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“Lo que nos falta ahora es que Donald Trump acabe siendo presidente”. John Carlin, diario El País, España.

Así comenzaba el artículo publicado por el diario El País el pasado 3 de octubre y citado por Cristina Fernández de Kirchner en el acto realizado en el club Atlanta por el centenario de la asunción de Hipólito Yrigoyen como el primer presidente democrático argentino. Se titulaba “2016, el año en que vivimos estúpidamente” y establecía un hilo conductor entre el triunfo del Brexit, el “no” al acuerdo de paz en Colombia y la candidatura del empresario republicano. El argumento que John Carlin, su autor, tomaba para explicar estos hechos era el cinismo manipulador de algunos políticos y la ignorancia o irresponsabilidad de los votantes. Finalmente el presagio se confirmó y el magnate neoyorkino consiguió su boleto a la Casa Blanca. Pero quedarse en la estafa electoral de la ultra derecha occidental para comprender este fenómeno deja sabor a poco. Aunque esta haya llenado su campaña de frases vacías y no haya propuesto ni una sola política consistente para cumplir con sus grandilocuentes promesas.

Su victoria no se explica sin comprender los efectos de la crisis económica que estalló en 2008, luego de 30 años de neoliberalismo  y de la que aún no se ha salido. Durante esos últimos 30 años, más de 60.000 fábricas tuvieron que cerrar en los Estados Unidos. Casi cinco millones de empleos industriales bien remunerados desaparecieron. El salario mínimo se redujo en más de un 20% en términos reales, mientras que los salarios de los grandes ejecutivos se multiplicaron en formas escandalosas. Cómo bien describe Thomas Piketty en “El capital en el siglo XXI”, el mundo volvió a situaciones de desigualdad propias del siglo XIX. La fortuna de los 2200 más ricos se duplicó al pasar de 3 a 6 billones de dólares.

¿De dónde emerge todo esto? Ante la incapacidad del keynesianismo de dar respuestas a la crisis de estanflación de los años 70’, las políticas neoliberales -marginadas hasta ese entonces- comenzaron a adquirir una gran influencia en todo el arco político, los medios de comunicación y el ámbito académico. A partir de 1979, estas políticas comenzaron a ser implementadas por Paul Volcker cuando asume la Reserva Federal y se consolidaron en todo el mundo a partir de la década del ochenta con la dupla Reagan-Thatcher. Volcker elevó la tasa de interés de manera abrupta –cualquier similitud con la gestión Sturzenegger no es mera casualidad-, lo que produjo una contracción de la demanda, un aumento del desempleo y una reducción de los salarios con la consiguiente caída de la inflación. Esto, sumado a la disminución de los impuestos a los grandes ingresos, generó una gran transferencia de riqueza y concentración del ingreso que restituyó la tasa de ganancia. Se suponía que esta mayor rentabilidad estimularía la inversión. Sin embargo, la inversión no se incrementó sino que cayó aún más, ya que la demanda estaba destruida.

Paralelamente y en búsqueda de un nuevo aumento de la tasa de ganancia, se trasladó la producción industrial a la periferia, donde los salarios eran hasta diez veces más bajos que en los países centrales. Esto significó un tremendo golpe a la clase trabajadora estadounidense, especialmente a los obreros industriales del famoso cinturón del óxido, región que explica el reciente triunfo de Trump. Estados de tradición históricamente demócrata como Michigan, cuna del fordismo y motor del desarrollo capitalista norteamericano, por primera vez pasaron a pintarse de color rojo.

A estos nuevos desempleados se les ofrece préstamos como un substituto de sus salarios. El patrón de acumulación mundial pasa del sector productivo al financiero, que emerge como la fracción hegemónica en un contexto de alta liquidez por el aumento de los precios del petróleo. Estos capitales se ven atraídos por las ventajas del dólar como valor de reserva y le permiten a Estados Unidos cubrir su déficit y al mismo tiempo crecer a una tasa aún superior que el resto del mundo.

La consecuencia de estas políticas fue la generación de constantes burbujas financieras, que lejos de ser errores o excesos del sistema, fueron la forma de contrarrestar el bajo nivel de actividad producto de una demanda devastada por la fuerza del mercado.

