washington.  Sin embargo el  capitalismo chino de matriz nacionalista y régimen de partido único no deja de observar la estrategia de Occidente al ir “atando al gigante” mediante múltiples acuerdos de cooperación. La silenciosa estrategia de “ablande” no ha evitado que China construyera lentamente un área de influencia o “esfera de coprosperidad” dada por los beneficios comerciales otorgados por China a aquellos países que tratan con cortesía al gigante. Esta lenta construcción de hegemonía de China representa todo un desafío para la teoría política que debe abordar la compleja relación de la gran nación comunista con el capitalismo.

Integrante de la OCM China suscribe a las regulaciones financieras del comercio internacional desde su autonomía. Esta integración “blanda” de China y sus intenciones hegemónicas no han pasado desapercibidas para Occidente que en forma paralela a su diplomacia comercial […] “había fortalecido su despliegue militar en la región Asia-Pacífico, reforzado la alianza militar con Japón, reforzado la cooperación con la India, mejorado las relaciones con Vietnam, establecido un gobierno proamericano en Afganistán, e incrementado la venta de armas a Taiwán”. (Gelber, 2008, p. 422). Por si alguna duda cabe la zona es supervisada por el USPACOM[2] de Estados Unidos, el comando militar con mayor concentración de tropas del mundo. Tiene la responsabilidad de controlar a China, India, Corea del Norte, Taiwán y Rusia. Con bases en Alaska, Japón, Corea del Sur y Hawái la zona de defensa alcanza hasta la Antártida. No es un factor para desdeñar ni para ilusionarse. Los límites que trazan Occidente a China, y las reservas que expresa, surge también del despliegue del poder duro que acompaña a las finanzas.

Una situación similar es la que sostiene Rusia. Miembro también de la OMC desde el año 2012, el comercio internacional que mantiene Rusia oscila en los 497.764 millones de dólares (año 2014)[3]. El comercio del país se desaceleró en gran medida debido a la recesión mundial en 2008 y los ingresos relacionados con el comercio anual del país cayeron de 471.500 millones de dólares en 2008 a 259 000 millones de dólares en 2009. En 2010 comenzó la recuperación con el crecimiento de las exportaciones en el 33,3 % con el valor total de 625 400 millones de dólares. Con la Unión Europea se establecen el 50 % de las relaciones comerciales contabilizadas. Los países de Comunidad de Estados Independientes (CEI) representan el 14,4 % de los intercambios comerciales de Rusia; los países de la Comunidad Económica de Eurasia, el 8,0 %; y los países del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), el 21,8 %.

 La multipolaridad expresada como alternativas al poder unidireccional de EE.UU y sus socios son los límites políticos a los intensos flujos de dinero que han hundido en el endeudamiento y la recesión a numerosas economías. Las gigantescas masas de dinero que impulsan burbujas de crecimiento en numerosas naciones hasta que alcanzan el punto de saturación y descubren que lo único que han obtenido es endeudamiento ya se ha cobrado numerosas víctimas entre ellas los propios trabajadores pobres de EE.UU que han observado cómo su país ha ingresado en un gran declive producto de las mismas políticas que han hundido al resto del mundo. La ilusoria vuelta a atrás de un país que conserva gigantescas potencialidades es un enorme desafío. Algo está claro. EE.UU conserva el poder militar más grande de la tierra. No hay país que pueda enfrentarse en una guerra convencional. Sin embargo ese enorme poder no cuenta con los consensos necesarios para ser ejercido en forma unilateral con lo que lo convierte en una gigantesca fortaleza pero atada a un mundo que se mueve con la misma velocidad que las finanzas. Hay competidores y bloque económicos poderosos que evitan la confrontación pero mientras tanto construyen sus propios poderes. EE.UU está frente a una verdadera encrucijada. Se verá si la furia que expresa el voto pro Trump puede recuperar algo del antiguo esplendor perdido o es la ratificación inexorable de la irreversible decadencia norteamericana.

Atilio López

Referencias

[1] http://co.china-embassy.org/esp/zt/zgrq/t237830.htm

[2] http://www.pacom.mil/AboutUSPACOM/USPACOMAreaofResponsibility.aspx

[3] https://es.santandertrade.com/analizar-mercados/rusia/cifras-comercio-exterior?&actualiser_id_banque=oui&id_banque=3&memoriser_choix=memoriser#classification_by_country

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