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Dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución, nada. Con la militancia no se jode. La tarea sigue, el lugar de un militante es junto al pueblo. Hay que volver para que el pueblo vuelva a comer. Cuando el peronismo habla dice la verdad. Cristina es del pueblo y no la toca nadie. No pasarán a la historia aquellos que especulen, sino los que más se la jueguen. No criminalizar la protesta social, libertad a Milagro Sala. Sepan los nacidos y los que van a nacer, que nacimos para vencer y no para ser vencidos. Si el cambio te traicionó, sumate a militar. No es en la resignación en lo que nos afirmamos, sino en la rebeldía frente a las injusticias. Los lápices siguen escribiendo. 54 millones de personas la votaron, 61 la destituyeron, no a los golpes en la Patria Grande. Cuando la Patria está en peligro, todo está permitido excepto no defenderla. Hay que volver para que el pueblo vuelva a comer. Sobre la hermandad de los que trabajan ha de levantarse nuestra hermosa Patria. 40 millones vs. 1000 familias. La historia no perdonará, los que tiraron contra el pueblo son traidores y cobardes. En la cara les decimos: ¡No nos han vencido! Por el derecho a trabajar, para que vuelvan los días más felices. ¡¡Con Hebe no se jode!! Madres de la Plaza el pueblo las abraza. Las ideas no se mueren ni se encierran. El que murió peleando vive en cada compañero. Podrán cortar todas las flores pero no detendrán la primavera… (Extracto de pintadas diversas en Vicente López)

La escritura da testimonio de la historia y la memoria, apelando al registro escrito busca lugares donde alojar la letra con la intención de que lo dicho perdure, deje pruebas de la existencia y atraviese las barreras del tiempo. Es desde los inicios de las civilizaciones que el hombre busca superficies donde dejar su testimonio y plasmar su pensamiento;  los suelos, las calles, los muros como superficies en relación de proximidad con los cuerpos han funcionado como lugares para perpetuar la palabra. Como espacios de construcción colectiva donde se desarrolla la cotidianeidad, son susceptibles de convertirse en el testimonio y reflejo de las luchas de los Pueblos. Las paredes a través del tiempo siguen siendo un modo de expresión, hablan, dicen y revelan las marcas de las conquistas y de las pérdidas. Objeto de la escritura con su estructural deseo de permanencia, expresan legados, mensajes, ideas, y pretenden producir el deseado efecto de la transmisión con la intención de dejar las huellas que la memoria exige guardar. Las marcas que se instalan en el espacio público construyen campos de acción y, susceptibles de convertirse en prácticas políticas, producen efectos de sentido en el imaginario colectivo.

La historia y la memoria se instalan como campos problemáticos y, con la dimensión subjetiva que conllevan, obligan a romper la linealidad de lo que muchas veces se entiende como historia y convocan a comprender la misma como una escritura hecha por los Pueblos. La importancia política de la memoria se encuentra en la reelaboración de la historia de las voces oprimidas y toda lectura y escritura de la historia exige una pregunta no sólo epistemológica sino también política. La pretensión de bloquear la memoria y restar sentido al pasado responde a un intento de desinfección política y una conminación al silencio que pretende restringir el campo de la historicidad petrificando el futuro. Se trata de una negación políticamente calculada donde se pretende el silencio y el olvido. Por esto, la transmisión resulta una exigencia ética, se trata de recuperar eso que pretende ser abolido y detectar los trazos de vida que hay en eso que pretende ser callado. El pasado ausente del presente es el que debemos considerar porque representa la voz de los vencidos. El valor político de la memoria está en la reelaboración de la historia introduciendo las marcas y las voces oprimidas y transformando lo que se recupera como recuerdo en un acto de justicia. El olvido es homologable a la injusticia y la función de transmisión de la historia es política porque su misión es ir a buscar los vacíos, produciendo una transformación activa del presente, desde una perspectiva de ruptura, con fragmentos, destellos, imágenes, perspectivas,  letras, nombres, tachaduras, palabras dichas, palabras silenciadas. Es así que la memoria y la escritura de la historia son actos de justicia y son lo único que puede sobrevivir a la catástrofe y a la destrucción.

La construcción política se organiza en espacios concretos que se encuentran en constantes disputas y en calles, paredes y plazas se plasman las elaboraciones de los pueblos, convirtiéndose estos en escenarios privilegiados; testigos de la historia de mujeres y hombres, convocados en el diseño de un destino común, guardan las marcas de las luchas por los derechos, por la igualdad, por la conquista de la memoria. Resultan un campo de legitimación política y dejan vestigios de los movimientos populares que parodian, descarrilan y subvierten lo establecido. Como espacios de discurso se construyen allí imaginarios y horizontes de derechos. Las calles, las ciudades, los territorios son productos históricos, no sólo en su materialidad física sino también en sus significados culturales, y organizan el reconocimiento colectivo de historias. Salir a las calles y ocuparlas marcan una forma de construcción en la que se definen significados, sentidos, subjetividades y se establecen fronteras de acción. Espacios que se producen como testimonio de la lucha de los Pueblos, revelan las marcas de una historia que por más que quieran ocultar, callar o encarcelar, sigue viva abarcando el campo de una memoria que con su insistencia inclaudicable reaparece día a día y sigue hablando.

El deliberado intento de silenciar las paredes, de quitar las palabras y reemplazarlas por una insólita agrafia responde también a un patrón lógico de enunciación. No son solo las palabras es el acto en sí de la elaboración colectiva. En esa doble negación del espacio de elaboración se intenta cancelar no solo el contenido, sino abolir el sujeto de esa producción: el colectivo, la organización militante, el entre todos.

Escritas por todas y todos, las palabras de nuestras paredes y de nuestras calles exceden la letra, trascienden lo escrito. Lo que se quiere borrar retorna con más insistencia y deja una huella que se replica en voces que atraviesan los tiempos y que en el intento de ser calladas se multiplican hacia una repetición infinita. Las rejas con que pretenden encerrar las palabras son vanos intentos de hacer borrar lo que por definición es imposible de borrar. Las palabras atraviesan las rejas, se escurren tras ellas, tachadas y vueltas a escribir, resisten toda censura y siguen diciendo; no podrán ser calladas, no podrán ser encarceladas porque nuestras paredes conservan las marcas imborrables de una historia que es nuestra y que seguiremos contando. Como fotogramas de un film o como pizarras mágicas, metáforas de la memoria, nuestras paredes dicen, hablan de nosotros y de nuestras ideas, y en las sucesivas superficies se descubren las palabras que pretenden ser  canceladas, encerradas tras las rejas, criminalizadas y que resisten desde las huellas imborrables de una historia y de una construcción irreversible; las huellas de la justicia social, la soberanía política, la independencia económica, el luche y vuelve, las de los 30.000 compañeros detenidos desaparecidos, las de memoria, verdad y justicia, las de los lápices que seguirán escribiendo, las de la patria es el otro, que nos muestran las pinceladas de vida de esas historias que pretendieron dejar truncas y que se perpetuarán con palabras y voces infinitas hasta el fin de los tiempos.

Alicia Eguren

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