Castelli no era feroz ni cruel. Castelli obraba así porque así estábamos comprometidos a obrar todos. Cualquier otro, debiéndole a la patria lo que nos habíamos comprometido a darle, habría obrado como él… Repróchennos ustedes que no han pasado por las mismas necesidades… Que fuimos crueles. ¡Vaya con el cargo! Mientras tanto, ahí tienen ustedes una patria que no está ya en el compromiso de serlo. La salvamos como creímos que había que salvarla… nosotros no vimos ni creímos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo que hicimos. Arrójennos la culpa a la cara y gocen los resultados… nosotros seremos los verdugos, sean ustedes los hombres libres.
Nicolás Rodríguez Peña (Fragmento de la defensa en juicio a Juan José Castelli)[1]

tempestades1-01

Mayo, se sabe, es uno de esos meses que por muy extrañas coincidencias históricas representa eventos sociales y políticos colosales. La indisimulable potencia revolucionaria que trajo 1810, intuida en la vigorosa defensa frente al imperio británico en 1806 y 1807, incendió el Virreinato del Río de la Plata y propagó la furia independentista a las futuras naciones de Chile y Perú. La vigorosa revolución de 1810 fue apaciguada y despojada de su radicalidad por la historiografía que no consentía la repetición del experimento jacobino en estas tierras.

El fragor revolucionario de Mayo no solo procuraba extender la revolución sino sofocar las posibilidades de una contrarrevolución. La orden de ejecución de Santiago de Liniers y de un grupo de complotados en Córdoba fue cumplida por el primo de Manuel Belgrano, Juan José Castelli, al que acusaban de ser junto a Luciano de Monteagudo “esbirros del sistema robesperriano de la Revolución Francesa”. Castelli no dudó un instante en fusilar al ex – virrey, al gobernador de la provincia de Córdoba, al ex gobernador Santiago Alejo de Allende, al asesor Victorino Rodríguez y hasta a su contador. El anticlericalismo y los marcados gestos de buen trato hacia los pueblos originarios le procuraron a Castelli numerosos enemigos. Las primeras víctimas de las revoluciones, también se sabe, son sus creadores. Difícilmente la Revolución hubiera alcanzado las dimensiones que tuvo sin la fría e implacable determinación de la facción más jacobina: Moreno, Castelli o Belgrano. Capaces de crear regimientos, dirigir la guerra, ordenar la economía o fundar escuelas, a su manera, tomaron el Cielo y la Tierra por asalto. Convertidos en soldados por necesidad, combatieron a muerte. Sin dar ni pedir tregua. Sin compasión. Llevaron la lucha revolucionaria al resto del continente aniquilando los ejércitos de la España Monárquica en años de guerra total. No es ocioso recordar como Simón Bolívar expresaba su admiración por la Revolución cuando afirmaba

El belicoso Estado de las Provincias del Río de la Plata ha purgado su territorio y conducido sus armas vencedoras al Alto Perú, conmoviendo a Arequipa, e inquietando a los realistas de Lima. Cerca de un millón de habitantes disfruta allí de su libertad.
(Simón Bolívar, Carta de Jamaica)[2]

En otro mayo incendiario, ahora de 1969, una masiva protesta de estudiantes coincidió con la suspensión de actividades y movilización de los gremios cordobeses. La represión tuvo el extraño merito de unir lo que hasta ese momento no había ocurrido. Jóvenes universitarios de clase media, provenientes de familias tradicionales, se unieron en la lucha popular a los trabajadores que desde años resistían el ataque sistemático de gobiernos militares y civiles que pretendían exorcizarlos del peronismo, con muy poco éxito, y Perón. La sucesión de imágenes de una ciudad tomada por los manifestantes, con la activa colaboración de la población, que enfrentaba el fuego de la policía primero y del ejército después, provocó un sismo de dimensiones incalculables. La singularidad del Cordobazo como respuesta al régimen tecnocrático autoritario marcó el inicio del fin del experimento de disciplinamiento más ambicioso desde 1955, y el origen de unos de los ciclos de acción colectiva más radicalizados, que solo se detendría con la matanza de 1976.

