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Existe la generalizada práctica,  entre numerosas personas, de realizar  “balances” de fin de año. En esa definición o idea de escrutinio anual va implícita la propuesta sobre el tiempo o un tipo de lo temporal: el tiempo como dimensión irreversible, lineal y universal. Sin embargo esta hipótesis requiere la validación del argumento.  No existe consenso generalizado respecto al paso del tiempo. Algunos sostienen una temporalidad circular que se actualiza en cada circunstancia remitiendo a un eterno transcurrir de los mismos actores bajo diferentes formas. En otras regiones se postula la misteriosa persistencia de objetos, instituciones y comportamientos que permiten hacer una reserva respecto de la sensación de un transcurrir irreversible.

El balance, algo que técnicamente muchos ignoramos, en una primera aproximación, supone el ejercicio de técnicas comerciales sobre lo que ha ocurrido en las vidas de las personas. Aparentemente la técnica consiste en la sumatoria de infamias y miserias versus actos loables y positivos. Lo que nunca ha quedado suficientemente claro es qué se hace con el resultado. ¿Si la solución es abrumadoramente negativa, los portadores de ese saldo son condenados a la desdicha y a la infelicidad? No parece ser esta la situación para la mayoría de quienes abordan matemáticamente la cuestión. La detenida observación de quienes practican estos exámenes parece indicar que los  juicios son excesivamente laudatorios. Una vez contabilizados nuestros hechos significativos (imputados en el conjunto de valores positivos) y sustraídos aquellos que entendemos son eventos negativos o neutros, el resultado invariablemente se inhuma con los últimos segundos del año que termina para declarar el imperio de la felicidad con el inicio de la nueva unidad de tiempo humano. Parece claro que existe una abrumadora desproporción en la distribución de la felicidad. La historia del mundo se empeña en demostrarnos que no hay relación entre actos justos y la proporción de felicidad que cada uno recibe. Colocados en ese punto merece sustento la pregunta sobre qué es la felicidad, y si tal como Hegel lo indicara en la frase “son las páginas vacías de la historia” posee algún atisbo de credibilidad un juicio tan lapidario.

En ese ejercicio rutinario, religioso afirmaría yo, se encomienda el destino de las acciones futuras como si realmente algo mágico, misterioso e insondable, trazara el camino de los hechos  humanos. El destino, ese horizonte de significaciones que intentamos leer en los actos irrelevantes y vanos, se erige como un tótem magnífico donde intentamos torcer el rumbo al que nos lleva sin dirección la confusión de la vida.

Extraña la materialidad del tiempo y los numerosos intentos por medirlo y sobre todo nombrar los meses que componen el año que transitamos los humanos. Tal vez sorprenda la ausencia de consenso sobre la forma de medir el tiempo, y cómo el calendario, tal vez el más sencillo y rudimentario recurso con que medimos el paso del tiempo, reflejó cismas, cataclismos y revoluciones sociales. No debería llamar a engaño la aparente universalidad del calendario gregoriano. Esta organización del tiempo tuvo su origen a partir del 24 de febrero del año 1582 por el entonces Papa Gregorio XIII por intermedio de la bula papal Inter Gravissima que reformaba el calendario Juliano, dictado por Julio César en el año 46 a.c ,por ser impreciso.

 La primera gran impugnación del calendario gregoriano llegó con la Revolución Francesa de 1789. La devastadora radicalidad de la revolución burguesa permitió sustituir, transitoriamente,  el calendario papal por otro que no tuviera connotaciones religiosas ni imperiales. El llamado calendario republicano francés dividió el año en estaciones, y cada estación con su respectiva característica, a su vez los meses estaban compuestos por tres semanas de diez días cada una e indicaba las características cambiantes del clima en esa estación. El 18 Brumario de Luis Bonaparte redactado por Karl Marx retomaba el calendario revolucionario que señalaba el período brumoso del 22 de octubre al 20 de noviembre correspondiente al otoño revolucionario francés.

La segunda objeción tuvo también origen partisano. El calendario revolucionario soviético se utilizó desde 1929 hasta 1940 con el objeto de mejorar la producción y eliminar los feriados que consagraba la iglesia ortodoxa rusa. La curiosidad es que fue el gobierno de Lenin quien introdujo el calendario gregoriano, como en el resto de Europa, en reemplazo del juliano. El nuevo calendario soviético no pudo resolver los problemas productivos y mucho menos pudo convencer a la población de renunciar al descanso dominical. Finalmente se volvió al calendario gregoriano con la semana de siete días tal como Lenin lo había establecido.

Tampoco hay acuerdo entre el calendario musulmán y el hebreo. Cada uno con sus características calculan los meses y los años con algoritmos propios y sitúan sus respectivos orígenes en eventos religiosos que superan los alcances de esta breve nota. Para sumar aún mayor desconcierto podemos adicionar el calendario chino, el hindú y hasta el maya. En todos los casos la medición del tiempo es astronómica y se basa en la observación de la rotación lunar (musulmán) y lunisolar (hebreo, gregoriano y chino).

