LAS DIFERENTES FORMAS DE ASESINAR LA NIÑEZ

facundo

Otro niño muerto. Baleado en la cabeza para que no queden dudas sobre la certeza de las ideas que quieren asesinar, de los sueños que buscan matar. Hablar de gatillo fácil es relativizar esa violencia profunda que anida en las miradas condenatorias de la pobreza. Quien gatilla sobre la cabeza de un niño fue impactado antes por las ideas de una sociedad enferma de odio y miedo. El miserable asesino que disparó a matar por “presunción” ya fue asesinado en su humanidad. No queda más que ese miserable despojo vaciado hasta la inhumanidad absoluta. Tan vacíos como la sociedad que pergeñó estos seres. Tan absolutamente banales como los diarios que ocultan las miserias que ellos crean, promueven, aprueban y festejan.

El repugnante escenario de una sociedad que no reacciona frente a semejante barbarie no es solo entumecimiento sino sordidez. ¿Cómo se debe llamar a este acto de barbarie explicita que implica asesinar a un niño y que el resto de la sociedad se haga la distraída? Hace unas semanas fue asesinado un joven en un instituto de formación de agentes de seguridad en La Rioja y muchos tomaron conocimiento de la clase de entrenamiento que recibían quienes deben custodiar a la sociedad. Pocos advirtieron que esas escuelas son formas de racismo institucionalizado. Es allí donde las formas más mórbidas y enfermizas de la sociedad encuentran su lugar y son armadas.

Quien tiró del gatillo no es un monstruo tal como en su momento advirtió Hannah Arendt en su célebre “Eichmann en Jerusalem” sino la forma que adquiere la subjetividad de “un nadie” al que se le ordenó cruzar la frontera ética de la humanidad. Solo eso. Es altamente probable que el miserable que disparó tenga familia, sea un buen padre o hijo o hermano y hasta tenga hijos de la edad de Facundo a los que adora. Tan horrorosamente normal como tirar de la corredera de la pistola, cargar el proyectil, apuntar a la oscura cabecita de ese niño y disparar todo el odio que le otorgó el mandato social. De la misma forma que las hienas de los grupos de tareas creían defender a la sociedad y eso les otorgaba los atributos morales para asesinar, violar, robar o desaparecer personas el policía que asesinó a Facundo cree que posee los atributos para ensayar su inhumanidad.

El miedo y la banalidad, ya lo hemos advertido, cobra rasgos monstruosos en manos de instituciones que son educadas y entrenadas en el odio al Otro. Ese Otro seguramente no sea fenotípicamente distinto a sus verdugos, tal vez hasta habiten en las cercanías de la ciudad y hasta hablen con los mismos giros. Esa proximidad es la que conspira para que ese sujeto de violencia, también violentado por la misma sociedad que le pide ese acto de conversión, se transforme en verdugo de un niño. En Tucumán asesinan el futuro, asesinan juegos, matan sueños.

¿Cuántos niños deberán morir para entender que este comportamiento sórdido codicioso y rapaz de finanzas y sangre no es una anormalidad sino el núcleo del modelo de Cambiemos? La ministra de Inseguridad y ejecuciones sumarias Patricia Bullrich y el primer evasor de la nación felicitaron y avalaron al criminal que cobardemente asesinó a otro joven por la espalda. ¿Hace falta algo más?

No hay desviación, no hay anormalidad, no hay locura en estos comportamientos deleznables. Solo hay miedo y banalidad en una sociedad que agazapadamente esperó su momento de mórbida ferocidad. Solo el terror a un futuro lleno de Facundos puede desatar esa inútil catarata de violencia. Tan inútil como la tonta idea de detener los sueños de felicidad y alegría que le robaron a ese niño. Los sueños de Facundo son los de millones de pibes postergados, hambreados y privados de escuelas. Los sueños de Facundo habitan las luchas por la igualdad y la libertad de millones de seres. Solo en los pobres corazones de quienes alientan estos comportamientos cabe la idea de poder detener a balazos ese río de sueños.

Atilio López

 

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