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Un viejo debate agita cada tanto a las ciencias sociales: la categoría de ciudadanía. En su sentido más habitual esta categoría se construye a partir de la sociedad civil que logra arrancarle a la sociedad política derechos que no estaban originalmente allí y que forman parte de las exclusiones con que el orden político estructura la dominación.

Como ejemplo de esas exclusiones y de las intensas luchas por el reconocimiento de derechos podemos citar el derecho al voto de las mujeres reconocido en 1947 por el entonces presidente Perón. El acceso al derecho de sufragio, es decir el reconocimiento de ciudadanía, fue el producto de intensas luchas sufragistas que rechazaban la exclusión patriarcal de un orden de dominación político androcéntrico.

Para Álvaro García Linera los procesos de reconocimiento de ciudadanía no son solo cesión o reconocimiento. La categoría de ciudadano es ante todo un sujeto que se asume como un  sujeto con derechos políticos, que pueden ser  correspondidos por la normatividad estatal, es decir un sujeto consciente y en pleno ejercicio de esos derechos[1]. Para Linera el acto de producir el derecho y reconocerse en él es lo decisivo de la cualidad ciudadana, pues “no hay ciudadano al margen de la práctica de la ciudadanía, esto es, de la voluntad de intervenir en los asuntos que lo vinculan con los demás ciudadanos”.

En esa inversión subyace la ciudadanía; en una intersubjetividad demandante que se asume plenamente como ciudadano en el derecho a esa exigencia. En ese acto el sujeto adquiere su ciudadanía política porque se reconoce demandante tomando conciencia de aquello que le es negado. Es un acto de plena performatividad[2]. El solo hecho de enunciar la demanda convierte al sujeto en ciudadano político aún antes de que esa demanda pueda ser reconocida.

En el sentido que plantea la ciudadanía Linera es un proceso de intersubjetividad demandante frente a un orden de dominación que no solo moldea al sujeto de derechos sino que modela el mismo cuerpo y dignidad de los demandantes. El reconocimiento de derechos a la pensión y a la vejez permitió de los trabajadores extender la sobrevida de millones de personas que eran descartadas por un orden social organizado en torno a las ganancias.

Los cuerpos sociales son superficies que no solo alojan derechos sino que son habitados por las tensiones y luchas del orden político. Son construcciones culturales e históricas cruzados por relaciones materiales y simbólicas con las que cada sujeto debe lidiar. Por lo tanto el cuerpo también es un campo de lucha y como tal un cuerpo político. En ese sentido los cuerpos de hombres y mujeres están sometidos a campos de poder que pueden determinar cómo nacen, crecen y mueren. Si deben ser sometidas a tratamientos invasivos y dolorosos o deben ser respetados en su dignidad frente al dolor y la muerte. Por lo tanto la lucha por la posesión de los cuerpos en los cuales se inscriben derechos y exclusiones también es una lucha por la soberanía del sujeto. Los sucesivos órdenes de dominación han construido las categorías de niñez, adolescencia y vejez. Han establecido criterios de normalidad y de sexualidad. Ese es el fundamento de la Biopolítica, inscribir en los cuerpos de los sujetos sus criterios de normalidad, anormalidad y vida.

El reconocimiento de esos límites soberanos que hacen a la dignidad de las personas y de sus derechos inalienables a una vida feliz y plena, colisiona con las exigencias de órdenes políticos que legislan sobre la vida y la muerte de las personas. En esas exclusiones es posible advertir las dimensiones del orden androcéntrico que exime a los hombres de sus responsabilidades y castiga a las mujeres con duras imposiciones, la más cruel de ellas la de exclusión de la soberanía corporal.

Este 8 de Marzo Día Internacional de la Mujer situó en la calle a una poderosa intersubjetividad demandante que no solo centra su impugnación en las exclusiones de las que las mujeres son víctimas. No es solo eso. La demanda desborda los propios límites de sus reclamos. Es una lucha por despojarse y despojarnos del orden de dominación que inscribe en nuestros cuerpos las marcas de la desigualdad y la dominación. Es la lucha por terminar con las exclusividades privadas que son legitimadas por el orden político y que admiten dos clases de ciudadanías, una de primera favorecida por su poder económico y otra descartable plena de exclusiones. Esa es la lucha: por un orden político igualitario y pleno de soberanía sobre nuestros cuerpos.

Equipo Cabecitas

 

Referencias

[1] García Linera, A. (2008). La potencia plebeya. Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia. Buenos Aires: Editorial CLACSO

[2] Los enunciados performativos son aquellos que no se limitan a describir un hecho sino que por el mismo acto de enunciación se realiza el mismo.  Para ampliar sobre este tema ver http://www.redalyc.org/pdf/3596/359633165003.pdf

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