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1. Definición Aunque el término “aporofobia” todavía no figura en los diccionarios de nuestra lengua, ya aparece utilizado en numerosas publicaciones recientes. Muchas de ellas podemos encontrarlas en Internet y al hacerlo podemos constatar que se utiliza este vocablo con el significado que denotan las palabras griegas que lo componen: “áporos”, pobre, sin salidas, escaso de recursos, y “fobia”, temor. De modo que el término “aporofobia” serviría para nombrar un sentimiento difuso y hasta ahora poco estudiado, de rechazo al pobre.

Esta novedosa palabra aparece por primera vez en una serie de publicaciones que la filósofa y catedrática Adela Cortina viene realizando desde mediados de la década de los noventa. La profesora Cortina ha propuesto el uso de esta palabra para poder dar nombre a una realidad que hasta ese momento no lo tenía. Porque se habla mucho de la “xenofobia”, que es el rechazo al extranjero, pero no se disponía del término adecuado para referirse la actitud que, a su juicio, es la verdadera clave de muchas conductas indeseables que se producen en nuestras sociedades opulentas del Norte. La verdadera actitud que subyace a muchos comportamientos supuestamente racistas y xenófobos no sería, en realidad, la hostilidad a los extranjeros, o a las personas que pertenecen a una etnia diferente a la mayoritaria, sino la repugnancia y el temor a los pobres, a esas personas que no presentan el “aspecto respetable” de quienes tienen cubiertas sus necesidades básicas. En efecto, “no marginamos al inmigrante si es rico, ni al negro que es jugador de basket, ni al jubilado con patrimonio sino que marginamos a los pobres”.

La aporofobia consiste, por lo tanto, en un sentimiento de miedo y en una actitud de rechazo al pobre, al desamparado. Tal sentimiento y tal actitud son adquiridos. La aporofobia se induce, se provoca, se aprende y se difunde a partir de relatos alarmistas y sensacionalistas que relacionan a las personas de escasos recursos con la delincuencia y con una supuesta amenaza a la estabilidad del sistema socioeconómico. Sin embargo, un análisis riguroso de los datos disponibles nos muestra que la mayor parte de la delincuencia, y la más peligrosa, no procede de los sectores pobres de la población, sino de mafias bien organizadas que controlan una inmensa cantidad de recursos. Y resulta tan sarcástico que se considere a los pobres como una amenaza al sistema socioeconómico como lo sería acusar a las víctimas de la violencia de ser los causantes de esa misma violencia.

Ahora bien, no resulta difícil para los poderes fácticos presentar a los pobres como los culpables de cualquier problema social, puesto que la situación de debilidad que atraviesan les impide, por definición, toda defensa frente a la calumnia. De este modo, se produce un fenómeno que podríamos denominar “el círculo vicioso de la aporofobia”: los colectivos desfavorecidos son acusados a menudo de conductas delictivas (robo, prostitución, tráfico de drogas, actos violentos, trabajo ilegal, etc.) y esta mala imagen dificulta su posible integración en la sociedad, con lo cual se prolongan sus dificultades y en algunos casos la desesperación les lleva a cometer algún acto ilegal, de manera que se termina por reforzar la mala imagen y así sucesivamente.

La aporofobia se alienta en cada uno de nosotros a través de un mecanismo psicológico que carece de base lógica: la generalización apresurada. Partiendo de algunos casos particulares (este mendigo hizo esto, aquel desaliñado hizo lo otro…), se alcanza una conclusión general de tipo universal: “Todos los mendigos son peligrosos”, “Todos los desaliñados son sospechosos”. Evidentemente, tales generalizaciones son falsas, pero estamos tan acostumbrados a hacerlas que a menudo nos pasan desapercibidas.

