Nuestra doctrina no cree en la violencia que desgarra, sino en la superación que eleva; en la plenitud de su cometido, sin miras egoístas en las relaciones cada día más complejas del hombre con la comunidad. Le hemos devuelto la fe en sí mismo y en la calidad de su empresa. Eso nos ha salvado, quizás porque el hombre, en trance de prueba, se salva por los signos más vivos y las soluciones más elementales. (La Comunidad Organizada, Juan D. Perón, 1949)

La figura de Juan Domingo Perón, creador del movimiento de masas más importante de Latinoamérica del siglo XX y con absoluta vigencia en el XXI, sigue generando el mismo encrespamiento social desde la irrupción masiva de los trabajadores el 17 de octubre de 1945. A 72 años del nacimiento político del peronismo y 43 de la desaparición física de la figura política más trascendente, divide a la sociedad argentina en una frontera irreconciliable pese a sus esfuerzos de armonizarla entre quienes exaltan su figura y los que la repudian con todas sus energías.

Toneladas de páginas se han escrito a favor y en contra de Perón y el Peronismo, sin embargo el odio de las clases conservadoras y aristocráticas de la burguesía vacuna sigue intacto. Como expresión política de la clase trabajadora, el peronismo y Perón,  padecieron (padece) el escarnio y la denigración sistemática. Con esa naturalizada superficialidad que posee la intelligentzia colonizada acusaron al peronismo de nazi-fascista primero y de marxista-comunista después. Tan amplia categorización política solo puede demostrar la irreductible ignorancia de los propagandistas del régimen oligárquico terrateniente. El problema de los brutos, como decía Perón, es que además son peligrosos como lo demostró la Revolución Fusiladora del 55 y los posteriores esperpentos que le siguieron.

El Peronismo además de ser la expresión irreductible y plebeya de los trabajadores también es el primer movimiento político que ganó las elecciones democráticamente después de años de fraude que siguieron a los gobiernos de Hipólito Yrigoyen. El peronismo además de expresar las demandas de los sectores más plebeyos de la nación, lleva como marca indisoluble el de movimiento democrático. La única vía por la que accedió al gobierno fue el de los votos. Sin embargo, los exégetas del odio y la muerte llamaron a la primera y segunda presidencia de Perón “La Segunda Tiranía” como continuidad del Rosismo. A la “Segunda Tiranía” siguieron 18 años de proscripción, cárcel, torturas y muerte por parte de los demócratas que venían a preservarnos de los “excesos populistas”.

El grado de estigmatización que persiguió al peronismo evitó incluso que se olvidara el núcleo ideológico que Perón alentaba. El clima de época y de ideas que alimentaba el período de pos Segunda Guerra Mundial llevaba a una rápida polarización entre mundos que parecían dispuestos a todo. Uno de los documentos más interesantes para analizar el clima de época, La Comunidad Organizada, sintetiza las fuertes ideas que animaban a Perón que estaban directamente relacionadas con la horrible matanza que había dejado la guerra. Perón conoció ese mundo en plena Guerra y concluyó que nada bueno podía salir del enfrentamiento. Buscó superar las ideas que animaban a los contendientes. Ni el liberalismo que propone una sociedad de individuos que compiten entre sí, ni el Estado que anula la dimensión humana y deja en manos de leyes históricas necesarias la supresión del carácter  contingente de la política, podían ser bases fundamentales de una sociedad. Esa experiencia marcó para siempre sus ideas y las defendió hasta el último día. Frente a la disyuntiva que pone a los investigadores de intentar abordar el peronismo y a Perón lo primero que debe advertirse es que ni el líder del movimiento ni el  peronismo son objetos sencillos de analizar. Ambos revisten una excepcional complejidad.

En la presentación de la Comunidad Organizada Perón, explicitó la doctrina que animaba al peronismo. Eso ocurrió en San Juan el 1949 en el Congreso Nacional de Filosofía. El texto que se conoció fue la intervención de Perón en ese congreso.  En ese documento Perón expone las principales ideas del peronismo.

La sociedad tendrá que ser una armonía en la que no se produzca disonancia ninguna, ni predominio de la materia ni estado de fantasía. En esa armonía que preside la norma puede hablarse de un colectivismo logrado por la superación, por la cultura, por el equilibrio. En tal régimen no es la libertad una palabra vacía, porque viene determinada su incondición por la suma de libertades y por el estado ético y la moral.

La justicia no es un término insinuador de violencia, sino una persuasión general; y existe entonces un régimen de alegría, porque donde lo democrático puede robustecerse en la comprensión universal de la libertad y el bien generales, es donde, con precisión, puede el individuo realizarse a sí mismo, y hallar de un modo pleno su euforia espiritual y la justificación de su existencia.

Lo que caracteriza a las comunidades sanas y vigorosas es el grado de sus individualidades y el sentido con que se disponen a engendrar en lo colectivo. A este sentido de comunidad se llega desde abajo, no desde arriba; se alcanza por el equilibrio, no por la imposición. Su diferencia es que así como una comunidad saludable, formada por el ascenso de las individualidades conscientes, posee hondas razones de supervivencia, las otras llevan en sí el estigma de la provisionalidad, no son formas naturales de la evolución, sino paréntesis cuyo valor histórico es, justamente, su cancelación.

