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Este artículo no intenta dar cuenta de las elecciones del domingo pasado sino que intenta dilucidar las variables por las que transita la política argentina en el actual contexto mundial. Las crisis sucesivas de 2008 a 2009, que llevó a la quiebra del coloso Lehmann&Brothers y arrastró a prestigiosas entidades como Goldman&Sachs que debió reconvertirse de banco financiero a banco comercial, no se ha resuelto y es una de las principales causas del fragmentado y explosivo contexto de política mundial. La primera expresión de esa crisis fue la salida de Reino Unido de la Unión Europea por la enorme exposición de las finanzas británicas que supone formar parte del mismo mercado financiero que controla Alemania. La recesión provocada por el desmanejo financiero de la banca mundial se tradujo en creciente fragmentación por parte de países que refuerzan nacionalismos xenófobos. El ultranacionalista partido conservador polaco Ley y Justicia que impulsa la reforma del poder judicial para que los jueces sean designados directamente por el poder ejecutivo supone un giro inesperado de la democracia polaca hacia la eliminación de la división de poderes y una respuesta directa de cómo la crisis se vuelve contra las instituciones políticas de las naciones.

Hungría recorre un camino similar. Su primer ministro Viktor Orban se ha propuesto la creación de una nueva clase de Estado que denomina como “Iliberal”. La iliberalidad no tiene como objetivo renunciar al libre comercio sino que combina formas autocráticas de gobierno con cierta representación política pero con una gigantesca concentración de poder en manos del mandatario caracterizado como ultraconservador católico y furioso anticomunista. En Francia el recientemente elegido presidente Emmanuel Macron ha presentado como principal proyecto de gobierno una reforma laboral que flexibiliza las relaciones laborales y permite poner fin a la relación laboral en cualquier momento. Para el gobierno de “La Republica en Marcha” la revolución prometida llega de la mano de la flexibilización laboral y la fragmentación de la representación sindical apoyada también por el Estado germano. Que tanto Alemania como Francia atribuyan el desempleo a las “rigideces del sistema laboral” enfatiza que la crisis provocada por la globalización financiera no la van a pagar los bancos sino los trabajadores, habla a las claras hacia dónde va Europa y el mundo. Al fracaso de la derecha más derecha parece la paradójica conclusión al que arriban los electorados disciplinados por el endeudamiento y la desocupación.

Las peligrosas tendencias autocráticas de los países del Este refuerzan el clima de ideas que se extiende al mundo con peligrosas consecuencias para la paz planetaria. En este lado del mundo el fracaso del neoliberalismo y del Consenso de Washington también ha tomado una clara tendencia hacia formas racistas y xenófobas con el ascenso de Donald Trump al gobierno de EE.UU que ha acusado a la inmigración mexicana del deterioro económico norteamericano. En esa alocada carrera por la vuelta hacia el poder imperial con capacidad de intervención militar, USA congeló los acuerdos sobre Cuba y amenazó militarmente a Venezuela. Que al ciclo de democracias posneoliberales le sigan representaciones conservadoras con proyectos políticos diametralmente opuestos no es obra de la providencia sino la decidida acción de la derecha latinoamericana (norteamericana) de controlar los procesos políticos para que no se desplacen más allá de los límites que traza el mercado financiero mundial.

Este corrimiento que puede ser interpretado como de la soberanía popular a la soberanía de mercado posee a diferencia del pasado la legitimidad que otorga el consenso de ciertos sectores de la sociedad que combaten decididamente cualquier “exceso igualitario” de los gobiernos “populistas”. La aguda y pertinente pregunta que formulara Carla Wainsztok ¿Cuánta igualdad soporta nuestra sociedad? trae al debate la categoría política de la Igualdad como uno de los pilares que animara la escena política de los dos últimos siglos. La necesaria indagación sobre el tipo de demandas que están expresando algunos sectores de las sociedades del capitalismo financiero globalizado a nivel mundial debe colocarse en el centro de las investigaciones.

¿Por qué preferimos la desigualdad? Es el título del libro del sociólogo Francois Dubet con que intenta abordar uno de los más complejos fenómenos sociales que se desarrollan desde las últimas dos décadas del siglo XX hasta la actualidad. En ese ensayo Dubet se pregunta ¿por qué nuestras sociedades eligen la desigualdad avalando el fraude y la evasión fiscal de quienes tienen más recursos, condenando a las víctimas de esas prácticas?

Es evidente que hay consensos para la construcción de expresiones políticas que interpelen las demandas de sectores sociales que rechazan políticas públicas consideradas excesivamente generosas o estilos de gobiernos que tratan de individualizar a sus interlocutores antes que referirse a ellos con otras como Pueblo. En el desplazamiento de las preferencias electorales sigue presente la “denigración de las masas” o de lo “popular” como categoría pensada como “totalizante”.

