Nuevos desafios 24

Avanzar en el recuerdo, es decir iluminar el pasado para que no se pierda la dimensión de los eventos desarrollados bajo el Terrorismo de Estado y profundizar la investigación para alcanzar la verdad de lo ocurrido con los desaparecidos, son las recurrentes tensiones que evoca la fecha. Recuperar las identidades de los hijos e hijas de esos hombres y mujeres que murieron bajo el terror genocida de la dictadura sigue siendo una tarea tan pendiente como lograr que todos los responsables sean juzgados por las leyes constitucionales vigentes y con las garantías que prescribe el texto fundacional y pactos internacionales.

Cada año transcurrido permite observar el gigantesco abismo que construyeron las minorías oligárquicas con sus aberrantes comportamientos. La sociedad argentina fue éticamente profanada. El contrato social que unía a sus ciudadanos y ciudadanas bajo la razón de Estado fue demolido por las mismas instituciones creadas para la defensa de esa sociedad. La degradación institucional fue tal que nunca nuestra sociedad podrá recuperarse de semejante indignidad. Que esto haya ocurrido en el país con la sociedad más igualitaria y el Movimiento Obrero más organizado de Latinoamérica debería invitarnos a la búsqueda de las razones de semejante matanza. Tal vez los motivos estén presentes es esta misma afirmación. Una sociedad igualitaria y un sindicalismo como el argentino son incompatibles con el esquema de dominación de una república organizada bajo la premisa del privilegio.

Theodor Adorno afirmaba “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie” para señalar que los valores civilizatorios de la racionalidad moderna sucumbieron en los crematorios de los campos de concentración nazis. En forma análoga nuestros valores como sociedad fueron sepultados en las mazmorras de la ESMA, Campo de Mayo, La Perla o los cientos de campos de concentración diseminados por toda la Argentina dictatorial. Nada después de aquellos hechos podrá reparar el daño infligido. Solo la refundación ética de la nación hecha sobre la base de la verdad y la justicia permitirá reconstruir una sociedad arrasada en sus valores de convivencia democrática, plural y civilizada.

Frente a la inquietante pregunta de ¿cómo pudo haber ocurrido esto aquí? La respuesta tentativa que podemos ofrecer no es menos perturbadora ¿Por qué no? La sociedad argentina del siglo XX asistió a actos de barbarie inusitada sepultados bajo toneladas hipocresía y desprecio. El denominado “ser argentino” de la sociedad nacional, fue activo participe de la llamada “Semana Trágica” eufemismo para denotar el mayor y único pogrom de América donde fueron asesinados miles de trabajadores. En 1922 fueron fusilados en forma sumaria entre 1000 y 1500 trabajadores rurales huelguistas en el sur del país. Las demandas presentadas por los trabajadores en conflicto asombran por su modestia: que no durmieran más de tres trabajadores en un ambiente de 16 m2, no trabajar los sábados, un paquete de velas por obrero, mejoras en las raciones de comida, una mejora en los magros sueldos y el reconocimiento de la Sociedad Obrera como legítima representante de los trabajadores. Parece poco probable que solo esas sencillas demandas puedan haber desatado la violencia criminal de fusilar a miles de trabajadores.

En 1955 la Aviación Naval de la Marina de Guerra Argentina y Fuerza Aérea Argentina bombardeó y ametralló la Casa de Gobierno, Plaza de Mayo y el edificio de la CGT. El “bautismo de fuego” de la aviación dejó un saldo parcial de 308 personas muertas identificadas, cifra a la que se debe añadir un número incierto de personas asesinadas que por su estado no se pudo establecer sus datos identificatorios. Entre las víctimas se encuentran 111 militantes sindicales de la CGT, entre ellas 23 mujeres delegadas que concurrieron a defender el gobierno popular. También fueron identificados niños y niñas entre los muertos, el menor de ellos de 3 años. Este hecho criminal que fue superior en su magnitud a la masacre de Guernica en la Guerra Civil Española, cuando la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana, inmortalizado por el cuadro de Pablo Picasso, arrasaron la ciudad provocando alrededor de 126 muertes. Sin embargo el Bombardeo a Plaza de Mayo es uno de los hechos más aberrantes cometidos por las FF.AA argentinas, y aún permanece oculto o es silenciado sistemáticamente por los medios.

