sisifo2-01

El envalentonado brío que ha tomado el gobierno luego de su movilización asombra, no tanto por la convocatoria (veinticinco mil personas según fuentes oficiales), por la incontinencia verbal de funcionarios y periodistas que compiten por alcanzar  el paroxismo en racismo y xenofobia. El encono hacia los sectores populares expresado por los seres que concurrieron a la llamada “marcha por la democracia” exhumaron los peores prejuicios de un sector de la sociedad argentina que como única explicación autoevidente exhiben su sentido común.

La estigmatización denigrante, que tuvo encumbrados momentos en la época del primer peronismo, ha vuelto bajo nuevos ropajes para  un sector que destaca con proverbial ahínco su pertenencia al reino de la libertad en oposición al reino de la necesidad que animaría al populismo. Degradando discursos y portavoces que se descalifican a sí mismos, la fragmentada movilización del 1° de abril en apoyo al gobierno de la Alianza Cambiemos apareció exhibiendo, sin pudor alguno, sus más abismales miserias. En la catarata de sandeces e improperios balbuceados por estos manifestantes, se podía distinguir la clásica condena a la instrumentalización de las masas por el líder carismático inescrupuloso que las utiliza en su beneficio expresado en la lacónica frase “no vinimos por el chori, ni nos trajeron en micros…”

En el Espacio del Racismo Michel Wieviorka (1992: 123) afirma que el prejuicio expresa una carencia, el vacío ético, el vacío político, el vacío afectivo y el vacío existencial que él viene a llenar. En este sentido el prejuicio procede de una pérdida de sentido que trata de paliar por medio de una reconstitución imaginaria que se alimenta de la reactivación del símbolo tradicional del mal (el judío, el negro, el pobre o el extranjero). El prejuicio racial representa un tipo de gestión del sentido que le permite estabilizar una situación que se percibe como de amenaza, debilidad, o menoscabo que posibilita extraer una nueva identidad positiva negativizando la  opuesta.

Los efectos de verdad que el poder capilariza en los sujetos otorga la legitimidad necesaria para que esta construcción de la realidad instituya horizontes de sentidos y produzca subjetividades ancladas a estos efectos de poder. La irrupción de discursos xenófobos y racistas en el espacio social, implica la legitimación de esos discursos a partir del aparato mediático de linchamiento y reforzados por las más altas instituciones de la nación. La demonización de algunos sectores de la sociedad, se corresponde con la disputa por la distribución de la riqueza que está omnipresente en el enfrentamiento social. Esta agudización del conflicto social que los sectores oficialistas perciben en la resistencia social frente al ajuste debe ser precedida por discursos de verdades que deslegitimen esos reclamos. Pero aún mas, en la imputación de atributos negativos al opositor, extranjero, pobre, negro, otro, existe una verdadera operación de vaciamiento de ese sujeto-otro cuyo destino no es la inclusión en el Estado de Derecho sino la expiación de los sectores populares por parte del Estado Gendarme.

La emergencia de esos discursos no puede ocultar lo obvio. Importantes sectores de la sociedad son reproductores de esas palabras y se identifican con los discursos más estigmatizantes. No son nuevos. Lo que es nuevo es el proceso de legitimación y no condena que ahora expresan. Las palabras construyen sentidos, expresan las tensiones y fuerzas presentes en la sociedad. El creciente accionar represivo de las fuerzas de seguridad no pueden ser más que el reflejo de llevar adelante la política económica bajo el austero recurso del culatazo. No hay excesos ni errores. El comportamiento bélico frente a sectores populares o trabajadores busca dirimir la imposición de un ajuste brutal legitimado por la propaganda estigmatizante que denigra a sindicatos, trabajadores, organismos de derechos humanos o partidos políticos.

La ramplona simplicidad de las consignas y las afirmaciones de los funcionarios evidencian un notable desprecio de lo popular. Una enorme brutalidad acompaña sus actos y palabras. Sobre el ilusorio discurso de la “conciliación” que promueve el diálogo, el gobierno persigue opositores, cancela agremiaciones, encarcela o balea militantes y amedrenta trabajadores. El gigantesco endeudamiento, la liberación de tarifas, la apertura importadora tiene un solo objetivo quebrar cualquier resistencia y disciplinar los trabajadores. La evidente agresión a todos los sectores excepto los más poderosos y concentrados de la economía busca consolidar la matriz agroexportadora-financiera que caracterizó a la dictadura militar o la valorización financiera de la década del 90 pero a una mayor velocidad. Solo para tener una idea de la rapidez de destrucción que posee el actual sistema en poco más de un año la relación deuda externa/PBI alcanzó un 33% en relación al 14% que había dejado el gobierno anterior. Semejante relación deuda externa/PBI es equivalente a la que precedió al estallido de 2001 antes del default.

El recurrente pedido de mano dura para la protesta social es una novedad donde luego de doce años las protestas fueron controladas mediante una progresiva institucionalización de la agenda política. En ambos comportamientos es posible distinguir las concepciones políticas sobre el conflicto social. En el ciclo anterior el conflicto político es inherente a lo social. No es una anomalía sino que expresa el carácter constitutivo adversarial que posee la democracia. En esta concepción subyace como premisa que la representación política es incompleta o para expresarlo con claridad lo social y lo político desborda los acotados márgenes que proporciona la democracia deliberativa.

En la concepción de la actual administración el conflicto es percibido como patología, o anomia, una amenaza institucional que carece de representatividad porque la legitimidad no estaría dada por las calles o las plazas sino exclusivamente por el escrutinio electoral. Si el Estado asume esta concepción acotada y restringida de democracia, no solo es un retroceso en materia política, sino que representa un vaciamiento democrático en términos sociales y políticos. En este contexto cualquier intervención represiva pensada para recuperar las capacidades del Estado como ordenador social, colocará al gobierno en la lógica de la exclusión de demandas y necesitará de crecientes dosis de violencia para sostener un mínimo orden político. La acumulación de demandas impondrá una cadena de equivalencias que tomarán algún significante para que represente la totalidad. En ese camino la administración macrista solo será el mero gestor de las condiciones de posibilidad para el regreso de su más odiado enemigo: el Populismo. Pero ese regreso contará con mayor consenso y legitimidad que antes. El macrismo atormentado por la pesadilla del peronismo avanza a ciegas como Sísifo[1] arrastrando el peso de su incomprensión histórica para volver a caer en el mismo destino que sus predecesores: el fracaso.

 

Atilio López

 

 

Referencias

[1] http://www.correocpc.cl/sitio/doc/el_mito_de_sisifo.pdf

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