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En pleno 2017, una mirada sobre la situación de la mujer muestra un mundo abrumadoramente desigual, un planeta que ubica a la mitad de sus habitantes en un lugar de mayor vulnerabilidad por los efectos de una construcción histórico política que localizó lugares de exclusión bien definidos en el que la mujer quedó en la peor posición. A pesar de este efecto de inercia social alrededor de la figura de la mujer, un entramado inédito parece articularse y nuevos sentidos parecen comenzar a producirse, como si el advenimiento de la mujer como un nuevo sujeto histórico estuviese en ciernes, y se estuviese quebrando la estructura simbólica milenaria de asignación de roles definido por la lógica de dominación masculina.

Por primera vez las mujeres argentinas se organizan, salen a las calles y encabezan las columnas desde una convocatoria que condensa dos roles y las representa desde un doble lugar: la de mujeres y la de trabajadoras. Más de 60 ciudades del país se unen a la medida; el Paro Internacional de Mujeres, que las ubica como protagonistas de esta lucha, surgió como movimiento de bases gestado por mujeres de más de 40 países.

El 8 de marzo nace como Día Internacional de la Mujer entroncado con los reclamos de las trabajadoras textiles de los EEUU en pos de revertir las terribles condiciones de trabajo en las que se encontraban. Hoy se retoma y resignifica la esencia de esa valiente lucha al destacarse nuevamente esa doble dimensión de mujer y trabajadora. Los marcadores laborales muestran el reflejo de un tratamiento desfavorable en lo que hace al respeto por los derechos cuando de las mujeres se trata. Se reproduce una estructura discriminatoria donde se juega una doble condición de exclusión. Las mujeres cobran en general un salario 27% más bajo que los hombres por la misma tarea, es escasa la presencia de mujeres en cargos directivos, y las tareas de cuidado y reproductivas no son tenidas en cuenta como asuntos incluidos en el mundo de los hombres, ni como articuladores de derechos, sino que recaen sobre las espaldas de las mujeres.

El Paro Internacional de Mujeres es un hecho que introduce un nuevo debate y tiene sus antecedentes históricos en otros lugares del mundo. En Islandia en 1975, por primera vez las mujeres salieron a la calle para manifestarse por la igualdad, dejaron de trabajar, no llevaron a sus hijos al colegio, dejaron de hacer las compras y la comida. La actividad se paralizó por completo y se transformó en un día histórico que tuvo sus efectos políticos: en un país donde sólo el 5% de los lugares en el parlamento estaban ocupados por mujeres, cinco años después se elegía una presidenta. El antecedente más reciente, surgió de la lucha de un movimiento de bases de mujeres polacas que en 2016 fueron a una huelga y salieron a la calle contra la intención del gobierno de endurecer la ya de por sí restrictiva ley del aborto, definiéndose un lugar específico en la lucha por sus derechos. Una semana después en nuestro país las mujeres se movilizaron contra la violencia de género. En Argentina la iniciativa comenzó a divulgarse a partir del colectivo “Ni Una Menos”, que surgió en respuesta a la violencia machista, como un modo de decir basta a la expresión más extrema de violencia de género, el femicidio. Las cifras de femicidios muestran datos alarmantes –uno cada 30 horas- y han ido en aumento en el último año, situación que no deja lugar a dudas acerca de la creación de las condiciones de posibilidad de los comportamientos sociales que pueden o no ser legitimados de acuerdo al tratamiento político que se haga del tema. El sujeto Mujeres, como colectivo emergente que desafía el orden dominante, se constituye en un poderoso articulador de demandas que se organizan enfrentando un modelo político de exclusión.

Una maquinaria de construcción de subjetividades con la primacía de lo masculino, actúa operando sobre los cuerpos de las mujeres como dispositivos de disciplinamiento diario que tocan lo laboral, lo familiar, lo social, construyendo sujetos que se van produciendo en el interior mismo de una lógica histórico-política. Los sentidos que se construyen alrededor del sujeto mujer están cargados de expresiones que definen modos de hacer, de ser, de actuar, de decir y localizan una frontera a partir de la cual las mujeres quedaron ubicadas a través de los tiempos como seres constituidos desde un lugar deficitario.
Algún efecto de ruptura parece instalarse a partir de la impronta que dejan estos nuevos reclamos y un nuevo sujeto histórico parece estar en construcción. Las mujeres despliegan en estas luchas una dimensión muchas veces invisibilizada, la dimensión de la valentía. Es necesaria mucha valentía para enfrentar el poder de sociedades patriarcales, machistas y muchas veces misóginas que reproducen una lógica secular de persecución, segregación y castigo, de la que la historia da testimonio, lógica que se fue gestando con palabras y con mecanismos, algunos sutiles y silenciosos, otros más evidentes y ruidosos, que forman parte de un ejercicio del poder del que la mujer ha sido objeto y que la ha configurado como un ser constituido en menos. Menos derechos, menos acceso a la educación, menos acceso a la vida política y a la posibilidad elegir. Como muestra de eso basta como ejemplo la desproporcionada relación temporal entre el voto femenino y la historia del mundo; en Argentina hace apenas 65 años que la mujer accede al voto y fue gracias a la iniciativa de Evita, una de las mujeres más valientes de nuestra historia, una mujer que decidió romper con la lógica de la dominación y quebrar estereotipos, que esa demanda postergada se transformó en un derecho. Es la valentía desplegada en las luchas la única alternativa para la emergencia de la Mujer como un nuevo sujeto histórico colectivo y para quebrar el patrón desde el cual lo femenino se convierte en parte de una lógica criminal de disciplinamiento, segregación y castigo.

Alicia Eguren

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