10 años tenía cuando me di cuenta que el amigo de mis padres me miraba las piernas de una forma rara mientras me preguntaba si quería meterme a la pileta un rato con él. ¿Por qué sentí que algo no estaba bien? Si yo era una nena y él un adulto y conocido. ¿Cómo se dice que no?

¿Cómo es crecer sintiéndote no dueña de vos?

¿Cómo se hace para decidir sobre sí misma en una sociedad donde te dicen todo el tiempo cómo tenés que ser, lo que quieren hacer con vos, y en el peor de los casos, directamente hacerlo?

Más de una mañana, mientras esperaba el colectivo para ir a la escuela algún amanecido me hacía señas desde la ventana del auto estacionado mostrándome lo que asomaba desde su bragueta baja, en regocijo. Ignorar, como siempre.

Desde los 11 o 12 el salir a la calle implica que al pasar por cualquier vereda un tipo se acerque y susurre cosas como “esa conchita como la chupo” o desde un camión se escuche “qué buena maceta para mi flor de poronga”. Y sos chica, qué te le vas a plantar a un tipo que te triplica en tamaño. Así, todos los días, todos los meses, todos los años. “No les des bola” y pasa el tiempo, te acostumbras. A veces contestas para recibir de respuesta un “qué te pasa”, “loca de mierda”, otras veces es un ninguneo, otras puede ser una agresión. Alguna vez una abuela me dijo: “ bueno, tenés que empezar a fijarte la ropa que usas, cómo caminas, cómo te sentás, ya no sos una nena y a los hombres les provocas cosas”- Qué injusto pensé, yo quiero seguir con mis shorts y mis musculosas. ¿Por qué tengo que cuidarme yo si los que están haciendo algo que está mal son ellos? Me pregunté.

El salir a bailar implicaba saber que iba a tener manos encima (tenga la ropa que tenga) y en consecuencia crear estrategias entre amigas, sobre entre cuántas íbamos al baño o a la barra, cómo taparnos entre nosotras para que esas manos no lleguen.

Tuve un amigo que me daba palmadas en la cola “Porque él es mi amigo, no lo hace en ese sentido, es como si lo hicieran las chicas”. Y por un tiempo pensé así, increíblemente, para no quedar como una exagerada.

O ese pibe con el que me estaba dando unos besos, y empezó a tocar lo que podía, cuando yo sólo quería besos y le trababa la mano para que no siguiera, pero él seguía, porque según él, si ya estábamos chapando, ¿porque no iba a querer que me toque? Y la verdad que no. No quería. Pero te la terminas creyendo, terminas siguiendo esa lógica “Si ya llegué hasta acá, no puedo cortarla”. Y no. Yo llego hasta donde quiero. No es histeria. Es soberanía.

El patriarcado no pide permiso, mucho menos análisis. Naturaliza todo este tipo de actos, al punto que la decisión deja de ser propia y es reemplazada por lo “normal”.

Así que no es la ropa, no es el pelo o la forma de caminar, incluso hasta el baile más sexy. Todo, todo lo que hacemos con nuestro cuerpo es nuestro y de nadie más. Y con él llegamos siempre a donde queramos. Aunque “caiga mal”, aunque hayamos incluso cambiado de opinión. Es nuestro desde que nacemos hasta el último de nuestros días. Decidamos.

Cecilia Céspedes

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