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“En primer lugar quiero agradecer profundamente las palabras, quiero agradecer la presencia de todos ustedes aquí, en la casa de Gobierno que es la casa de todos los argentinos. Ustedes saben que, lamentablemente, para algunos la causa Malvinas fue una causa que nos ponía mal, y lamentablemente, entre comillas, nos causaba vergüenza (….). “Para nosotros Malvinas es causa nacional, es causa de orgullo nacional. Más allá de quienes circunstancialmente e históricamente les tocaba detentar el poder en la Argentina, porque quienes fueron a Malvinas, quienes lucharon en Malvinas, quienes defendieron en condiciones, a veces, totalmente desfavorables el sentido de soberanía, de dignidad nacional, son una cuestión de orgullo y son una referencia constante para todos los argentinos. Nosotros sí lo reconocemos permanentemente y lamentamos profundamente el olvido (….) “Quienes tienen un lugar en la historia, quienes llenaron de orgullo al país, quienes deben tener un reconocimiento político e institucional y social permanente y quienes indudablemente van a llenar las páginas de la historia cuando vaya pasando el tiempo, con la verdad de lo que fue Malvinas, nosotros como gobierno temporal de este tiempo de la historia queremos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para hacerles llegar el reconocimiento, no de un gobierno sino de los argentinos. Nosotros somos lo temporal, los argentinos son lo permanente. La Argentina es lo permanente y las grandes causas nacionales son lo permanente. Y ustedes representan a una de las grandes causas nacionales.”
(Palabras de Néstor Kirchner durante la firma del Decreto para Pensiones Honoríficas de Veteranos de Guerra del Atlántico Sur, 21 de julio de 2005)

Es en el lazo social donde se da la experiencia de la palabra y es suficiente con que el semejante no reconozca el mensaje para que el malestar se apodere de quien enuncia; si del dolor se trata y este no encuentra un cauce en el decir, las consecuencias sobre la subjetividad son inevitables. Cuando desde el presente se obliga como destino inexorable a restar valor al pasado se construye un campo de silencios planificados, pactados, donde las voces silenciadas se ofrecen como sacrificios. La cancelación de la palabra a través del olvido es homologable a la injusticia, por eso la transmisión resulta una exigencia ética y un hecho político. Cuando hablamos de memoria debemos considerar el valor de la palabra en su aspiración de plasmar los recuerdos en una escritura con efecto transformador. El recuerdo tiene la particularidad de ser vacilante y la invitación a decir tiene efectos de construcción de nuevas escrituras de la historia quebrando el olvido. La conminación al silencio ejercida desde los lugares de poder, pretende sepultar los recuerdos valiéndose del bloqueo de las palabras y promueve el olvido que se construye como un aspecto oscuro de lo vivido y empaña el sentido de la vida nueva. Si los totalitarismos prohíben, censuran y pretenden cancelar las palabras es porque saben del valor liberador y organizador de ese lazo con el otro; la censura, el silencio son modos de producir una negación socialmente determinada que indefectiblemente da lugar a diferentes resonancias individuales disgregadoras.

La guerra de Malvinas duró dos meses y doce días. Se firmó la rendición el 14 de junio de 1982. La dictadura se vio obligada a aceptar las condiciones del Imperialismo Inglés y se anotició que la ocurrencia de embarcar al país en una guerra contra una de las principales potencias militares del mundo estaba teniendo un alto costo. La guerra de Malvinas fue el último intento de la dictadura genocida para relegitimarse y perpetuarse en el poder que, acechada por una crisis interna y una terrible situación económica, producto de políticas de destrucción y muerte, decidió ocupar las Islas escudándose en el reclamo histórico de soberanía. Esta vez con una maniobra que pretendía dejar a los de asesinos como héroes que defendieron su patria; el impacto de la derrota fue demoledor y el fin de la guerra anticipó el fracaso del régimen militar. Ese fallido, doloroso y cruel intento, tuvo nuevamente al pueblo como fusible de las políticas asesinas que venía aplicando el Estado Terrorista.

A la derrota de Malvinas le siguió el silencio y el intento de borrar de la memoria colectiva esa parte de la historia, ignorando la cuestión Malvinas y aquello que estuviera vinculado con ella. Así como en el tiempo de la guerra los medios tuvieron un rol fundamental en el manejo de la información oficial a partir de titulares triunfalistas y mensajes que vaticinaban un triunfo, la posguerra se caracterizó por el ocultamiento, la indiferencia y la negación de aquello que había sido semanas atrás motivo de “unión de los argentinos”. Anunciada la rendición, ese final encubierto pero presagiado, los diarios y los programas de radio y televisión dejaron de dedicarle espacio a Malvinas. El clima social comenzó a transformarse y una sensación de estafa por una guerra que se suponía ganada se expresó con una multitud que participó de manera espontánea en la Plaza de Mayo, demostrando su repudio a las políticas de destrucción y ocultamiento. Comenzaría una nueva etapa en la que la guerra queda subsumida en un manto de olvido calculado y planificado que produjo una interpretación unificadora de la situación. Así se creó un sentido unívoco donde hablar de la guerra en ese momento se homologaba con lo actuado por la dictadura. Bajo esa situación indiferenciada de ocultamiento caerían también, los soldados, los hijos del pueblo que serían invisibilizados bajo el silencio, la indiferencia y la estigmatización.

