Estoy dispuesto. Y están en tensión todas las facultades de mi cuerpo para cumplir esta terrible empresa. Vamos ya, y engañemos a la gente mostrando las mejores apariencias. Que a un rostro falso ocultar cabe aquello que un corazón falso sabe.

Macbeth (Acto I, Escena séptima)

brujas

Macbeth accede al reino por traición y asesinato para convertirse en un brutal tirano que masacra impiadosamente a todos aquellos que supone conspiran contra su reinado. Quienes ordenan las escenas y dan sentido al drama son tres mujeres presentadas como las Brujas que relatan el futuro en medio de una batalla a Macbeth. La aparición y las profecías empujan a Macbeth a la codicia y ambición asesinando al soberano que juró defender.

Antes que drama teatral Macbeth es una aguda reflexión sobre el poder en el amanecer del capitalismo y la modernidad. Que la traición y el asesinato sean los fundantes del nuevo régimen no ocultan lo esencial de la significación que toma para Macbeth las parciales profecías de las cuales son portadoras seres sobrenaturales. En esa lectura sesgada y resignificada bajo las coordenadas de la codicia reside el drama de Macbeth o de la Modernidad.

Seres sobrenaturales han profetizado que Macbeth será rey y su amigo Banquo padre de reyes aunque no rey. Las profecías han colocado al alcance de la ambiciosa mano de Macbeth la llegada al reino de Escocia pero en él se detendrá la sucesión.

El poder y el control de la sucesión son los temas centrales de la política. Aunque no sea completamente el sentido de la política como lo postula Hannah Arendt[1]. El acceso o su posibilidad siempre se abren como un universo de opciones por donde transita el ejercicio del poder. En términos modernos la elaboración de una propuesta política que luego no será cumplida no dista demasiado de la promesa de Macbeth al jurar lealtad y obediencia a su rey para luego asesinarlo en el sueño y culpar a los guardias del asesinato.

Como se ve apelar a la imputación de inocentes para desviar la atención es un recurso universal y eterno tanto como recurrir a la violencia y a la traición[2] para acceder al trono del monarca. Sin embargo lo que deja en claro la obra es que pese a la posibilidad de la predicción del futuro, deslizando la idea de un tiempo lineal y universal, es que también aloja la idea de la contingencia, lo impredecible, que es la naturaleza misma del poder.

Que Macbeth haya intuido la posibilidad de ser rey no significa que permanezca eternamente en esa condición aunque apele a la tiranía más feroz. Aunque persiga y asesine a su amigo Banquo, señalado como padre de reyes o queme familias enteras, nada garantiza que él o su estirpe sobreviva. Pues en el desenfreno por la permanencia, Macbeth construye las condiciones que harán posible la abolición de su reinado. Esta es la clave. En la llegada y acceso al poder nada es necesario aunque muchos confundan la posesión de los atributos del poder como la fundación de un nuevo orden político eterno y universal. La historia ha derribado una y otra vez este mito.

También es claro que en la obnubilación del acceso a la distinción y el honor se imponen las condiciones más subjetivas aunque los duros datos de la realidad se empeñen en desmentirlo. Hoy conocemos esa categoría como posverdad algo en lo que las personas creen como verdaderas por el solo hecho de que compartan las afirmaciones allí hechas. No son los datos duros de la realidad lo que otorga estatuto de verdad sino aquello que creo que puede ocurrir solo porque lo deseo.

Macbeth, y en él la figura de los portadores del poder, confunden sus deseos con las condiciones objetivas que le impone la realidad. Pero esos deseos son construidos, sugeridos por seres sobrenaturales con capacidad de predecir el futuro. Seres que luego se desvanecen en el aire con una notable capacidad para influir en la lectura de la realidad. Las brujas de Macbeth conocen la naturaleza del poder, su labilidad y su inmensa crueldad. La trampa que preparan permite emboscar a quienes creen en el poder como eterno cuando se accede para verificar lo frágil que es aun cuando se lo posea.

La Modernidad y su aparente sucesión la Posmodernidad conservan rasgos de sus primitivos inicios sobre todo en  la lógica del poder, la lucha por acceder a él y su carácter esencialmente violento, que no parecen ser relevados en nuestra contemporaneidad. Si las mentiras o posverdades, como gusta llamar ahora a las infamantes acusaciones lanzadas contra cualquier persona o institución, pueden ser creídas no es solo porque aloja algún rasgo de verdad sino, sobre todo, porque quienes las aceptan desean fervorosamente que así sea.

