falsos nexos1

Miedo y silencio

Que la imposición del miedo como forma que asumen las violencias de Estado es una estrategia de control social y expresa la necesidad que desde la estructura del poder se requiere para la implementación y la legitimación de determinadas políticas de opresión sobre el pueblo, no es ninguna novedad. Las evidencias históricas que nuestra memoria se encarga de evocar y que asoman como indicios, remiten a los peores fantasmas cada vez que las medidas del actual gobierno confirman el premonitorio lapsus linguaecambiamos futuro por pasado[1][i] que inauguró la gestión de la Alianza Cambiemos.

Más allá de la situación actual y las políticas de la alianza gobernante, la crónica del castigo muestra cómo desde el inicio de los tiempos el miedo funcionó como un afecto disciplinador, con la exhibición como parte de una metodología en la que los cuerpos se convierten en objetos dados a ver, siendo el escarmiento la intención que funciona como advertencia disciplinadora. Hoy ya no son las formas medievales de exhibición del suplicio como la hoguera o la picota los objetos de las escenografías elegidas. Desnudar la vida de un ex-funcionario tocando su intimidad en un despliegue televisivo convierte en show una escena en la que el juicio y la condena son consumadas por una criminología mediática y donde la idea de la justicia queda subsumida a una lógica simplificadora. El ideal de transparencia, instalado como motor de las mentiras que funcionan como verdades, desde el que todo puede ser mostrado, junto con la comunicación ilimitada, producen escenas que portando a la libertad como estandarte encubren el fin disciplinario que las sostiene. Los medios hegemónicos y socios del poder como artífices de semejante construcción hacen de la saturación con imágenes y la exhibición infinita la herramienta fundamental para crear representaciones que totalizan el campo social y producen efectos devastadores en las subjetividades.

En el intento del gobierno de dar consistencia a su poder, la idea de la corrupción es propuesta como elemento organizador y aglutinador del sentido común, y el falso nexo política-corrupción  funciona como modo de obturar todo interrogante acerca de la gestión oficial. Así, desde esta lógica simplista, el complejo campo de las pasiones humanas, se divide en dos: de un lado están esos seres “puros” encarnados en los funcionarios del actual gobierno, y del otro lado esos demonizados y castigados a partir de una palabra clave: “corrupción” que se convierte en la palabra disciplinadora por excelencia. Asociada en falso nexo a la política tiene como objetivo ocultar la dimensión histórica y de construcción inherente a la misma y asociada a la Justicia se homologa a la idea de pureza y honestidad de la gestión actual. Tan clara y evidente resulta la creación de sentido común a partir de esta lógica simplista, que se convierte en el único argumento que sostienen, tanto el funcionario de Cambiemos que desde una posición calculada lo utiliza como acción de gobierno y como guion de campaña, como el votante que desde una subjetividad colonizada discursivamente no encuentra otro argumento a la hora de defender su elección.

El miedo es una herramienta funcional al poder que como tecnología de control, administra la libertad y la seguridad de los individuos alrededor de la noción de peligro, que se despliega ya no sobre fantasías apocalípticas, sino con sutiles amenazas que se dirigen a los cuerpos en su despliegue cotidiano, promoviendo la inhibición y el silencio.  Para esto se construyen representaciones a través de prácticas discursivas y extradiscursivas que instituyen un imaginario social con un universo de sentidos organizadores, como mitos, puestas en escena, imágenes, gestos,  que sustentan la institución de normas, la circulación de palabras y mensajes por los cuales se intenta  construir una mirada totalizadora de la realidad.

Los gobiernos autoritarios prohíben, censuran, simplifican y pretenden cancelar las palabras porque saben del valor liberador y organizador de este lazo con el otro. El miedo con sus derivaciones – el silencio y el orden – representan estrategias políticamente determinadas que en la medida que dominan el campo de las subjetividades dan lugar a resonancias disgregadoras del entramado social e intentan un vaciamiento de los sentidos y del valor de la acción política como impulsora de transformaciones. Esta tecnología del poder apunta a desalentar las luchas populares, y a debilitar la capacidad de acción colectiva y solidaria y pretende extender sus efectos sobre quienes no han logrado organizar sus deseos de lucha en cuerpos y organizaciones con capacidad de contener.

La política no puede separarse de la subjetividad en tanto aloja deseos, malestares, incertidumbres, temores, proyectos y encausa creencias e ilusiones. Alan Badiou en El ser y el acontecimiento, (1988) plantea que existen campos susceptibles para la producción de acontecimientos. La política es uno de ellos y se expresa como la irrupción de una verdad comparable a un milagro, un encuentro donde la subjetividad se ve golpeada por un fragmento del campo de la realidad. La novedad que se produce en un acontecimiento, ocurre a partir de cierta oscuridad, cierta confusión donde otro ser nos interpela, nos convoca desde una situación de desamparo, necesidad, un dolor que revela un vacío. Sólo es posible ese encuentro si hay un sujeto comprometido, capaz de realizar un acto de lectura de la situación, que sea capaz de responder a eso que lo interpela y que lo trasciende. El sujeto del acontecimiento es aquel que se hace presente en un acto de fidelidad con ese deseo que lo mueve. El encuentro de un sujeto con la política puede pensarse como algo del orden del acontecimiento en tanto esa motivación íntima lo empuja en la producción de un hecho transformador que lo incluye en el conjunto de los seres como un todo que lo trasciende y lo convoca desde una respuesta colectiva.

El deseo empuja, mueve, es irrefrenable. Si con su intensidad y en su cruce con lo político logra atravesar las barreras del miedo, la inhibición y el silencio, se transforma en un acontecimiento del que emerge un nuevo orden cuyos sus alcances son impredecibles. La historia de las conquistas populares lo demuestra. La apuesta a la política se transforma hoy más que nunca en un desafío no sólo para quebrar las inercias sociales y motorizar el deseo transformador. Es hoy la oportunidad de introducir palabras, preguntas, enigmas, dudas, allí donde las nuevas maquinarias de subjetivación hacen de la transparencia, la comunicación ilimitada, la superficialidad y el consumo los modos de crear certezas que construyen significados totalizadores y simplificadores del mundo. La política como campo de empuje constante hacia la transformación, es la oportunidad de responsabilizar al otro apelando a ese reducto de su subjetividad que queda a salvo y que no se deja recubrir ni colonizar. Y es la esperanza de marcar una senda transitada por seres que desde una ética de la responsabilidad dejen de ser espectadores de su propia historia y se sientan convocados como protagonistas de un devenir histórico común.

 

                                                                                                                      Alicia Eguren

 

Referencias

[1] https://www.youtube.com/watch?v=VfGwBH2enEw

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