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Una más. Otra mujer asesinada. A una  mujer joven, militante, estudiante, solidaria, le quitaron la vida. Con su muerte le robaron sueños, le sacaron años de amor. Le quitaron los libros que iba a leer, las películas que iba a ver. Ahogaron canciones y consignas. Arrebataron miles de días de fraternidad, solidaridad y de lucha.

Con cada mujer asesinada perdemos un poco del universo, nos hundimos en la miseria de un  mundo helado. Con cada una de ellas se va una parte del amor que debería habitar el planeta. Con cada muerte todos desaparecemos un poco. Morimos un poco.

¿Qué pétrea subjetividad construye nuestra sociedad en la misoginia? ¿Qué universo de relaciones simbólicas y materiales es habilitado para  engendrar estos pobres sujetos? ¿Quiénes desde sus miserias discursivas avalan esta barbarie? ¿Qué instituciones alojan estos efectos de verdad que posibilitan semejantes pesadillas? ¿Qué ocultos gestos arman estos puños asesinos?

Caeríamos en un error si creemos que no hay responsabilidad social en la muerte de Micaela. En cada asesinato de una mujer. No son solo anormales o monstruos los que asesinan. En esos puños criminales se materializan las infinitas descalificaciones, humillaciones, insultos, que la sociedad propina a cada mujer todos los días. Cada día. En esa argamasa de sentido común, rastrero y pusilánime que construyen los medios cotidianamente están presentes las condiciones de posibilidad para que nazca un nuevo asesino. En cada detergente, desodorante, jabón en polvo, limpia pisos, sopa, leche, perfume o ropa está la banalización que construye los estereotipos femeninos.

Para un sector de la sociedad no les preocupa que los fascistas exhiban sus miserias, que encarcelen o golpeen legisladoras. Que persigan a la ex presidenta con causas impresentables. Para un sector de la sociedad le parece adecuado llamar a una presidenta yegua y colgarla simbólicamente. Es el mismo sector que trataba a las madres de Plaza de Mayo de locas. A ese sector tampoco les preocupa que golpeen a una mujer y pierda a su bebé solo porque es pobre y trabaja en un merendero.

No hubo azar en la muerte de Micaela. No estuvo presente la casualidad. Estuvieron presentes todas las condiciones para que se sigan asesinando mujeres como lógica de Estado. Desfinanciando programas de protección, con desidia, con inacción, con estereotipos racistas y machistas. Como disciplinamiento. Como pleno ejercicio de hipocresía.

Si un Estado desconoce el derecho y hace de ello una práctica normal demostrando que la fuerza y la violencia pueden generar un orden político excluyente a su medida ¿por qué algunos miembros de la sociedad no iban  a imitar ese comportamiento creyéndolo válido?

A Micaela no la mató la anormalidad de un sujeto sino la normalidad que instituye un sector de la sociedad que hace del despojo su principal eje organizativo. No es normal que mueran personas por razones evitables. No es normal que mueran mujeres y niñas por una lógica siniestra alimentada por el fascismo explicito de medios, comunicadores y gobierno amplificando sus efectos.

Atilio López

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