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-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.

(Esa Mujer, Rodolfo Walsh)

Pocas mujeres en la historia del siglo XX de nuestro país fueron tan odiadas por la oligarquía vacuna y sus esbirros. Pocas mujeres fueron tan amadas por el Pueblo como Ella.

De cuna humilde logró llegar a Buenos Aires como parte de esos argentinos y argentinas que la Intelligentzia nativa llamaba “aluvión zoológico” con ese destilado odio hacia todo lo que estuviera vinculado a lo popular o a lo nacional que persiste en la casta mercenaria de ínfimos intelectuales a sueldo.

Conoció la Argentina de la pobreza y del desprecio oligárquico. Le ponía voz a la radio y el teatro, la misma voz flamígera que encendería la devoción popular y el encono aristocrático. Le puso su belleza a afiches y almanaques.

Fue la mujer que más temor impulsó en sus enemigos. Aún muerta, su frágil cuerpo inspiraba la clase de pánico que llevaba a lanzar toneladas de explosivos sobre sus seguidores. Su cuerpo, su pequeño cuerpo, fue oculto durante años. Sin embargo para las mesnadas fusiladoras  era peligrosa, gigante, innombrable.

Nada más atemorizante que aquello que no se puede nombrar porque esas letras queman las bocas de sus pobres enemigos. Ella creció en las pintadas, volvió en millones de banderas y su nombre bíblico, mágico, libertario, infinito, acompaño a los hogares humildes.

Esa mujer que profetizaba el futuro era la que podía afirmar que “la Patria es el pueblo y nada puede sobreponerse al pueblo sin que corran peligro la libertad y la justicia”. Su muy corta vida no le impidió convertirse en un vendaval de ternura, justicia, soberanía y libertad.

Su breve, intensa, profunda e incendiaria vida le puso palabras al conflicto político que atormenta a la nación. Ese odio irracional que tuvo en ella su principal destinatario. No pudieron, no podrán lograr que sea olvidada. La tristeza, o el llanto fueron convertidos en lucha furiosa. Hoy escribimos esto sin nombrarla, no porque no lo podamos hacer, porque la tenemos en nuestro corazón. Fluye en nuestras venas y su inmensa y amada figura nos reconforta en todos los momentos. La llevaremos como estandarte a la victoria tantas veces como sea necesario y eso será así hasta que libremos a la patria de sus infames enemigos, que son los nuestros. Todos conocen su nombre inmortal que es lo mismo que decir Pueblo, Patria o Nación.

Feliz cumpleaños querida y eterna compañera.

Atilio López

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