Que la medición del tiempo terrestre esté asociada a la observación de los astros no solo connota el enorme significado que el cielo tiene para la humanidad. El cielo contiene es depositario de los secretos del origen del tiempo y también es la sede de todas las cosmogonías.  En todos los casos la medición del tiempo no deja de ser una construcción social, una convención y por lo tanto profundamente humana. El dedicado empeño en anclar  el devenir de la humanidad a alguna certidumbre tampoco ha evitado que el tiempo sea tomado como lo que realmente es: una tranquilizadora ficción.  La conocida aseveración de Eric Hobsbawm sobre el siglo XX al que llama “siglo corto” es mucho más precisa y significativa que el señalado por el calendario. Hobsbawm que tomó dos hechos dramáticos para señalar el inicio y fin del siglo XX con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 y la caída del Muro de Berlín en 1989 como eventos que marcan sin ambigüedades el tiempo real humano, ha observado con mucho más precisión la inmensa significación que tuvo para la humanidad los hechos históricos por él señalados. Tampoco puede sorprender que el siglo XXI no se haya iniciado como lo indicaba la organización papal del tiempo, sino el 11 de septiembre 2001 cuando los aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas del World Trade Center en el corazón de Manhattan abriendo un nuevo ciclo bélico de Occidente contra Oriente y la consecuente extensión a Europa de una guerra de proporciones mundiales.

La laboriosa atención que los astrónomos han dedicado a ajustar el tiempo terrestre ha permitido que el otro tiempo, el que transcurre para los mortales que no dejan de mirar las estrellas, adquiera rasgos menos celestiales y beatíficos. Para la Argentina contemporánea el siglo XXI comenzó con las ardientes jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, dejando para los investigadores sociales el relevamiento de los hechos significativos que precedieron a esos trágicos días. No hay dudas de que los ciclos históricos en forma arbitraria y deliberada siguen una lógica que ningún almanaque puede predecir.

Un poco menos impredecible y más estudiado fue el alzamiento guerrillero del Ejército Zapatista de Liberación Nacional que decidió abandonar la clandestinidad el 1° de enero de 1994 cuando entró en vigencia el Tratado de Libre Comercio firmado por México, EE.UU y Canadá como respuesta a la globalización. Que el 1° de enero de 1959 sea la fecha de inicio de la Revolución Cubana demuestra la tenacidad en la insistencia del tiempo por confirmar a Werner Heinsenberg y el Principio de Incertidumbre respecto a su comportamiento, pero bajo ningún punto de vista puede afirmarse que sea un hecho inesperado que uno de los movimientos revolucionarios mejor organizados y ejecutados de la historia del planeta hayan alcanzado el poder en coincidencia con el inicio del año, un privilegio que la historia rara vez concede.

Solo para aportar más datos empíricos y terminar de señalar al almanaque eurocéntrico su carácter vano e ilusorio podemos mencionar que el año 2016 en nuestro partido Vicente López, el año político, de eso hablamos todo el tiempo, tampoco coincidió con el fin y el inicio proclamado por la bula papal de Gregorio XIII. Nuestro año político comenzó con el violento desalojo del Centro de Artes Batalla Cultural en la madrugada del 13 de diciembre de 2015 perpetrada por la legión gorila de la Comisaría de Olivos y finalizó con el intento de asesinato de militantes de la Néstor Kirchner de Vicente López por efectivos de la policía local de Jorge Macri, una subespecie también perteneciente al género primate,  el domingo 20 de noviembre de 2016. En el incidente uno de los jóvenes fue gravemente herido y solo por casualidad el hecho no se convirtió en una masacre. Que la violencia se convierta en una constante en el tiempo parece darle la razón a Marx cuando la definió como  partera de la historia, sin embargo es necesario apelar a otras fortalezas para evitar esos rumbos. El Tiempo también puede ser pensado no como una degradación de la eternidad como lo sostiene Emmanuel Lévinas[1], sino como trascendencia hacia lo infinitamente otro. Romper con el ensimismamiento que lleva ineluctablemente a la muerte para iniciar el camino hacia ese otro que nos demanda una responsabilidad fundante del tiempo. Para Lévinas y para quienes sostuvimos durante doce años La Patria es el Otro, el tiempo no surge en forma individual sino en el encuentro con otros y en ese acto insertar el futuro en nuestro presente. Esta extraordinaria afirmación rompe con la concepción del tiempo para proponer al tiempo como fundación de un entre nosotros. Algo colosalmente diferente al mero transcurrir que nos propone el almanaque gregoriano.

Atilio López

 

Referencias

[1] Totalidad e Infinito.

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