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El carácter plebiscitario de la movilización de los trabajadores argentinos convocados por todas las centrales en el día de hoy no dejó lugar a dudas: el más amplio repudio y rechazo a las políticas de la Alianza Cambiemos. Un gigantesco arco de sindicatos, organizaciones sociales y fuerzas políticas confluyeron sobre el centro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires otorgando la masividad y contundencia necesaria para que un evento de estas características se vuelva inocultable.

El número de asistentes dio continuidad a la exitosa movilización docente y desbordó largamente el espacio pensado para el encuentro otorgando el carácter contencioso que caracteriza los ciclos de acción colectiva en la Argentina. La confluencia de numerosos sindicatos industriales y de servicios con diferentes tradiciones gremiales describe un momento particular del gremialismo argentino. El relevo de la antigua conducción en un triunvirato que pueda alojar y contener las tensiones al interior de las organizaciones sindicales, no deja de ser un arreglo precario frente a la magnitud de los desafíos y demandas de los representados. Esas tensiones son las que hoy estallaron y marcan un sensible cambio de humor de los trabajadores que observan con preocupación la excesiva y monótona prudencia de los líderes sindicales. Hay que dejar en claro que el faccionalismo y las luchas internas no son patrimonio exclusivo de las organizaciones gremiales. Solo hay que recordar las asambleas universitarias, de clubes y partidos políticos, para darse cuenta que los encuentros de los trabajadores, en momentos cruciales como estos no son precisamente torneos de esgrima. Solo alguna clase de periodismo especializado en la cobertura de disputas en la farándula pueden horrorizarse por la excesiva energía puesta por los trabajadores cuando la industria, mayoritaria fuente de empleos, está siendo arrasada por la apertura importadora y los elevados costos del gas y la electricidad.

El gremialismo argentino, uno de los más poderosos y experimentados de Latinoamérica, posee una larga historia de separaciones, reunificaciones y relevos. Las más traumáticas, no caben dudas, correspondió al alejamiento de una parte de los gremios estatales para organizar la CTA frente a la inacción de los sindicatos llamados “gordos” en la década neoliberal menemista. Sin embargo el encuadramiento de los diferentes niveles de organización gremial han hecho de los sindicatos el blanco preferido de los ataques del periodismo sicario. La representación de los sindicatos en los lugares de trabajo por parte de delegados y comisiones internas es la verdadera causa del malestar empresario que no tolera la representación gremial y sueña con su volatilización como pasó con la dictadura genocida cuando miles de delegados y comisiones internas fueron encarcelados, torturados y desaparecidos.

La bisagra histórica refiere la inédita y masiva movilización que empujó (literalmente) a sus conducciones para que abandonen el ya clásico “pegar para negociar” que caracterizó a la vieja guardia sindical y decida rápidamente un plan de lucha para detener el destructivo plan económico que utiliza la dogmatica y ortodoxa doctrina monetarista de eliminar empleos como forma de disciplinamiento social y regulación económica.

El escenario de hoy fue el de un cambio de tácticas y estrategias sobre la marcha. No hubo improvisación sino un agudo sentido de la sobrevivencia en el marco de la profundización de los conflictos en la disputa por la redistribución del ingreso. No ha pasado desapercibido la aspereza con que los trabajadores trataron a sus dirigentes exigiendo fecha para un paro nacional. Las imágenes han sido elocuentes en ese sentido. Pese al coro de los periodistas que exclaman horrorizados una vuelta al matonaje de los sindicatos que dirimen su conflicto a cadenazos y tiros (algo que no ocurrió), lo que hoy se pudo advertir es algo mucho más profundo y complejo: la emergencia explosiva de las demandas de los trabajadores en un contexto claramente recesivo e inflacionario de destrucción del empleo.

Que esa articulación compleja de demandas haya deflagrado en la cara de los dirigentes habla del abismo de la crisis, algo que no parece ser advertido ni por los vapuleados representantes sindicales, que tienen la responsabilidad de fijar claramente su posición ni por los miembros de la alianza del gobierno tan lacerados como los miembros de la CGT.

En este nuevo de ciclo de movilizaciones que ha deparado marzo el paro internacional de mujeres dará claramente continuidad a la movilización de hoy. La cantidad de mujeres y delegadas movilizadas presentan con claridad el marco de un cambio clima político donde no se pueden seguir postergando ni excluyendo demandas. Con un plan económico que hunde a la población en la zozobra y la incertidumbre se exacerba la violencia contra las mujeres, en una enorme proporción jefas de hogar. En este contexto de violencia material y simbólica que parece ofrecer libertades para las conductas más degradantes de la condición humana, naturalizando la misoginia y alentando la violencia, no es casual que se incremente el número de muertes de mujeres.

La hostilidad y decepción percibida en estos días marcan un profundo cambio de rumbo. Solo basta recordar la virulencia de los paros y piquetes protagonizados por muchos dirigentes que se pintaban la cara por los descuentos en ganancias frente al gobierno anterior, y que hoy debieron abandonar el lugar de la concentración vituperados por sus representados, para mensurar el daño hecho por el actual gobierno. El 24 de marzo, a 41 años del golpe de estado genocida, será una nueva oportunidad para volver a las calles y plazas del país con el mismo ánimo con que se iniciaron estas movilizaciones: derrotar el plan de hambre y ajuste de los mismos inspiradores y beneficiarios del golpe de Estado de 1976.

Atilio López

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