Esta verdadera pedagogía del terror tal como lo cita Rosa Elsa Portugheis (2010:134) permitió que muchos de los oficiales de la Marina que bombardearon sin pudor a sus propios ciudadanos, en esa jornada aciaga, luego ocuparan cargos relevantes en el gobierno que implementó el Terrorismo de Estado en 1976. Los fusilamientos de civiles desarmados en 1956 en los basurales de José León Suarez o el asesinato en masa de militantes detenidos en la Masacre de Trelew de 1972, son solo la continuidad histórica de las bárbaras matanzas que las antecedieron. El 24 de marzo de 1976 no fue solo la irrupción aislada e inédita de un conjunto de psicópatas, sino el resultado de la construcción histórica de instituciones diseñadas por minorías rapaces, ociosas y brutales que administraron el orden político de forma sanguinaria y con indisimulables rasgos de clase.

Si el republicanismo formal de Alberdi permitía separar dos clases de repúblicas, la abierta y la restrictiva como lo sostiene Natalio Botana (1998:53), es lógico suponer que esta concepción elitista y aristocrática también prescriba a las instituciones que garanticen la dominación. La concepción estamental alberdiana de república abierta donde solo se permite trabajar y estudiar restringida de la libertad política que solo ejerce el privilegiado núcleo político capacitado para gobernar y controlar que constituye la república restrictiva, contiene todos los elementos para construir su hegemonía de clase como un régimen feudal bajo la apariencia de república.

Quienes diseñan y construyen un orden político tomando el privilegio, en oposición a la igualdad o la justicia, como fundamento de toda la organización social construirán también la figura del hostis romano (el extranjero) como aquel que amenaza radicalmente la existencia social de ese grupo, casta o pueblo. Cualquier amenaza al orden social hegemónico será tratada en esos términos. Nuestra historia está saturada de esos episodios que demuestran la misma fría lógica criminal de minorías, que como Rodolfo Walsh señalaba “[…] traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan el Pueblo y disgregan la nación (1995:416)”

En ese extraordinario escrito que Rodolfo Walsh concibió como “Carta Abierta a la Junta Militar” está presente la defensa ética de aquello que las innombrables manos criminales del Terrorismo de Estado pretendían conculcar. Walsh pudo sobreponerse al horror y al dolor personal para dar testimonio en las horas más oscuras. No es un héroe individual. Nunca hubiera aceptado ese atributo. Es el heraldo de la resistencia inclaudicable de un pueblo que no pidió tregua ni capituló. Es el representante de un gigantesco esfuerzo colectivo que lucho por transformar las condiciones de un país sistemáticamente postergado por el poder de una minoría anacrónica que no advierte su proximidad con el Ancien Régime.

La refundación ética que iniciaron las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en el reclamo inicial de Aparición con Vida junto a Juicio y Castigo a los culpables, forman parte de las demandas básicas de una sociedad que reclama por el bárbaro asesinato de personas detenidas y el elemental juicio de los responsables. Parte de esa refundación ética fueron las políticas públicas desde el año 2003 hasta el año 2015 que colocó las demandas de los Organismos de Derechos Humanos como Políticas de Estado del Gobierno Nacional permitiendo que se juzgaran a centenares de criminales y se recuperaran las identidades de hijos y nietos.

El dramático regreso a situaciones que pensábamos superadas confirma la persistencia de esas minorías vetustas que se refugian en sectores anquilosados y corruptos de la justicia y los medios de comunicación, que buscan retroceder el reloj de la historia. Acorralados por las movilizaciones y repudiados por un enorme sector de la sociedad apelan a la deslegitimación de la protesta.

En la apelación final de Walsh donde adelanta el futuro de la protesta social, “porque las causas que animan la resistencia del Pueblo Argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas”. Walsh no se equivocó. Liquidar las causas que impulsan la resistencia popular forma parte de la refundación ética de la sociedad argentina y algunos de los desafíos aún pendientes que cada 24 de marzo nos convoca.

Atilio López

Anuncios