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Vivimos en un mundo construido por seres que circulan, andan, migran. Las migraciones son una constante en la historia de las civilizaciones, producto de situaciones económicas, políticas y sociales y no del mero espíritu de aventura, resultan las más de las veces un proceso difícil para quienes lo atraviesan.  Es la búsqueda de un lugar mejor lo que motiva el abandono de la propia tierra. El dolor de las guerras, la pobreza, el hambre, y la persecución han sido los principales motores que conducen a las personas en busca de mejores horizontes.

La delimitación de una frontera con el otro puede convertirse en una línea infranqueable en la medida que, a partir de un rasgo, ese semejante se constituye en una totalidad homogénea, sin facetas y sin fisuras y se convierte en un extraño que debe ser destruido. La xenofobia representa el miedo, el rechazo, el odio a lo extranjero. Lo extraño y lo extranjero resultan dos palabras que comparten su etimología. El aprecio a lo familiar y lo conocido define un otro lugar que condensa y localiza eso que debe ponerse afuera. El discurso xenófobo tiene una gran pregnancia en el sentido común y desde esa lógica binaria y excluyente se localiza al extranjero como el portador de todo lo malo. Este rechazo se justifica legitimando una falsa ecuación que establece la identidad entre migración, desempleo, narcotráfico, delincuencia e inseguridad; ese otro con un rasgo distinto se convierte en una totalidad portadora de todos los males.

En Psicología de las masas y análisis del yo (1920), Freud refiere que en  la vida anímica del individuo, el otro puede aparecer como modelo, como auxiliar, como objeto y como enemigo, y sugiere que la necesidad del otro representa un hecho estructural y constitutivo del sujeto, por eso desde el comienzo mismo la psicología individual es psicología social. En este sentido el otro es un lugar de afirmación, de identidad, y también un lugar de proyección de lo propio y de rechazo. A partir de esta dialéctica fundante se construyen y conviven en el sujeto fuerzas contrapuestas, unas que convocan a la conservación de la vida y otras que convocan a la destrucción, es por esto que el alma humana representa un campo de batalla en el que se enfrentan diversas tendencias y es en esa lucha entre fuerzas antagónicas que se inscribe la construcción de la vida. En El Malestar en la Cultura (1929), Freud escribe ante la amenaza del nazismo y advierte sobre el peligro que se cierne sobre la civilización por la exacerbación de las pulsiones más primitivas; no es muy alentador cuando señala que en la complejidad del alma humana y sus múltiples facetas, se alojan tanto el placer que aporta el amor como el placer que aporta la destrucción.  Las innumerables atrocidades de la historia y las que se sucedían en esos momentos eran más que elocuentes en cuanto a la existencia y el poderío de la crueldad humana.

El sujeto humano se constituye a partir de una relación necesaria con ese otro semejante.[1] Es en un espejo que encuentra en el otro, que se percibe en una ilusión de completud, que es quebrada por la misma estructura que la relación especular conlleva. La imagen que devuelve el espejo está afectada por una falla, una carencia, esa imagen devuelve algo discordante, algo falta a la imagen. Esa alteridad, al mismo tiempo que es necesaria, se percibe como algo amenazante y constituye la base de la agresividad en la relación con el otro. Es en la diferencia entre la percepción y la significación de esa imagen que se sostienen todas las demás diferencias, donde se ubica la sede del desconocimiento del sujeto y donde se consolida el rechazo al otro, como alguien que al mismo tiempo que me sostiene, me amenaza con esa falta que atenta contra mi propio narcisismo. El estadio del espejo en la formación del yo resulta una encrucijada estructural que comanda la ambivalencia y la agresividad del ser humano, quien debe “ganar” su lugar por sobre el otro.

La xenofobia, el racismo y toda forma de segregación no pueden ser pensados por fuera de la lógica del poder ya que representan una estructura de opresión básica. La segregación cambia sus objetos a medida que los discursos se modifican, pero siempre yace en la comunidad humana el rechazo a un rasgo del otro que puede tornarse un “todo”, ubicándose como algo inasimilable y como resorte de la barbarie. La creación de los Estados Modernos en el siglo XIX es un hecho determinante mediante el cual el Estado se hace cargo de la vida, y el poder y el discurso biologizante se complementan desarrollando las bases teóricas del racismo. Se toma el poder sobre el cuerpo del sujeto en tanto ser viviente y se introduce una suerte de estatización de los cuerpos, convirtiéndose éste en objeto de la estructura jurídica y científica y es desde ahí que se determina lo que debe vivir y lo que debe morir. No se trata de una lucha entre guerreros -situación que implicaría una posición activa de los sujetos- sino una lucha fundada en lo natural, en lo biológico, donde la destrucción del otro se da desde una situación de desigualdad y dominación. Entre los prejuicios racistas más extendidos está la superioridad cultural del mundo occidental o eurocentrismo, llegando la biología como fundamento epistemológico del racismo, a su máxima expresión en el siglo XX con el nazismo.

Todo grupo dominante refuerza su posición al someter a los otros a sus propios paradigmas y en la construcción de esas lógicas arbitrarias se produce un otro desviado e inferior. Esas construcciones están diseminadas de tal modo que se transforman en expresiones naturalizadas y homogeneizadoras. Aquellos que son segregados experimentan una opresión paradójica; son señalados conforme a ciertos estereotipos, y al mismo tiempo se vuelven invisibles como sujetos humanos

Ubicar un rasgo diferencial en la relación con el otro no debe reducirse a una lógica homogeneizadora, sino que debe convocar a reconocer tanto en uno como en el otro la situación de carencia estructural de la condición humana. El otro semejante, más familiar o más extraño determina un lugar que debe reconocerse y que sólo es posible a partir de la introducción de la palabra como herramienta de acercamiento. La xenofobia, el racismo y todo tipo de segregación deben considerarse como situaciones inherentes a la relación con la palabra y al modo en que el lazo social está afectado por la diferencia. Se trata de un problema de frontera y de discursos que producen sentidos y convoca al desafío de quebrar toda lógica totalizadora e introducir palabras donde los muros pretenden imponerse. El extranjero, en su alteridad, hace visible la diferencia, y conmueve al sujeto en su frágil posición. Considerar esta lógica implica comprender que los humanos no estamos ajenos a la violencia en la relación con el otro y que necesitamos condicionantes sociales que legitimen y den curso o condenen estas expresiones.

Todo ser desea ser reconocido como alguien capaz de actuar, de hacer, como alguien lleno de deseos y posibilidades y, para construir sociedades menos intolerantes, debemos asumir nuestra condición de sujetos en situación de carencia como algo esencial de la condición humana. Cualquier reflexión sobre la segregación, la xenofobia, el racismo debe enmarcarse en una pregunta por los derechos. El derecho a la vida, las garantías a la integridad, la justicia social. Se trata de denunciar la violencia sobre los más carenciados y la violencia de la invulnerabilidad de los más poderosos.

 

Alicia Eguren

Referencias

[1] Jacques Lacan. El estadio del espejo en la formación del yo tal como se revela en la experiencia psicoanalítica, 1949.

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