2. Posibles explicaciones de la aporofobia Una posible explicación puede estar en cierta “mala conciencia” que nos recuerda que las situaciones de desamparo son, en cierta medida, una responsabilidad de todos los que estamos acomodados. En ese sentido, el que haya pobreza es signo de cierto grado de fracaso social. Es un síntoma de que el sistema en el que estamos instalados no es todo lo justo que debería ser. Pero entonces, mientras que algunas personas reaccionan positivamente, proactivamente, comprometiéndose en tareas de reforma social para hacer un mundo cada vez más justo, otras personas reaccionan negativamente, reactivamente, despreciando y culpando a los pobres mismos de su situación de marginación y colgando sobre ellos todo tipo de etiquetas peyorativas. La aporofobia se centra actualmente, en las sociedades que llamamos “desarrolladas”, en colectivos que se suelen considerar “no productivos”, esto es, desocupados, trabajadores con escasa calificación profesional, jóvenes que buscan su primer empleo, trabajadores sometidos a condiciones laborales muy precarias de salario y continuidad, jubilados sin una pensión o con escasa pensión, personas enfermas o con discapacidades severas que no consiguen empleo y carecen de recursos económicos, familias monoparentales de escasos ingresos, minorías étnicas tradicionalmente marginadas, inmigrantes que aún no han conseguido insertarse legalmente en el mercado laboral, etc. Estos colectivos están formados a menudo por personas que no permanecen en ellos de por vida, pero el colectivo permanece. Una persona que ayer era pobre puede estar hoy en un empleo digno que le permite superar su condición de pobreza, pero mientras esa persona sale del colectivo, otra u otras están ingresando en él a su pesar. Los jugadores cambian, pero el equipo mantiene su identidad. Este detalle es relevante, puesto que indica claramente que la pobreza no es una condición permanente de las personas, sino una situación indeseable e injusta, pero superable, de la que muchas personas consiguen salir si se les brinda la ayuda adecuada.

En principio, es técnica y económicamente posible que una sociedad moderna consiga que los distintos colectivos afectados por la pobreza superen esa lamentable e inhumana situación. ¿Qué falta entonces? Falta coraje cívico, falta estatura moral, falta voluntad política en el sentido ético de la palabra. Veamos por qué.

La aporofobia se alimenta del extendido prejuicio de que los pobres son culpables de la miseria que les aqueja. Este prejuicio, como tantos otros, es también una generalización apresurada. En principio, de modo similar a como algunos accidentes de tráfico son responsabilidad del accidentado y en cambio otros no lo son en absoluto, también ocurre que una parte de las situaciones de pobreza tienen su origen en algún tipo de negligencia más o menos voluntaria, mientras que otra gran parte de tales situaciones tiene causas totalmente ajenas a la voluntad de las personas que sufren la pobreza. Esta constatación ha de completarse observando que, aún en los casos en los que las personas tuvieron responsabilidad al provocar su propia ruina, eso no implica que debamos abandonarlas a su suerte, como no lo haríamos tampoco en el caso del conductor negligente que provocó su propio accidente. Tenemos un deber de humanidad de ayudar a las personas en apuros, y eso es así con independencia de que la persona necesitada sea en parte responsable de su apremiante situación.

Por otra parte, la condición humana está afectada por eso que Rawls ha llamado “la lotería natural y social”, esto es, el hecho de que nadie puede alegar mérito alguno por la cantidad y calidad de sus dotes naturales (inteligencia, fuerza, belleza, resistencia a la enfermedad, etc.) ni por las ventajas sociales heredadas (una familia, unos parientes, un ambiente de crianza y educación, unas oportunidades de formación, etc.). Conforme a ese mismo concepto, nadie debería ser considerado responsable de no haber nacido con alguna desventaja física, ni de no haber disfrutado de ciertas oportunidades que nunca le fueron brindadas. En síntesis podríamos decir que una parte de lo que cada cual consigue o deja de conseguir en la vida es cuestión de oportunidades que se le presenten, mientras que otra parte es responsabilidad (mérito o demérito) de cada uno. Por tanto, culpar a las personas que están en situaciones de pobreza de haber llegado a esa situación es, sin lugar a dudas, una injusta generalización.

