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“Hay cosas que deben ser dichas más de una vez, y que nunca pueden ser dichas suficientes veces”.

Sigmund Freud.

La desaparición de Santiago Maldonado en el marco del accionar represivo en un operativo que la Gendarmería protagonizó impiadosamente como parte de la política de Estado del gobierno de Cambiemos, representa el retorno de los peores fantasmas en la conciencia colectiva. Si bien desde diciembre de 2015, varias preocupaciones volvieron a instalarse en la vida de muchos argentinos, la desaparición forzada de personas por parte del Estado resulta una de las ideas de más difícil tramitación, no sólo por el pasado con las marcas del horror que dejó la dictadura genocida, sino también por lo difícil que resulta hoy a partir de la aparición en el discurso oficial, en ciertos sectores de la prensa y por añadidura en ciertos sectores de la población, de una lectura que justifica sin pudor los crímenes de lesa humanidad, por lo que resulta muy difícil establecer una mirada diferente a la de la realidad de aquella época. Una vez más, la demonización de la víctima, el ocultamiento de pruebas y el manejo de éstas por la misma fuerza, la desvinculación de responsabilidad por parte del Estado, las falsas versiones sembradas en la opinión pública, entre otras dan cuenta de una coherencia entre el relato y los hechos; basta sólo cotejarlas con la postura negacionista reafirmada por el gobierno y en el uso público que se hace de la historia, relegitimando aquellos sentidos en los cuales el accionar de un Estado demonio puso a la violencia y el terror en el centro del poder.

La ministra de Seguridad no se equivoca ni se confunde y es coherente con sus propias convicciones cuando defiende el accionar de la Gendarmería, no aparta a los responsables del operativo y cuando hace unos días afirmaba: “Ni los demonios eran tan demonios ni los ángeles tan ángeles”, en referencia al genocidio perpetrado por la sangrienta dictadura del 76. Una vez más con sus dichos reafirma sus convicciones -en los ’70 fue sospechada como entregadora de compañeros-  y relegitima así la teoría de las violencias cruzadas que el gobierno pretende imponer banalizando el horror y homologando las luchas populares con la violencia de Estado.

La teoría de los dos demonios se convierte en la herramienta ideológica necesaria y se relanza oficialmente apenas a meses de la asunción de la Alianza Cambiemos, con la reimpresión de la edición original del “Nunca Más” cuyo prólogo, desde el comienzo polémico, fue el texto fundacional de la teoría de los dos demonios. Esta reedición eliminó sigilosamente el prólogo agregado en 2006 por la Secretaría de Derechos Humanos, durante el gobierno de Néstor Kirchner, refutando la teoría de los dos demonios y dejando en claro la idea de que la dictadura implementó el terrorismo de Estado. Hablar de dos demonios es homologar lugares que por estructura no son homologables y es desconocer el lugar sagrado del Estado, que debe ser garante y resguardo del ejercicio de la justicia y del funcionamiento del Estado de Derecho. El Estado demonio busca su supervivencia. Su temporal fracaso y su paso atrás no significan su derrota definitiva. El modelo del Estado gendarme lo recicla hoy a partir de las fallas institucionales del sistema y tan obstinada defensa de la desmemoria y el negacionismo encuentra su soporte ideológico una vez más en esos mismos que se benefician con la imposición del miedo. No hay simetría posible entre el abandono de los deberes éticos, humanos y jurídicos y la adopción de una política represiva por parte del Estado, con el comportamiento de ningún sujeto social. Jamás el comportamiento de un grupo o sector de la sociedad puede equipararse o justificar la criminalidad desde el lugar del Estado.

La represión desde el Estado en la Argentina tuvo como método por excelencia la desaparición forzada de personas que, como práctica sistemática de violencia extrema, ha cobrado una significación particular sobre las subjetividades y sobre el entramado social. Las huellas mnémicas evocan con las palabras detenido- desaparecido, los trazos de una de las heridas más dolorosas de nuestra historia. Se rememoran las escenas de un infierno dantesco donde el secuestro y la tortura fueron las formas de construcción del terror ejercidas por monstruos de carne y hueso que se convirtieron en dueños de la vida y de la muerte. Las palabras Detenido-desaparecido, adquirieron también un valor reparatorio cuando, como resultado de la lucha y la construcción política, lograron resignificarse y desplazarse en su sentido hacia otro nuevo y pleno dando cuenta de las dimensiones de una refundación ética que, basada en respeto por los Derechos Humanos, convirtió a la Argentina en un ejemplo a nivel internacional. Muchos fueron los momentos que marcaron este recorrido hacia la Memoria, la Verdad y la Justicia, que ha dejado marcas en las subjetividades y en la trama social con nuevas significaciones, nuevas lecturas y una nueva conciencia política

