Escena: Viaje en taxi en Ciudad Autónoma de Buenos Aires (febrero de 2017). Un joven de unos treinta años de edad con un niño en brazos aprovecha la detención de los autos en el semáforo para pedirles una ayuda en dinero. Unos metros más allá la mamá con otro niño más grande en la vereda junto a un carrito de bebes lleno de bultos observa la situación. El conductor del taxi habla y dice “a mí me daría vergüenza hacer eso (pedir dinero) delante de mis hijos”. Pienso y pregunto “¿por qué cree que ese señor no tiene vergüenza?” Al no encontrar eco en el fallo condenatorio el conductor no responde y solo me mira fugazmente por el espejo retrovisor para volver al ensimismamiento y silencio que caracterizó todo el viaje.

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Esta pequeña escena podría trasladarse a infinitos momentos que tiene como protagonistas a sujetos reclamando por alguna ayuda y ese gesto de incomodidad o desprecio que domina a otras personas frente al abordaje de un otro radical y absolutamente Otro que las interpela. La pregunta que me hago es ¿en qué momento se construyó esa sensación de incómodo malestar y pudor frente a quienes en su situación de indigencia o pobreza nos reclama algo? ¿En qué trama social y económica los individuos comenzaron a introyectar esas pautas de comportamiento que les permiten sancionar a los damnificados y no a los responsables de esa situación que gozan de una auténtica impunidad social? ¿Cómo se transforma el malestar generado por “los pobres” en criminalización?

La mutación del término pobre en indigente es un producto contemporáneo y no aplicable a la Inglaterra de 1536, donde pobre era toda persona que no tuviera un ingreso suficiente para mantenerla en el ocio (Polanyi, 2006: 139). Por lo tanto el término “pobre” se aplicaba a todas las personas necesitadas, y a todas aquellas que tuvieran una necesidad. El término era equivalente a “gente común” que por supuesto incluía a los indigentes pero no eran solo estos. En el amanecer del capitalismo la necesidad de una oferta nacional de mano de obra requería de nuevas instituciones. El capitalismo llegó sin anunciarse y el incremento del comercio exterior mundial redundó en un aumento del pauperismo rural. En 1850 no era tan clara la conexión de un sistema económico y el aumento del número de pobres.

En Argentina la enorme movilidad social que provocaron las luchas revolucionarias del siglo XIX dislocó el orden social imperante. Esa movilidad de los sectores populares luego cedió en intensidad hasta ser contenida a medida que se imponía el nuevo orden político y el Estado nacional avanzaba en subordinar a los sectores más díscolos. De la lucha revolucionaria y el faccionalismo que dominó al país por el enfrentamiento entre unitarios y federales, la prioridad pasó a ser la construcción del mercado laboral. En ese sentido la coerción fue en aumento. La elaboración de diferentes reglamentos de justicia y policía fue progresando con el objetivo de combatir actividades que no fueran estrictamente laborales o que no observaran el patrón de comportamiento que las elites políticas consideraban pertinentes. Un buen ejemplo lo proporciona Córdoba que entre 1856 y 1859 sancionó leyes contra el abigeato (robo o hurto de ganado), contra la embriaguez y otra que castigaba la vagancia.

La guerra civil que dominó el siglo XIX entre la segunda década del siglo hasta su fin con la consolidación del orden liberal librecambista, había dejado profundas marcas en la sociedad. El nuevo orden político liberal impuso la retaliación sobre sus odiados y vencidos enemigos, pero aún más sobre la base social que combatió para los antiguos jefes federales. La sospecha que acompañó a los sectores populares era agitada, y fortalecida, por las corrientes positivistas y filosóficas que llegaban de Europa en la consolidación del capitalismo industrial. Muchas de esas líneas de pensamiento buscaban naturalizar las diferencias sociales que el capitalismo agigantaba. Una notable cantidad de ideas intentaban explicar el nuevo orden social a partir de teorías de las ciencias naturales. El caso más difundido, y tergiversado, fue El Origen de las Especies de Charles Darwin que estableció mecanismos de selección natural y la frase de Herbert Spencer que luego de leer el libro de Darwin resumió como “sobrevivencia del más apto” trasladando la definición de la teoría de la evolución al ámbito social económico. En el centro de estos debates estaba presente el temor hacia el Otro, el diferente, el colonizado o directamente sobre las clases populares. Era necesario explicar las diferencias sociales que hacían de la burguesía o la aristocracia sectores opulentos y una inmensa mayoría de personas pobres e indigentes. La sociobiología colocó esta diferenciación en la teórica (y delirante) afirmación sobre la supremacía racial. Semejante concepción se vería visualizada en el siglo siguiente con el desarrollo de la eugenesia y el genocidio.

En su obra Las Bases Juan Bautista Alberdi la denigración de las masas, como diría Ernesto Laclau, expresaba el profundo temor de una clase que se ve amenazada por los cambios sociales. Las dislocaciones provocadas por un nuevo orden social conducían a las teorías funcionales sobre la sociedad y la anomia como expresión resultante del cataclismo social europeo que desató la Era de las Revoluciones en 1848.

