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El 25 de noviembre de 1960 las hermanas dominicanas Minerva, Patria Y María Teresa Mirabal, fueron asesinadas por orden del tirano dominicano Rafael Trujillo. ”Las Mariposas”, como la historia resignificó sus nombres, fueron fervientes luchadoras contra la dictadura de su país y se convirtieron en símbolo de la resistencia a las injusticias y a la opresión. En 1981 se realizó el primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe en el que se propuso establecer el 25 de noviembre como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer rindiendo así homenaje a estas mujeres que se convirtieron en un ejemplo de organización y lucha.

En un mundo desigual que define un orden absolutamente arbitrario e injusto, se establecen lugares de vulnerabilidad que como efecto de una etiología que atraviesa la historia y las culturas, ha hecho de la violencia contra las mujeres, la forma de expresión más acabada de una lógica patriarcal que se convierte en la célula elemental de la violencia.

La violencia contra las mujeres y las niñas es una de las violaciones a los derechos humanos más devastadoras y frecuentes del mundo y como paradigma de la desigualdad es producto de las derivaciones que esa larga historia patriarcal ha producido.

Nuestros cuerpos alojan marcas de dolor escritas a través de los siglos. Marcas que el poder y la primacía de lo masculino han construido en una maquinaria de subjetivación excluyente, machista y misógina. Los femicidios son la muestra más acabada de ello. Funcionan apropiándose de nuestros cuerpos y como dispositivos de poder actúan silenciosa o ruidosamente y nos tocan desde distintos lugares. Son actos de nuestra cotidianeidad que desde lo familiar, lo laboral, lo sexual, lo político, intentan definir modos de hacer, de ser, de actuar, de vestir, de decir, de amar. Es una maquinaria que valida una lógica y una estructura de discriminación ancestral que funciona como resorte del horror.

Desde lugares constituidos como mandatos que nos sacan de determinadas posiciones, así el patriarcado nos ha prohibido por siglos el acceso a lo público. La mujer y lo materno ligados por un nexo totalizador como si fueran una misma cosa y como si la maternidad fuese una cuestión instintiva y no cultural, nos dejó el dominio de lo privado, y lo público con lo político como espacios de construcción de poder nos fueron vedados por siglos.

Hoy nuevas preguntas parecen instalarse y algún efecto de ruptura parece producirse a partir de la impronta que dejan nuestras presencias en estas nuevas luchas que protagonizamos. Lo femenino, la mujer, el género, el feminismo, palabras que convocan a un campo de debate abierto, enigmático, con múltiples facetas que marcan el trazado de una nueva senda donde lo masculino y lo femenino parecen agruparse de otro modo y definen un movimiento que se dirige hacia un rumbo que parece interrogar y desnaturalizar el patriarcado. El camino parece facilitarnos el advenimiento de un nuevo sujeto histórico. Como Mujeres nuestra valiente lucha también ancestral y milenaria despliega hoy la decisión de quebrar definitivamente esa estructura material y simbólica de asignación de roles, y de un orden dominante que nos ubica en ese terrible lugar donde se deposita la peor parte de una dialéctica criminal de disciplinamiento, segregación y muerte.

Alicia Eguren

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