3. Los pobres son los que no tienen nada que ofrecer. Pero entonces, si la aporofobia, el desprecio al pobre, es una actitud injusta, ¿cómo es que viene pasando tan desapercibida, hasta el punto de que ni siquiera se tenía un nombre? La respuesta que la misma profesora Cortina nos ofrece es la siguiente: “En sociedades como las nuestras, organizadas en torno a la idea de contrato en cualquiera de las esferas sociales, el pobre, el verdaderamente diferente en cada una de ellas, es el que no tiene nada interesante que ofrecer a cambio y, por lo tanto, no tiene capacidad real de contratar”. En efecto, la clave para comprender la aporofobia es que en la mayoría de los ámbitos de la vida social hay quienes tienen poder para pactar y también hay quienes no lo tienen; algunas personas tienen algo que puede interesar a los poderosos y en cambio otras carecen de interés para ellos. El resultado es que los pobres, son los excluidos del intercambio, los marginados, los que no son tenidos en consideración debido a que carecen de esa capacidad de intercambio. Supuestamente ellos mismos serían culpables de su falta de capacidad. Supuestamente, quienes no tienen nada interesante que ofrecer, se merecen la exclusión y el desprecio que eventualmente se les venga encima. La aporofobia, como otras tantas fobias sociales, viene siendo provocada y fomentada por ese tipo de actitud que encarnan quienes Cortina ha llamado, inspirándose en un pasaje de Kant en La paz perpetua, los demonios estúpidos. La cita de Kant sostiene que hasta un pueblo de demonios, de seres carentes de sensibilidad moral, sacrificaría parte de su libertad y se sometería a las leyes de un Estado de derecho, con tal que tuvieran inteligencia. De ese modo, distingue Cortina tres tipos de actitudes éticas: la de los demonios estúpidos, la de los demonios inteligentes y la de las personas inteligentes, justas y solidarias.

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Los demonios estúpidos representan la actitud de quienes creen que es mejor excluir y culpabilizar a quienes están en apuros. Es la actitud de quienes olvidan que los bienes de que disfrutamos los seres humanos son bienes sociales, y por tanto tienen que ser distribuidos con justicia. No hay aporofobia más peligrosa que la que sueña con eliminar a todas las personas a las que los poderosos consideren un estorbo.

Los demonios inteligentes tienen una actitud algo más madura de quienes reconocen que, aunque a corto plazo no parece que compense gran cosa ayudar a otros a salir del desamparo, a la larga es muy conveniente hacerlo para poder preservar cierto orden social y para no correr riesgos innecesarios. La pobreza, todo tipo de pobreza y no sólo económica, sino también la falta de educación y de oportunidades, la falta de igualdad legal y política o la falta de equidad en la distribución de sanciones y premios, es considerada, desde este punto de vista, como un peligro potencial.

Por último, la actitud de las personas inteligentes, justas y solidarias corresponde, según Cortina, a quienes tienen la sensibilidad moral necesaria para percatarse de que todo ser humano es valioso en sí mismo (…). Las medidas de eliminación de la miseria, de extensión de la ciudadanía social, de capacitación o empoderamiento de las personas vulnerables, son contempladas como medidas de realización de los valores de justicia que constituyen la base de una convivencia realmente pacífica, colaborativa y humanizadora.

La aporofobia es un obstáculo en el camino que la humanidad ha emprendido desde hace milenios en pos de un mundo más habitable. Una convivencia intercultural no será posible ni localmente, ni globalmente si no eliminamos en la medida de lo posible las actitudes aporófobas (…).

 

Teresa Serrano

Referencias

  • Emilio Martínez Navarro: “Aporofobia”, en: Jesús Conill (coord.): Glosario para una sociedad intercultural, Valencia, Bancaja, 2002
  • Cortina, A. y otros (1996): Ética, Madrid, Santillana.
  • Cortina, A., (1997): Ciudadanos del mundo. Hacia una teoría de la ciudadanía, Madrid, Alianza.
  • Cortina, A. (2000): “Aporofobia”, en El País, 7 de marzo de 2000, p. 14.
  • Internet: consulta de alrededor de cuarenta páginas web que contienen el término “aporofobia”.
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