“Para ver la pobreza y la miseria no basta con asomarse y mirarla.  La pobreza y la miseria no se dejan ver así tan fácilmente en toda la magnitud de su dolor porque aún en la más triste necesidad el hombre y más todavía la mujer saben ingeniárselas para disimular un poco al menos, su propio espectáculo”  Eva Perón (La razón de mi vida)

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Pero la marginalidad y la pobreza, están al lado nuestro, conviven con nosotros, sin que la mayoría de las veces podamos verla, o no queramos verla, o no nos importe verla. Esos pobres se vuelven tan invisibles como los que viven y duermen en la calle.

Los cinturones de barrios de emergencia habitan la mismísima ciudad de Buenos Aires, la más rica del país. En el Gran Buenos Aires no hace falta recorrer mucho para encontrar “Villas Miseria” por todos lados.

Esos habitantes que llegaron al lugar por distintas circunstancias de la vida, levantaron allí sus hogares;  pobres, pero de trabajadores. Tuvieron a sus hijos, los criaron allí a fuerza de hacer esas tareas que nadie elige, dado que por ser “negros de la villa”, se transforman en “portadores de cara”, “portadores de domicilio”;  en “peligrosos por las dudas”; en “roban para no trabajar”…como dice la canción.  Pero  con fuerza y trabajo intentaron darles a sus hijos un camino hacia la libertad. La mayoría de los padres manda a sus hijos al colegio para que se eduquen, para que les toque otra suerte que la de ellos.

Pero los noventa llegaron a la Argentina toda. La dictadura había arrasado con los mejores cuadros políticos que intentaban volver con un gobierno para el pueblo, igualitario y socialmente justo.

El engaño y la traición arribaron con el “peronismo” de Carlos Saúl Menem, después que frustraron desde los poderes económicos opositores, al gobierno de Raúl Alfonsín.

…y entonces la vida cotidiana de los pobres, se hizo más pobre.  Las escuelas se convirtieron en lugares donde los niños asistían, básicamente, para poder comer tan siquiera una vez al día. Nada de educar para la libertad. Se convirtió en un trabajo asistencialista el del maestro.

Las familias pobres fueron perdiendo sus trabajos, lentamente pero de manera progresiva, también sus changas.  Muchos padres jóvenes, frustrados, amargados, sin salida, se dieron a la bebida, otros al robo, otros a negocios ilegales. Sus mejores contratistas eran policías, que empezaron a armar sus propias pandillas. En la “Villa” tenían mano de obra barata disponible y refugio.

Cuando el “negocio” del robo, secuestros y venta de droga creció y fueron necesitando más manos para la tarea, buscaron a los más jóvenes. De doce en adelante ya había trabajo para ellos. Las chicas también hicieron su “carrera delictiva”, o fueron empleadas en la prostitución.

La “Villa” dejó de ser la de antes, que eran barrios obreros que no querían mostrar su miseria y su dolor, como decía Evita.

Había bronca, violencia contenida por la imposibilidad de vislumbrar ningún futuro. Habían aprendido que no les pertenecían las sobras. Querían zapatillas de marca y ropa buena. Vestir bien, oler bien, comprar cosas importantes para sus mujeres e hijos. Habían aprendido mal. Estaban siguiendo el camino hacia la propia destrucción, pero al que los había empujado un sistema cruel. Un imperio que estaba sometiendo a todos los países de Latinoamérica y estaba abusando de todos sus marginados.

El neoliberalismo impulsado por Menem dejó a la patria sembrada de jóvenes que eran la tercera generación de hijos con padres y abuelos sin trabajo.

Sí, se incrementó el delito: muchos secuestros, muchos robos grandes y pequeños, arrebatos, asaltos a domicilios, muchachos saltando armados delante de vehículos para robarlos, violencia más violencia.

Pero ni siquiera estos delincuentes manejaron la “caja” de estos negocios.  También allí tuvieron patrones, que desde escalas más altas de poder, dirigían todo ese vandalismo desatado, ese crimen organizado, con el aval de policías, comisarios, funcionarios, jueces de la justicia. La droga fue seguramente el mejor negocio para ellos. Los marginados fueron los primeros en caer en este suplicio, el de la droga. Cualquier cosa se puede llegar a hacer por una dosis cuando al adicto le está faltando.

El delito entonces, pasó a ser diferente también. Llevó a los vecinos a decir que “estos chorros de hoy día matan por matar, no tienen códigos”. ¡Claro que no! ¡Qué códigos! No pudieron aprender nada; fue como si salidos de la cuna, hubieran sido desperdigados por todos lados con un cartel clavado en la frente: arréglate solo.

A esto se le llama supervivencia, no vida. La familia no pudo o no supo estar; la escuela sólo les dio de comer y un vaso de mate cocido, con el amor de algún maestro tan sufriente como ellos.

La sociedad los abandonó a  su suerte, se alejó, los separó, los discriminó. ¿Por miedo?  ¿Por indiferencia?  ¿Por individualismo? El Estado, que era el que debía ocuparse del más vulnerable, fue el gran ausente.

Docente villera

Esta nota forma parte de Comunidad Cabecitas

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