La historia también ha intentado silenciar u ocultar detalles relevantes. Se ha repetido hasta el cansancio que el Cordobazo fue una insurrección espontánea cuando en realidad fue organizada y convocada por la CGT Córdoba dirigida por Atilio López. La logística de la movilización y la garantía del paro fueron dadas precisamente por el gremio de López, la UTA. Se sumaron los gremios de SITRAC Y SITRAM que habían sido creados recientemente y que eran controlados por partidos clasistas. La imagen de Agustín Tosco, figura relevante e indiscutida del gremialismo argentino, opacó lo obvio: semejante paro y movilización no nacen de un repollo. De esa forma López y Tosco fueron los grandes protagonistas de una gesta de dimensiones incalculables tanto por la calidad como por la masividad del levantamiento popular, aunque con diferentes repercusiones. La evidente operación de silencio y ocultamiento sobre los trabajadores peronistas que convocaron a esa jornada hizo que la imagen de López no fuera vinculada al Cordobazo aunque fuera su organizador.

La demostración cabal de que el Ejército podía ser enfrentado cuando las masas populares radicalizaban la lucha, quebró la hegemonía que hasta ese momento detentaban las clases dominantes –cuando el Universo Simbólico de la dictadura construida en base al neo corporativismo fantaseaba con largos años en el poder—colapsó en las barricadas del Barrio Clínicas cordobés. Años de exclusión política, de tutelaje pretoriano y represión, hallaron un límite en la lucha de los trabajadores, volcando a una parte importante de la juventud hacia una lucha, a la cual eran invitados a nivel continental y mundial.

La libertad para poder crecer como ciudadanos en democracia colisionaba con dureza frente al ambiente blindado y represivo que la Doctrina de Seguridad, inspirada por el Pentágono, auspiciaba. De esa forma la lucha social, económica y política fue impulsada en todos los frentes multiplicando las organizaciones que entendían que la lucha armada no era una opción, sino el único camino hacia la recuperación democrática.

En ese encuentro confluían las más variadas tradiciones políticas: sindicalistas, sacerdotes y militantes católicos, agnósticos marxistas, intelectuales universitarios, artistas, y las experimentadas organizaciones gremiales, que también serían víctimas de la interpelación social. En este exacerbado clima de fin de época, todas las estructuras sociales e instituciones serán impugnadas sistemáticamente por admitir—durante tanto tiempo—el orden social excluyente, conservador, autoritario y decadente que la Revolución Argentina intentaba sostener. Con frecuencia se cita, y con razón por la magnitud y profundidad de la protesta, al Cordobazo como el punto culminante de la lucha insurreccional popular cuando en realidad fue el inicio de una larga serie de eventos que no cesaron hasta ya iniciada la democracia. Inés Izaguirre publica en Lucha de clases, guerra civil y genocidio en la Argentina en 1973-1976 una tabla donde resume los principales Azos y puebladas. La autora distingue entre los Azos como movimientos de lucha y oposición política de las puebladas donde la población organizaba la protesta en torno a un problema específico.

Fecha Lugar Nombre

1,2

Mayo de 1969 Rosario, Córdoba

“Rosariazo”, “Cordobazo”

3

Septiembre de 1969 Rosario “2° Rosariazo”

4

Febrero de 1970 Río Limay, Neuquén

“Choconazo”

5 Marzo de 1970 Río Negro

“Cipolletazo”

6

Noviembre de 1970 Catamarca “Catamarcazo”
7 Noviembre de 1970 Tucumán

“1° Tucumanazo”

8

Marzo de 1971 Santa Fe “Casildazo”

9

Marzo de 1971 Córdoba

“2° Cordobazo o Viborazo”

10

Abril de 1972 Mendoza

“Mendozazo”

11

Junio de 1972 Tucumán

“Quintazo o 2° Tucumanazo”

12

Julio de 1972 Malargüe, Mendoza “Malargüinazo”

13

Julio de 1972 Gral. Roca, Río Negro

“Rocazo”

14

Octubre de 1972 Trelew, Chubut

“Trelewazo”

15

25 de mayo de 1973 Cap. Federal y otros

“Devotazo”

16 Julio de 1973 Córdoba

“San Franciscazo”

17 Agosto de 1973 La Carmela, Tucumán

“Carmelazo”

En ese inmenso caudal de energía puesto al servicio de la política, con el afán de renovar a una sociedad que había permitido los más ridículos experimentos sociales, que albergó desde gobiernos constitucionales que admitían la conculcación de los derechos políticos de las mayorías, hasta los más rancios y aristocráticos que se ilusionaban con “desperonizar” la población, un nuevo fenómeno también aparecía el 29 de mayo de 1970.  El secuestro y ejecución del ex presidente de facto de la Revolución Libertadora Pedro Eugenio Aramburu por parte de Montoneros, una nueva organización guerrillera peronista que terminó de liquidar el frágil gobierno de la Revolución Argentina, dio por terminado el experimento del ínfimo Onganía como una vez lo llamó el periodista Tomás Eloy Martínez. Con la misma fría e implacable lógica de la facción morenista de los revolucionarios de mayo, Montoneros logró construir la organización político militar más importante de la Argentina del Siglo XX.