Gobernar es poblar en el sentido que poblar es educar, mejorar, civilizar, enriquecer y engrandecer espontánea y rápidamente, como ha sucedido en los Estados Unidos. Mas para civilizar por medio de la población es preciso hacerlo con poblaciones civilizadas; para educar a nuestra América en la libertad y en la industria es preciso poblarla con poblaciones de la Europa más adelantada en libertad y en industria, como sucede en los Estados Unidos. Gobernar es poblar, pero sin echar en olvido que poblar puede ser apestar, embrutecer, esclavizar, según que la población trasplantada o inmigrada, en vez de ser civilizada, sea atrasada, pobre, corrompida.

Miguel Cané confirmará los temores de Alberdi al percibir la llegada de los migrantes no previstos por el autor de Las Bases y señalar a “una masa adventicia salida en su inmensa mayoría de aldeas incultas o de serranías salvajes” Cané, autor de la Ley de Residencia que permitía expulsar del país a todo extranjero “[…] cuya conducta pueda comprometer la seguridad nacional, turbar el orden público o la tranquilidad social (sic)” era partidario de la integración nacional en su principal dimensión: la cultural.

Los términos “marea” o “invasión” están presentes en estas descripciones de las clases populares. El carácter “aluvional” de la migración extranjera o nativa estará siempre presente para expresar el temor de los sectores aristocráticos. La desmesura de Cané no formaba parte de una opinión aislada o extrema sino el sentido común de la época. En Europa las cosas no eran mejores pues el advenimiento de las democracias de masas preocupaba a todos por igual en forma de un agudo y profundo terror que emergía bajo formas racistas, xenófobas o heterófobas. Uno de los autores preferidos de Cané y su círculo era Hippolyte Taine quien en Les origines de la France contemporaine afirmaba que “dos millones de ignorancias no constituyen un saber” y Cané afirmará que “nadie me podrá quitar de la cabeza que es una inspiración de insano dar derechos electorales a los negros de Dakar o a ciertos blancos del otro lado del agua”.

Esta extensa serie de citas sobre el pensamiento de la elite argentina respecto del Otro intenta demostrar el orden hegemónico vigente entre finales del siglo XIX y el siglo XX, donde gran parte de este ideario seguía vigente, alimentando temores y construyendo patrones de comportamiento social. El pudor, la vergüenza y el marco normativo del comportamiento es obra de generaciones de ideas sedimentadas como capas geológicas que van construyendo los sentidos comunes de lo social orientando a los individuos en sus clasificaciones. También expresan los temores de las clases dirigentes que hegemonizan las opiniones.

Que ese sentido, la vergüenza, se constituya en una inadecuación, pudor u hostilidad está relacionado con la construcción de lo social bajo formas individuales insolidarias o en su extremo opuesto con la inscripción de sentimientos piadosos y de bondad que permitan conmover a los sujetos de la situación desfavorable de otros. El sentimiento de vergüenza de algunos sectores se inscribe en formas exacerbadas de la competencia individualista y en la renuncia a la responsabilidad que tenemos frente a los Otros. La invisibilización de los atributos del honor, o la vergüenza, a los sectores empobrecidos que deciden realizar las tareas más penosas para sobrevivir, habla de la profunda ruptura humanitaria que el liberalismo primero y su variante más agresiva contemporánea produce en los sujetos. Esa forma degradada e inhóspita es la verdadera miseria del mundo, la que habita en seres que intentan abolir completamente el sentido de lo humano.

Retomando nuestra observación inicial la vergüenza se organiza como escena en la relación con el otro a partir de la mirada. Es una escena que compromete al que mira y ya sea desde el desprecio, la angustia, la incomodidad o el rechazo el sujeto se identifica con el otro, la “vergüenza ajena” da cuenta de eso. Hacer un pasaje del rechazo, del desprecio, a la incomodidad, abre una hiancia, formula una pregunta, de la que el silencio da testimonio.

Es un intento de responsabilizar al otro como sujeto político e implica convocarlo a tomar una posición. Desnaturalizar los sentidos ya dados, e intentar quebrar ciertas certezas es también un hecho político y representa un acto de responsabilidad propio y una convocatoria a la responsabilidad del otro en una pretensión de quebrar las inercias sociales que cristalizan lugares y espacios de dominación. La gigantesca tarea política es esa quebrar las antiguas certezas, romper el sentido común que coloca a la pobreza como una elección hecha por sujetos que voluntariamente deciden vivir al margen de la sociedad. La pobreza nunca fue, ni es, ni será una elección. Tampoco es un destino ineluctable. La pobreza es el producto de decisiones profundamente políticas que intentan presentarse como por fuera de ese ámbito. La “vergüenza ajena” que algunos sectores exhiben solo es el producto de ese sentido común que es necesario disolver para restituir eso que el neoliberalismo cercena a los sujetos: la condición humana.

Equipo Cabecitas

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