Que la verdad esté en el corazón de la discusión sobre lo político no deja de sorprender. Sin embargo existen evidencias de su degradación en tanto horizonte racional. No es nuevo, ni se dejará de utilizar en sociedades crecientemente comunicadas y desinformadas. Si el acceso a la información está cada vez más mediatizado y comercializado, es lógico que la comunicación sea con creciente frecuencia fragmentada y consumida en formatos ascendentemente ligeros que algunos llaman Mc Comunicación. Comunicación rápida, fácilmente digerible y cada vez más micro dirigida a pequeños sectores de la población. La verdad o lo que se postula como ella es presentada como un menú de opciones ligero y altamente estetizado para el consumo. No es vano afirmar que según el segmento de población al que se dirige la comunicación será el tipo de producto comunicacional que se intenta instalar. Más allá de su poder explicativo o de la verdad que porte lo importante es el público al que está dirigido.

Así es posible recorrer el universo del sentido común espontáneo que refuerza el control sobre esos sectores creyendo o sosteniendo ideas, incluso información que conspira contra sus propios intereses. De esta forma se puede escuchar que algunos trabajadores, que antes llamábamos de cuello blanco (White collar), que el problema de la falta de trabajo son las excesivas regulaciones que se le imponen a las patronales. Por lo tanto hay que terminar con los límites a las jornadas laborales, con las indemnizaciones que gravosamente imponen a los empresarios para que eviten despedir en forma arbitraria.

El poder no se fragmenta. Sí se puede fragmentar la resistencia. Pero como en las brujas de Macbeth la confusión no alcanza para sostener indefinidamente a nadie en el poder. Las modernas brujas adoptan formas mucho más sofisticadas y apelan a lugares comunes para sostener al soberano. En esa construcción de un escenario inexistente pero lo suficientemente difundido como para que adquiera apariencia de veracidad residen las principales técnicas de desestabilización. Que tampoco son nuevas sino que han adquirido otras formas. El problema es que crean que los escenarios donde reinan las posverdades pueden operar en un solo sentido. Si no se puede anclar a las condiciones de objetividad concreta, que puedan ser creídas o no, depende de formas mucho más lábiles y ligeras. La estetización de estos sofisticados contenidos de infundir apariencias de verdad a la comunicación actual forma parte de las técnicas de acceso al poder y si bien la verdad nunca representó un valor absoluto, su relatividad siempre estuvo al servicio del poder. Mucho más en contextos de creciente desafección de lo público es decir de la política.

En una pregunta interesante y de una enorme vigencia Hannah Arendt se preguntaba por el sentido de la política. Las experiencias totalitarias europeas habían puesto en cuestión aquello que para Arendt había desaparecido con las guerras: la política. Para Arendt el sentido de la política es la libertad. En esta sencilla afirmación tal vez resida gran parte de la desafección por la política que muchos ciudadanos experimentan. Si el sentido de la política es la libertad acrecentar los niveles de la libertad en todos los órdenes aloja la curiosa paradoja que coloca a la política en vías de extinción o desaparición. Es decir aquello que debe velar y cuidar la libertad se termina extinguiendo y abre las puertas para que se instalen las  condiciones  de posibilidad para que ambas desaparezcan porque sin política tampoco hay libertad. Solo hay orden natural, jerarquías sociales y un mundo premoderno. Es decir retrocedemos a un orden feudal.

La historia ha demostrado en forma patibularia que los órdenes políticos cambian a pesar de las sofisticadas técnicas de dominación que se puedan utilizar y los reyes como Macbeth sucumben aun creyendo que su destino de soberanía sea eterno. Solo las brujas sobreviven luego de su conjuro pero para que eso ocurra hay que creer en ellas.

 

Atilio López

 

Referencias

[1] Arendt, H. (2005). ¿Qué es la política?  Buenos Aires: Editorial Paidós

[2] En 1513 Nicolás Maquiavelo escribía en El Príncipe la separación de la moral de la política. La adquisición del poder y como conservarlo es objeto de su profunda reflexión. Entre las formas descriptas de adquisición de principados se encuentra la traición y la violencia. En ella refiere que son recursos para llegar al dominio más nunca para acceder a la gloria (Maquiavelo, 1995: 67)

Anuncios