El límite fue el 2008. Sin nuevas burbujas, no hay crecimiento. O mejor dicho, el tímido crecimiento norteamericano de los últimos años no le alcanza para ser el motor del mundo y su indiscutido líder. El modo de acumulación actual ofrece tantas ventajas al capital dominante que se desentiende del crecimiento y no invierte. Le basta con operar en la esfera financiera para que su capital aumente.

Por lo tanto, el orden mundial entra en crisis como así también su sistema de representación política. El salvataje del sistema financiero representó un estímulo fiscal del 6,8% del PBI en Estados Unidos, mientras que el gasto orientado a sostener el nivel de actividad, contrarrestar la desocupación y resolver el problema de las 9 millones de familias que perdieron su propiedad, fue prácticamente nulo.

La pleitesía bipartidista al sector financiero por costear sus campañas políticas, los funcionarios pertenecientes a Goldman Sachs en los principales comandos de la economía de todos los gobiernos y la “política de estado” de otorgar cada vez más ventajas impositivas al 1% más rico y crear reglas amigables al mercado, agotó la paciencia del pueblo en su eterna espera por ver derramar del vaso las supuestas maravillas que iban a traer estas medidas.

Barack Obama emerge como el sorpresivo candidato destinado a ponerle un freno a esta anarquía del capitalismo financiero. Su llegada a la Casa Blanca fue realmente una situación inesperada, mucho más que la de un Donald Trump que representa fielmente a la gran mayoría de ese Estados Unidos profundo que las grandes urbes progresistas se niegan a reconocer. Nadie pensaba que un afroamericano que nunca había ocupado un puesto ejecutivo de gobierno, que representaba a una casi moribunda ala izquierda demócrata y que venía con la promesa de una nueva ley regulatoria que le pusiera un límite a Wall Street, iba a comandar los destinos de Washington.

Al analizar fríamente los números, se observa claramente que la desilusión que significó la administración Obama y sus promesas incumplidas, son la razón principal para comprender los resultados de la última elección y no así la esperanza sobre el nuevo Presidente.  Entre 2008 y este año, el partido demócrata perdió casi 10 millones de votos. Paradójicamente, estos votos no fueron a su histórico rival republicano, que también disminuyó su caudal de votos (un millón menos que en 2012 y 200 mil menos que en 2008). Estos votantes, desilusionados con el sistema bipartidista que aspira al bienestar corporativo en vez de al bienestar social, se quedaron en sus casas o pusieron sus ilusiones en los llamados candidatos independientes. Partidos testimoniales, sin posibilidad de éxito, pero que en 2016 vieron triplicar su caudal electoral.

Las elecciones, por lo tanto, no las gana Trump. Las pierde el partido demócrata. El partido que supo hegemonizar la política estadounidense defendiendo a los pisoteados por la crisis del 30 a partir del New Deal. El partido que tiene entre sus bases a la clase trabajadora, a los inmigrantes, a los afroamericanos, al movimiento feminista y al movimiento verde abrazó la biblia neoliberal y dejó a todas las minorías excluidas a la voluntad del dios mercado.

No sabemos si Trump cumplirá sus promesas proteccionistas aumentando las tasas sobre todos los productos importados y ganándose el odio de las grandes corporaciones que dependen de los productos asiáticos para sostener su alta rentabilidad. No sabemos si combatirá a Wall Street cobrándole mayores impuestos a los corredores de hedge funds que ganan fortunas y restableciendo -como prometió- la Ley Glass-Steagall que separaba a la banca tradicional de la banca de inversión con el objetivo de evitar que la primera pudiera hacer inversiones de alto riesgo. Lo más lógico es que no lo haga y que gobierne de acuerdo a los dictados de los grupos económicos.

Pero lo único seguro es que la crisis social y la desigualdad existente no se pueden esconder debajo de la alfombra. Sus demandas siguen presentes y están buscando quién los represente. El año que viene se esperan nuevos triunfos de la extrema derecha en Europa. Si las fuerzas nacional-populares y de izquierda no saben interpretar este momento y dar respuesta a esas demandas, esto será aprovechado por otros sectores y no sabemos quién será ni hasta que límite llegará el próximo Trump.

 

Andrés Guacurarí

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