En nuestro país nada de esto es nuevo. Los sectores conservadores siempre han tenido el consenso de sectores sociales que se constituyen en la base social de una elite autoritaria y rapaz. La tuvo la Revolución Libertadora en 1955, el golpe de Estado de 1976, el neoliberalismo de los años 90 en sus variantes menemistas y de la Alianza. Lo novedoso es el consenso parcial y exitoso que ha tenido el nuevo ciclo político iniciado en el 2007 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y que logró acceder al gobierno nacional en el año 2015 con partido y sello propio. Es evidente que aquello que se le reclamaba a la derecha para integrarse al sistema democrático lo ha hecho exitosamente mediante un profundo estudio de variables y rasgos que expresan los intereses más conservadores pero con legitimidad popular.

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires traduce como ningún otro territorio este arraigo de los valores conservadores. El peronismo nunca pudo ganar ahí. La Alianza Cambiemos, en sus inicios Propuesta Republicana, ganó cuatro elecciones seguidas, las últimas de manera abrumadora con el voto popular de los sectores más empobrecidos de la ciudad. Es evidente que en la base de este fenómeno hay algo más profundo en las demandas de ciudadanía que permiten alcanzar ciertos consensos y convertir a un partido conservador, autoritario, con peligrosas tendencias autocráticas, en un partido popular. La influencia cultural de la Ciudad de Buenos Aires está lejos de cualquier discusión. El centro político, administrativo, económico y cultural posee suficientes recursos como para irradiar su influencia a distritos próximos que han permitido el escalamiento de una propuesta política que está en las antípodas de los intereses populares.

La ratificación del rumbo económico (hasta ahora) en los principales distritos del país Ciudad Autónoma de Buenos Aires y Córdoba, con el ajustado triunfo de Buenos Aires y Santa Fe luego de un año y medio de agresión política y económica al modelo de sustitución de importaciones, mercado interno y estímulo al consumo, no dejan dudas sobre la solidez del modelo aperturista y desregulador de la administración Cambiemos.

Más allá de los reacomodamientos que de agosto a octubre se den los resultados dan cuenta del aval que posee la nueva administración. Que esto se haga en un contexto inflacionario y recesivo, con presos políticos y hasta ahora un ciudadano desaparecido, hablan a las claras que el nuevo estilo político no es sensible a esas variables en forma mayoritaria, lo cual tampoco significa que el aval eleccionario sea absoluto. La fragmentación del voto opositor hace el resto.

¿Qué clase de demandas ha logrado articular la Alianza Cambiemos que le permite continuar avanzando en forma ininterrumpida desde hace 10 años? O ¿cuál es el imaginario que ha logrado instalar en forma exitosa? ¿Cuáles son los temores que agitan la sociedad? Parte de la propuesta política que logra articular Cambiemos logra desplazar el eje de lo económico hacia la seguridad. El temor que abruma a las sociedades coloca ese miedo como un verdadero dispositivo que bloquea las demandas democráticas de mayor inclusión o igualdad. El terror que crean las sociedades, víctimas de políticas de exclusión, oculta el principio generador de esos miedos que se convierten en demandas punitivas. La exigencia de mayor “Seguridad” permitió ganar las elecciones a Francisco de Narvaez en 2009, a Massa en 2013 y a María Eugenia Vidal en 2015. Es evidente que hay algo allí que convoca y espanta a numerosos sectores que no alcanzan a visualizar que solo vigorosas políticas de Estado de inclusión es lo que permite erradicar en sus causas gran parte de la “Inseguridad” que tanto atemoriza a la sociedad en su conjunto. El fracaso que han tenido las políticas represivas en todo el mundo no logra despejar la obnubilación de algunos sectores que se sienten seguros si ven cada vez más patrulleros y fuerzas de seguridad aunque el fenómeno se acreciente. En esa lógica punitiva descansa gran parte de los nuevos dispositivos que saturan la sociedad que excluye a millones con sus políticas económicas y por el otro exige que se la defienda del mismo monstruo que crea. Algo parecido a lo que ocurre en Europa con el denominado terrorismo islámico. La Coalición de países que destruyen naciones enteras en Oriente medio solo importan la violencia a sus propias sociedades que exigen aniquilar aquello que su miedo agiganta en una lógica interminable de cuenta cadáveres. Es evidente que el neoliberalismo sigue haciendo su trabajo hundiendo cada vez más a las sociedades y culpabilizando a sus víctimas de las políticas que practican. Solo si logramos interpelar profundamente a los sectores populares en sus temores podremos evitar un catastrófico nuevo ciclo neoliberal en nuestro país y en América Latina. La banalización y la estética cool a la que apelan las nuevas derechas han logrado desarmar críticamente a numerosos sectores que ven esa superficialidad algo nuevo y renovador que puede ser consumido fácilmente. Este es el mayor desafío que tiene la política devolver a la sociedad el protagonismo a la subjetividad ciudadana fundante de un orden inclusivo y no solo consumidores superficiales y desaprensivos que eligen a sus propios verdugos.

Atilio López

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