En qué lápida sin nombre
bajo qué olvidado río
de resplandor agonizante,
como la ceniza de tu rostro de estrella,
duermes aún escondido
en las fauces del frío corrompido.

Predicador de veranos deslumbrantes
con milagro y batalla,
atesorabas relámpagos
colmados de cielos con justicia
y días despojados de tormenta
por las risas de amores compartidos.

Soñador de igualdad y de aliento constante,
las tropas de la muerte,
de rencor estancado y cuchillo presente,
te comieron el pecho, desgastaron tu vientre,
sustrajeron las llaves
de la sangre en tu cuerpo.

Y en el tránsito tenaz de los infiernos
con torturas de fuego inexorable
y noches de terror enloquecido,
te hurtaron los latidos
te usurparon los hijos
incendiaron tu nido…

Conmovías arpegios de sigilo absoluto
y ansias detenidas sin día ni horizonte,
la garra del invierno se alojaba en tu alma
sin lápida y sin nombre,
prisionero de la demente historia
del tiempo del espanto.

Sabías sin embargo,
con saber infinito de placer desterrado,
que tu cuerpo de llaga
tañía las sonoras campanas
de pan y de justicia,
que llaman a despertar cada mañana.

Ignoraban verdugos de cabeza de arena,
a la tierra que llora tu prisión militante
con heridas que procrean semillas,
con hijos que toman la palabra
y derrumban paredes de cómplices silencios
y gritan la verdad y la esperanza.

Mary Ablin

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