Nuestra comunidad tenderá a ser de hombres y no de bestias. Nuestra disciplina tiende a ser conocimiento, busca ser cultura. Nuestra libertad, coexistencia de las libertades que procede de una ética para la que el bien general se halla siempre vivo, presente, indeclinable. El progreso social no debe mendigar ni asesinar, sino realizarse por la conciencia plena de su inexorabilidad. La náusea está desterrada de este mundo, que podrá parecer ideal, pero que es en nosotros un convencimiento de cosa realizable. Esta comunidad que persigue fines espirituales y materiales, que tiende a superarse, que anhela mejorar y ser más justa, más buena y más feliz, en la que el individuo pueda realizarse y realizarla simultáneamente, dará al hombre futuro la bienvenida desde su alta torre con la noble convicción de Spinoza: “Sentimos, experimentamos que somos eternos”

La doctrina que Perón expuso siempre interpeló a las dos grandes referencias políticas mundiales: el liberalismo que colocaba al trabajo como un bien de transacción y al materialismo que lo postulaba como mercancía. La tercera posición del peronismo no es la negación de ninguno sino su superación. No es un punto intermedio entre ambas posiciones ideológicas sino el relevo histórico. En la presentación de La Comunidad Organizada Perón cita a Baruch de Spinoza. La mención no es aislada ni inocente posee una poderosa carga ideológica en su intento de colocar a Spinoza como referencia y no a Hegel en el centro de su exposición. ¿Es posible que Perón se nos revele como spinoziano? Eso explicaría un montón de cosas. El pensamiento de Spinoza se centra en una antropología positiva en oposición a la de Hobbes que considera al estado de naturaleza del hombre como de “Guerra de todos contra todos” o “el hombre es un lobo para el hombre”. En términos de  Spinoza  […] si dos individuos que tienen una naturaleza enteramente igual se unen entre sí, componen un individuo doblemente potente que cada uno de ellos por separado. Y así nada es más útil al hombre que el hombre”.

Perón buscaba la armonía y el equilibrio pero combatía con denuedo el desencuentro, el enfrentamiento. Sostenía como Spinoza que la potencia la daba la combinación positiva, la sumatoria de los hombres y no el antagonismo. Convocó desde ese lugar. Intentó construir desde el amor y no desde el odio. Como casi siempre ocurre, la lucha y el rencor nos empujaron al enfrentamiento. Nuestros enemigos, que nos odian visceralmente, no tolerarán nunca un orden político que incluya a todos y todas. Una patria inclusiva para todos y todas condena a la desaparición a la miserable casta que solo puede gobernar desde el privilegio, desde la exclusión y desde la violencia criminal del hambre o desde las balas homicidas que solo asesinan trabajadores.

Perón regresó definitivamente en 1973. Como en una paradoja de la historia llegó en un momento político crítico: el enfrentamiento que había buscado evitar era alentado por la geopolítica. El fracaso de la Alianza para el Progreso impulsada por EE.UU en América Latina no logró contener la creciente protesta social que ahora incorporaba la lucha armada en países como Argentina, Brasil y Chile. La crisis del petróleo preparaba una masa gigantesca de capitales que necesitaban la demolición de regulaciones para la circulación. En esa encrucijada, el preámbulo del neoliberalismo, Perón fue testigo del desencuentro y división del Movimiento Nacional. En ese trágico enfrentamiento entre la razón revolucionaria y la tradición combativa sindical de los trabajadores junto a sus organizaciones gremiales partidarios inclaudicables de Perón,  fue el anticipo de la derrota popular.

Pese a la insistencia de sus detractores Perón era un humanista. Alguien incapaz de sacrificar una sola vida por defender su posición política como ocurrió en 1955 cuando eligió el tiempo a la sangre para volver a su lugar en la historia. Habitualmente presentado como un manipulador Perón expresa en el Peronismo categorías políticas que desbordan la tradicional división entre izquierdas y derechas. El peronismo es el gran articulador de demandas de la sociedad argentina. El carácter contencioso de la acción colectiva del peronismo en los años de resistencia estuvo vinculado al carácter excluyente de las dictaduras que lo sucedieron. La división o la frontera social no fueron trazadas por el peronismo, sino por la misma dinámica política de la sociedad que hace imposible una sociedad totalmente reconciliada. Esta es la imposibilidad radical que postuló Ernesto Laclau. La dinámica de enfrentamiento encontró en 1973 las condiciones internas y externas para que se articularan las demandas para recuperar la democracia pero también para disputar la dirección del movimiento nacional. La inerradicable imposibilidad de constituir una sociedad homogénea funda la misma razón de la política pero la emergencia del Peronismo como populismo se basa en la articulación de demandas equivalenciales que expresan al Pueblo como sujeto democrático. La desarticulación de esas demandas o la proliferación de demandas que se cargaron sobre el gobierno popular fueron las responsables del desencuentro trágico entre sectores radicalizados del peronismo y los trabajadores.

La muerte de Perón el 1° de julio de 1974 fue un duro golpe para el peronismo en una situación de grave enfrentamiento interno en momentos que el capitalismo necesitaba reconfigurarse para cambiar el eje de acumulación de industrial a financiero.  El resto es historia conocida. Pasados 43 años de la muerte del Gral. Perón el peronismo fue combatido con más dureza que antes. Una generación completa de militantes fue exterminada. Se perdieron elecciones y hasta se tergiversó el carácter nacional y democrático del movimiento. Aún así logró reorganizarse y recuperar sus principales banderas. Con ese carácter impredecible que tiene la política el peronismo está más vivo que nunca. El ataque y persecución que hoy padece el movimiento nacional es equivalente en odio al que dominó gran parte de los 18 años que fue proscripto. Denigrado, anatematizado y satanizado por una propaganda impiadosa, el peronismo vuelve a batallar por la democracia y la justicia social. Muchos se preguntan de dónde surge esa energía, la respuesta es equivalente a la que daba Perón cuando le preguntaba que iba a hacer para volver y él respondía: “Yo nada. Todo lo harán nuestros enemigos”. El peronismo es eso, el núcleo traumático de una sociedad que no resigna derechos ni está dispuesta a renunciar a eso que hace posible su sobrevivencia como sociedad democrática: la Soberanía Popular.

Atilio López

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