Otro 25 de Mayo, pero en 1973, terminaba el ciclo de represión y proscripción de la fuerza popular mayoritaria: el peronismo. Años de persecución y muerte habían logrado construir uno de los fenómenos de activación social y radicalización política más masivos de la historia argentina. La democracia y las instituciones republicanas por las que tanto habían luchado  los argentinos lograron una pausa en ese vendaval histórico que eran las luchas en el mundo. Pero una amenaza mucho mayor se cernía sobre el horizonte: el neoliberalismo. Con billones de dólares dando vuelta en el mundo, el capitalismo financiero necesitaba reformular el nuevo modelo de acumulación: la valorización financiera. Nuestro país junto a Chile fueron los laboratorios sociales de las reformas que el neoliberalismo necesitaba. De esa forma terminaba en 1976 una acotada y traumática pausa para iniciarse  un nuevo y trágico ciclo que profundizaba la pobreza y daba a la  aniquilación política de opositores dimensiones impensables.

Otro 25 de mayo, pero más cercano a las tragedias del pasado, comenzaba un nuevo ciclo político casi en forma silenciosa e inesperada. El 25 de mayo de 2003 un presidente desgarbado y sureño se colocaba los atributos de mando para convertirse en el protagonista excluyente junto a su esposa de la etapa histórica de mayor movilización y activación política desde 1973. Una cálida brisa, en medio de la desolación que había provocado la catástrofe neoliberal, que luego terminaría convirtiéndose en un huracán político. Algunas veces queda la duda de qué irritó más al poder en la Argentina si la condena explícita al Terrorismo de  Estado o la reivindicación a la generación diezmada. La construcción de la equivalencia entre esa generación y la acción de gobierno más inclusiva e igualitaria desde el gobierno de Juan Domingo Perón fue el mejor homenaje a una generación que ofrendó su vida en la lucha política. Desde esa debilidad inicial el esfuerzo titánico hecha desde el Estado refundó éticamente a una sociedad desquiciada que no reaccionaba frente a la degradación moral que el poder instalaba diariamente.

Solo una formidable recuperación de la política como medio para la transformación logró dotar a la sociedad de los niveles de movilización y activación política necesarios para refundar la nación. La recuperación de empresas nacionales y un extraordinario proceso de redistribución de la riqueza hicieron de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner los emblemas de nuevas y antiguas generaciones como expresión de gobiernos nacionales y populares. Nada hacía sospechar este singular acontecimiento que se convirtió en crucial a nivel nacional y latinoamericano. Combatido por los núcleos oligárquicos de la Argentina fue víctima de las actividades desestabilizadoras que promueven las Guerras Asimétricas del Pentágono norteamericano que lograron confundir a la sociedad argentina tanto como a la brasileña.

Desde esa inicial posición de debilidad en 2003 se pudo terminar con la inequidad estructural que el neoliberalismo soñaba sostener hasta destruir completamente la sociedad argentina. A catorce años de aquella extraordinaria gesta la sociedad argentina recorre un nuevo y peligroso ciclo de endeudamiento promovido por un gobierno diseñado a medida por las corporaciones mediáticas. La percepción de caída libre en el vacio o la vuelta a formas olvidadas de represión política nos retrotrae a lo peor del pasado argentino. Pese a la sensación del agotamiento del nuevo experimento neoliberal transcurrido 18 meses, la sociedad argentina se prepara para nuevos desafíos. Se verá si en los próximos meses el experimento neoliberal fue una breve pausa entre gobiernos populares o el regreso a la desolación que impone el Mercado como organizador social. Algo es seguro, el carácter contingente de la política argentina hace ardua la predicción o el pronóstico del futuro. En todos los casos está presente esa formidable reserva moral que solo el pueblo es capaz de activar y promover para malograr las más serias amenazas. Se iniciará como brisa o como un vendaval de furia es un gran interrogante.  Es claro que mayo siempre es el mes que dio a luz impetuosos capítulos históricos. Estamos en el medio de eventos impredecibles. Si tomarán la forma del faccionalismo “robesperriano”, el del alzamiento popular o la compulsa democrática no lo sabemos, pero en todos los casos se puede percibir la proximidad de una nueva tempestad.

 

Atilio López

Referencias

[1] http://web.archive.org/web/20130125035425/http://literatura.org/25Mayo/25Mayo_Rivera.html
[2] http://www.el-historiador.com.ar/documentos/independencia/bolivar_carta_jamaica.php
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