La vuelta de los combatientes no sólo estuvo signada por el dolor y el horror de la guerra. El plan de ocultamiento organizado por la dictadura genocida, tuvo un aspecto solapado, dirigido a construir un consenso como modo de homogeneizar el discurso y recuperar algo del poder que se había perdido, y otro explícito, dirigido directamente a los soldados a los que se les ordenó un pacto de silencio a cambio de la vuelta a casa. Los combatientes fueron obligados a firmar un documento con recomendaciones explícitas. Documentos desclasificados y testimonios directos de los soldados muestran cómo hasta el último momento continuaron las acciones de adoctrinamiento y las Fuerzas Armadas en continuidad con las políticas genocidas que venían teniendo ordenaron a los soldados la firma de una declaración por la que se los obligaba a no hablar acerca de la guerra. Debían callar, era una cuestión de estado. Una “Cartilla de Recomendaciones” decía: “Usted luchó y retribuyó todo lo que la Patria le ofreció: el orgullo de ser argentino. Ahora la Patria le requiere otro esfuerzo: de ahora en más usted deberá no proporcionar información sobre su movilización, lugar de presentación, arma a la que pertenece o aptitud adquirida y su experiencia de combate”. El silencio y la intención de encerrar en la clandestinidad la experiencia de la guerra tuvieron por objeto evitar agudizar el repudio social hacia la dictadura.

De regreso, los soldados tenían urgencia por contar sus vivencias, sus experiencias, compartir sus temores, su dolor, pero fueron abandonados por el estado y como consecuencia lógica también la sociedad los ignoró. No se habló de la guerra, no se mostró regreso de los combatientes, se los escondió y se desplegó un manto de olvido. Se construyó una idea que los incluía sin diferenciación alguna como responsables de la derrota y una vez más a esos que habían tenido el protagonismo en la heroica lucha fueron condenados gracias a una política de silencio.

La posguerra significó el inicio de un combate no sólo contra las marcas que deja una situación límite, sino también contra ese silencio que instaló un abismo entre los combatientes y el entramado social; abismo que fue atemperado por la ambigüedad de una mirada del otro fluctuante entre una presencia-ausencia que, así como reconocía su existencia, intentaba ocultarla y negarla convirtiendo el tema Malvinas en un tabú de contacto, siendo los soldados el resorte de ese mecanismo de indiferencia pública que marcaría un camino de omisión de políticas de reconocimiento y reparación que sería difícil de revertir.

Al silencio de guerra que se inició en 1982 le fueron sucediendo diversos momentos en un camino que siguió teniendo a los combatientes como protagonistas de nuevas luchas, en pos de ganar derechos y revertir las marcas instaladas en la trama social; cada momento tuvo una lógica particular vinculada con los espacios que ellos mismos lograron y que comenzaron a plasmarse como una recuperación de la memoria bélica. Los combatientes se fueron reuniendo y organizando a partir de la necesidad de conservar y renovar los vínculos constituidos, hablar de la guerra sin condicionamientos, combatir por la memoria de Malvinas y luchar por los propios derechos. Esta organización permitió definir las demandas que se fueron encausando llegando, en los inicios de los ´90, al primer reconocimiento efectivo desde el Estado al hecho de haber participado en la guerra;  los combatientes cobraron la primer pensión nacional equivalente a un haber jubilatorio mínimo. De este modo comienzan a hacerse visibles por el Estado luego de 8 años de absoluta indiferencia sumado a que años más tarde las provincias procederían al pago de pensiones provinciales. Paulatinamente y en una coincidencia temporal, desde fines de los 90 y comienzos del 2000 se fue produciendo un acercamiento entre los ex combatientes, el Estado y la sociedad y la causa Malvinas comenzó a tener más presencia en la esfera pública.

Desde 2003 la política exterior estuvo enfocada en la defensa de Malvinas, sustentada en la memoria y en la palabra como herramientas para hacer valer los derechos soberanos. En su discurso de asunción, el 25 de mayo de 2003 Néstor Kirchner planteó una clara posición sobre la cuestión Malvinas y manifestó en distintos momentos que el reclamo de soberanía era un objetivo irrenunciable del pueblo argentino, reafirmando no sólo el valor territorial sino el de la dignidad política de un país. Los reclamos por la soberanía sobre las islas también fueron una constante durante las presidencias de Cristina Fernández, quién a través de discursos y ante organismos internacionales, denunció enfáticamente la vergüenza de que en pleno siglo XXI existan enclaves coloniales.

También, como política de derechos humanos, la recuperación de la palabra y la memoria fueron herramientas propiciatorias de una nueva manera de entender la guerra de Malvinas y la participación de sus actores. A partir de la decisión política de construir un sentido de reconocimiento colectivo hacia los combatientes por la defensa de la soberanía y la dignidad nacional, una nueva lectura de la guerra y de la ubicación de sus protagonistas comienza a producirse. La trama social comienza a ser receptiva a la escucha de un relato bélico que había quedado silenciado y los combatientes encuentran el soporte para hablar de la guerra. Néstor Kirchner en su encuentro con ellos señala y agradece el valor de la palabra y promueve nuevas ideas que serían el sostén de decisiones que tendrían un carácter reparatorio y marcarían la emergencia de un nuevo tiempo en la comprensión de Malvinas. La decisión política de hacer memoria e introducir el pasado en pos de establecer una transformación activa del presente promovió una nueva interpretación sobre la guerra y la soberanía.

Fue a partir de una decisión política que produjo un pasaje del silencio a las palabras, de la vergüenza al reconocimiento, que la causa Malvinas se transformó en una causa del Pueblo. La palabra es el modo de acercamiento con el otro y, para que se constituya en acto liberador y organizador, debe contar con el sostén que da la mirada de reconocimiento del semejante, no sólo por el valor que esto tiene en la recuperación de lo que pretende silenciarse, sino como herramienta de reafirmación de la memoria, en la construcción de un entramado social que sostenga y permita el reconocimiento colectivo y dimensione el valor transformador que tienen las luchas heroicas por la soberanía y la liberación de los pueblos.

Alicia Eguren

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