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Las políticas de memoria, introducen, entre otras cosas, un interrogante acerca de cómo  rememorar el pasado, bajo que formas representar y transmitir la historia y encuentran respuestas diversas de acuerdo al interrogante ético que sostiene la idea de transmisión. Los mecanismos evocativos estructuran representaciones subjetivas y sociales y organizan la memoria colectiva. Hacer del recuerdo un institucionalizado objeto de museo o transformarlo en un elemento animado, vital, de manera tal que guarde en sí la posibilidad de hacer del pasado una convocatoria a la actividad y a la participación y que pueda ser reinterpretado, habla de modos distintos de concebir la memoria. Así, las formas de contar y hacer la historia dependen del lugar que se da a lo cotidiano, a lo cultural,  a las conquistas populares, a las luchas, y la dimensión afectiva que introduce la participación del sujeto comprometido en la situación que se rememora. Los monumentos que tradicionalmente se disponen en el espacio público, condensan y suelen guardar un sentido de transmisión pero a veces logran una paradójica invisibilidad cuando el recuerdo se cosifica y se convierte en un objeto inanimado. Algo diferente sucede cuando se apela a la actividad y al compromiso de quien es convocado a recordar. Esto último supone una concepción del recuerdo concebida como una estructura permeable, vital, como un elemento que guarda en sí la posibilidad de transformar.  Remite a una forma de hacer y contar la historia, en la que la huella mnémica asociada a una representación tocada por lo afectivo se convierte en una fuente de intervención sobre la realidad. Si la memoria es entendida como una oportunidad de representación colectiva del pasado, se convierte en una herramienta que da soporte y define los modos de intervención en el presente.

Recordar, representar y transmitir el pasado como experiencia límite, puede organizarse como ejercicio activo si la experiencia del pasado es signada por las nuevas palabras que cada nueva evocación provoca. Los genocidios con las marcas de lo inasimilable del horror, pueden ser abordados cuando se encuentran palabras que acompañen lo indecible, en un lazo con el otro que sostenga esa escena, produciendo efectos de reinterpretación y elaboración de esa experiencia límite. Las subjetividades que participan se vuelven protagonistas de un hecho que guarda en sí la potencia de intervenir y transformar la realidad. Subyace en esto un interrogante ético que define la direccionalidad política que se pretenda dar a la escena

El Siluetazo es una práctica artístico-política que surgió a partir de la iniciativa de tres artistas plásticos argentinos: Rodolfo Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Kexel, quienes junto a diversos organismos de Derechos Humanos propusieron esta intervención como un modo de representar las marcas de las ausencias que dejaron los 30.000 detenidos-desaparecidos. Como práctica estético-política rompió con el tratamiento tradicional que se hace de la historia y se inscribe como un hecho que promueve la acción colectiva. La actividad surgió en el marco de la Marcha de la Resistencia de las Madres de Plaza de Mayo del 21 de septiembre de 1983.  Durante ese día se crearon siluetas en un taller callejero a partir de la confección de la forma de un cuerpo. Las siluetas fueron dispuestas en los edificios cercanos a la Plaza de Mayo, espacio emblemático y pivote del ideario de lucha por los Derechos Humanos en la Argentina. La actividad surgió como acción artística y como forma de resistencia plasmada en el espacio público.

El Siluetazo consiste en el trazado sencillo sobre papel de la forma vacía de un cuerpo y la siguiente disposición en el espacio público. Hubo distintas reformulaciones a partir de la idea original, que en un principio contemplaba que cada silueta fuera personalizada, con detalles de vestimenta, características físicas, retratos y demás. A posteriori se resolvió que las siluetas serían idénticas, y a partir de la búsqueda de nietos de Abuelas de Plaza de Mayo se decidió que se representasen también a niños y embarazadas. La experiencia se reproduce hoy a escala nacional y se organiza con un criterio que se establece de acuerdo al  barrio que habitaba el desaparecido, su lugar de militancia y queda abierto a las variables que surjan en el intercambio que la actividad como producción colectiva determine. Las listas con los nombres de los detenidos- desaparecidos guardan la relación que esas historias tienen con los lugares en los que transitaron, vivieron, trabajaron, militaron, amaron, lucharon. Sus mismas calles, barrios, plazas, sus lugares de lucha son ocupadas por sus siluetas erguidas, de pie.

El Siluetazo se ha convertido en uno de los ejemplos más significativos de participación en el que se combinan herramientas artísticas y creativas de producción de imágenes para visibilizar la dimensión del genocidio. Lo indecible e irrepresentable del horror se bordea con esos trazos sobre papel y con la escritura de los nombres, haciendo presentes a esas ausencias. La confección de las siluetas exige poner el cuerpo, ya sea cuando se presta el cuerpo como molde, cuando se bordea la plantilla, se calcan las formas, se pintan, se escriben los nombres y las consignas o cuando se pegan de pie. La actividad convoca al despliegue de palabras y de historias, de emociones y afectos que intentan bordear lo irrepresentable del genocidio. El recuerdo se constituye así en una fuente de evocación e intercambio con el otro, se introducen palabras gestos y preguntas que producen continuas y renovadas reinterpretaciones y reinscripciones.  Se instala como un ejercicio de memoria que apela al compromiso afectivo y simbólico, porque ocupar el lugar del ausente es aceptar que cada uno y todos somos los 30.000.

Las siluetas se disponen en las calles  durante la noche del 23 de marzo, esa misma noche que anuncia los años oscuros de la dictadura. Las siluetas organizan itinerarios, senderos, toman lugares que alguna vez fueron ocupados por esos cuerpos con esos nombres. Son pegadas en las paredes por compañeros, amigos, seres cercanos o extraños y en ese acto se intenta cada vez bordear el horror, el dolor, la ausencia. Son ubicadas en forma vertical, de pie (por pedido de las Madres de Plaza de Mayo), porque con vida se los llevaron. Sus siluetas dialogan con el entorno, dicen que eran vecinos del barrio, que tenían nombre y apellido, que una fecha determinada dejaron de estar ahí, que desaparecieron, que fueron buscados.  Las siluetas ocupan el espacio público. Ocupan 30.000 espacios. 30.000 nombres interpelan, piden palabras, cuentan la historia y reclaman memoria.

 

Alicia Eguren

 

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