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El miedo, esa sensación incómoda y amenazante, que a veces nos muerde, paraliza, obnubila. El miedo a dejar de ser. El miedo a ser lastimado, herido, oprimido, humillado. Esa común y universal sensación que nos atrapa como un puño desde la garganta, no reconoce edades, géneros, experiencias, trayectorias académicas, etnias. El miedo es una experiencia devastadora que se agudiza en la soledad, en el ensimismamiento, en el aislamiento. El miedo es una sensación ancestral, atávica, que nos acompaña desde los inicios de la humanidad.

El miedo es una experiencia abismal. No hay remedios ni vacunas, solo hay formas de conjurarlo, de disolverlo, de domarlo. El miedo es un monstruo que se agiganta cuando no se lo nombra. A esa bestia brutal se la enfrenta. Ese giro imperceptible en el espacio de cada uno de nosotros que afronta su destino de cara a aquello que nos persigue, nos arrastra en pesadillas, nos devuelve a la soledad desde donde escapamos. El miedo es profundamente personal pero se debilita al lado de otros que también han decidido enfrentarlo. La experiencia aterradora de la soledad solo puede ser conjurada en el acto colectivo de juntarse, reunirse, compartir y sobrellevar esos monstruos que acechan desde lo más profundo de nuestro ser. El miedo solo puede ser controlado en él entre nosotros. En ese espacio de libertad y solidaridad es donde controlamos a nuestros fantasmas y nos convertimos en hombres y mujeres políticos, pues el miedo en nuestras sociedades es profundamente político. Hay una dedicada y cada vez más sofisticada maquinaria destinadas a infundir miedo. El miedo a nada o el miedo a todo. En esa constante y permanente difusión de los temores se aloja aquello que intuimos nos amenaza. El miedo es el principal producto del Poder dicho así en términos abstractos. Y el Poder requiere de la sumisión, de la docilidad y la obediencia. Condiciones estas que solo pueden ser válidas si el Otro experimenta la disruptiva sensación del temor y el miedo.

La política, como ese estar entre nosotros que pone en marcha tanto en la deliberación como la acción, es abandonar la oscuridad de lo privado para pasar a la luz de lo público. Michell Foucault hablaba del Poder como esa “Bestia Magnífica” que aparece como un conjunto de dispositivos difusos que atraviesan permanentemente los cuerpos haciéndolos dóciles, funcionales, aislados, solos, para concretar su obra: imponer el orden de dominación. Esos dispositivos imperceptibles que lleva a que sus víctimas reproduzcan ese orden que totaliza la vida de las personas sin que ni siquiera muchas piensen demasiado en sin son víctimas de aquello mismo que naturalizan o dan por cierto o reproducen sin cuestionamientos.

La política es por esa razón, el poner en palabras y dar forma a la deliberación y luego a la acción, profundamente disruptiva. Porque rompe con la configuración que el orden de dominación quiere asignar. Las palabras, el uso deliberado del lenguaje es profundamente político porque hay audiencia, otros sujetos que participan de esa deliberación y desnaturalizan la dominación, amenazan el miedo.

Cuando el orden de dominación se expresa a través de sus dispositivos de amedrentamiento e intentan domesticar o eliminar los cuerpos que se le oponen es neutralizado por la palabra, por ese enorme y gigantesco acto de rebeldía, que significa romper con la configuración asignada y derrotar al dispositivo que busca y construye la soledad del miedo.

Anoche en el Centro de Artes Batalla Cultural “César Linares Walerko” asistimos a un enorme gesto político. Las palabras de los compañeros víctimas de esta paupérrima, decadente, anacrónica y criminal maquinaria que se llama policía, pusieron en palabras el conjuro de la política. De víctimas se transformaron en portavoces de miles de vidas que claman por su sufrimiento. De sobrevivientes de una emboscada  se transformaron en vivos testimonios de todos aquellos que en el desamparo de su soledad  son rehenes de este brutal orden que impone el neoliberalismo y necesita de esos cuerpos para existir. De encarcelados, humillados y violentados por el orden policial, se convirtieron en denunciantes de los atropellos, inequidades y descontrol que imponen los poderes para perpetuar la desigualdad.

Mauricio y Lucas se convirtieron casi sin darse cuenta en el grito de miles de pibes y pibas silenciados en las tumbas o cárceles del país o algo peor en las estadísticas que invisibilizan a esos cuerpos.  En las palabras  de Lucas y Mauricio era posible palpar el dolor y la furia personal por una situación que de personal y policial se transformó en lo que verdaderamente es: un problema político. Y sin querer, o porque ya lo sabían, entendieron que el hostigamiento y la violencia sobre los jóvenes es una política de Estado destinada a domesticar cuerpos o eliminarlos solo porque son pobres o porque necesita disciplinarlos.

El miedo sobrevoló anoche el Batalla pero sólo para ser derrotado. De esas horribles experiencias que pudimos poner en evidencia, hoy son víctimas miles de personas. En los compañeros que ayer enunciaron sus palabras cargadas de emoción y dolor tal vez resida lo mejor de la política: conmoverse para actuar. Este acontecimiento demostró que solo la sensibilidad y la solidaridad pueden desafiar al miedo que se intenta imponer. Anoche pese a quien le pese, asistimos a lo mejor de la política, a la gigantesca capacidad de poner en palabras y actos aquello que anima a las grandes causas: la demostración solidaria de la acción colectiva. Anoche ha quedado claro  de que hay  un conjunto de mujeres y hombres que son irreductibles en sus convicciones de construir una nueva sociedad. Frente al hostigamiento y la persecución solo hay determinación y un mensaje como decía Néstor: […] no les tenemos miedo.

Atilio López

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