La detención-desaparición es una pérdida brutal. Es un crimen que se perpetúa temporalmente, la eternización de la espera y la incertidumbre anuncian un trabajo de duelo difícil de bordear. No hay rastros, no hay tiempo y no hay espacio que den cuenta de la localización de ese cuerpo; se trata de una pérdida que guarda en sí  esa insoportable continuidad en el trabajo de elaboración. Si bien la realidad de la muerte es un asunto difícil de tramitar, los distintos momentos ligados a la pérdida, llevan a un trabajo de duelo en el que la prueba de realidad ofrecida por la presencia del cuerpo la convierte en una tarea difícil pero posible. Como muerte negada, no inscripta simbólicamente y que carece de la prueba de realidad, en la desaparición forzada de personas los mecanismos causados por el dolor, la sorpresa y la incertidumbre impiden que el proceso de duelo se ponga en marcha. A esto se agregan los mecanismos discursivos desde el poder donde el terror toma forma a partir de los mensajes falsos, la ocultación, la desaparición de pruebas y la demonización de la víctima, sus familiares y sus seres cercanos. La metodología de la desaparición de personas produce un doble vacío, no sólo en la función psíquica individual, sino también un vacío de función social; es una metodología que apunta a la pérdida de las redes sociales con la imposición del miedo. Así es como las dictaduras, los sistemas autoritarios y totalitarios se expresan con mensajes solapados y dirigidos de amenaza, e intentan un debilitamiento de los sistemas discursivos e ideológicos.

La exigencia de aparición con vida de Santiago Maldonado representa la esperanza por no volver a tener que transitar el mismo camino del duelo eterno por ese cuerpo que no aparece. Si hubo una tramitación posible de ese dolor por los 30.000 desaparecidos, fue posible gracias al movimiento heroico de resistencia política de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y demás Organismos de Derechos Humanos que transformaron el dolor en imperativo de lucha colectiva. En un camino que tuvo momentos reparatorios emblemáticos sobre todo a partir del año 2003, como en el hecho de que uno de los personajes más paradigmáticos del genocidio haya terminado sus días en la cárcel.

Cuando la respuesta política frente a una desaparición lleva al camino de la incertidumbre no es posible sostener la pregunta ¿Dónde está Santiago Maldonado? sin llenarla de las peores certezas porque desaparecer en la Argentina se asocia a las historias que adquieren las marcas del espanto. Cuando el pasado comienza a convertirse en un territorio amenazante que parece retornar, la memoria y la lucha colectiva son los únicos recursos capaces de poner en jaque esa amenaza ya que un pasado que retorna sin tramitación simbólica lleva a las peores repeticiones. Toda amnesia colectiva es un olvido reglado desde los lugares del poder y organizado con una clara direccionalidad. La mentira deliberada, el negacionismo, la criminalización de las luchas populares, forman parte de una política del miedo al servicio de recomponer el silencio y el rechazo de la política.

Frente al panorama de retrocesos en materia de derechos y a las políticas de impunidad, la respuesta popular crece exponencialmente y revela la decisión de un Pueblo activo. Una vez más la Plaza de Mayo símbolo histórico de intercambio entre el Estado y el Pueblo, caja de resonancia de las voces que pretenden silenciarse y de las preguntas que no encuentran respuesta, es hoy escenario de lucha ante la represión ejercida por el Estado, que demuestra que algo inmenso e inocultable se ha construido sobre las heridas que la desaparición de 30.000 personas dejaron sobre la memoria de los argentinos. Solo el avance y la profundización de las luchas populares en su ejercicio cotidiano pueden quebrar las inercias sociales y la lógica de tanto atropello de los derechos desde quienes al amparo del poder se reafirman en su decisión de hacer de la impunidad su mejor aliada.

Santiago Maldonado se transformó en un nombre con pleno sentido. Guarda en sí mismo el sentido de Memoria Verdad Justicia que no estamos dispuestos a perder. Se transforma también en innombrable cuando en determinados espacios institucionales la política negacionista se apodera de él. Pero sabemos que no es posible borrar la historia por decreto. La Plaza de Mayo como histórica caja de resonancia de las voces que pretenden silenciarse, es el escenario que organiza el reconocimiento colectivo de las historias de los 30.000 detenidos- desaparecidos y  muestra a las claras la decisión de un Pueblo que con sus infinitas presencias no está dispuesto a dejarse ganar por la cultura del miedo. Una Plaza y un Pueblo que dan testimonio de la construcción de sujetos políticos convocados desde una ética de la responsabilidad ligada a la tarea de hacerse cargo de la pregunta: “¿Dónde está Santiago Maldonado?” y con ella de la indeclinable y trascendental pregunta por la dignidad humana.

 

Alicia Eguren

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