Cristina-con-Lula-en-Italia

La película que realizó Terry Gilliam en 1985 mostraba el universo distópico de un Estado “en algún lado” (Brazil en inglés) que persigue y castiga a sus habitantes por desviarse del pensamiento único, en una clara referencia al otro universo totalitario de 1984, la obra de George Orwell que nunca imaginó que sería el Gran Mercado el opresor instrumento del totalitarismo del siglo XXI.  Brasil representa desde ese imaginario el nombre de un lugar al que se lo imagina casi idílico pero que es habitada por niveles de desigualdad abrumadores. La persecución en la película es articulada mediante una gigantesca maquinaria burocrática que intenta controlarlo todo y como casi siempre ocurre la totalización falla o es insuficiente. Algo siempre escapa o interrumpe la lógica de la totalización o la homogeneidad social. En el Brasil del año 2018 la maquinaria del Estado está puesta al servicio del Mercado que persigue a quienes resisten esa totalización que alberga solo miseria.

El año de referencia no es casualidad. En 1985 Brasil abandonaba a la dictadura para dar paso a una democracia tan amañada como la sociedad política que avaló el experimento militar. Dos años antes se había formado la Central Única de Trabajadores (CUT) que hoy nuclea a más de 7,5 millones de trabajadores. Recién en 1989, y luego de 29 años, Brasil pudo elegir a un presidente en forma directa. La persistencia de estructuras autoritarias no depende de “esa especificidad” sudamericana que admite formas de gobierno ilegitimas y brutales sino de la naturaleza del poder territorial en este caso de la nación subcontinente que representa Brasil con su particular historia política.

A riesgo de escribir una nota con el diario del lunes y el resultado puesto, es difícil no deslizarse por el sendero de la inmediatez. Se necesita cierta perspectiva histórica. Hay una confusa cita dando vueltas, atribuida al líder chino Zhou Enlai en momentos de la visita del presidente norteamericano Richard Nixon a China en 1972. Le preguntaron al líder chino sobre la revolución francesa y este respondió “es demasiado pronto para valorarla”. Pasado el estupor que produjo su respuesta asignada en principio a la prudencia del líder y a la paciencia milenaria oriental en oposición a cierta ligereza de occidente, parece haber obrado una confusión, Zhou Enlai hablaba del Mayo Francés de 1968. Cierta o no la cita nos obliga a pensar en términos históricos y con cierta perspectiva para tener algunas certezas.

En las presentes circunstancias de Sudamérica parece difícil no advertir la mano de Washington en la articulación de una nueva ofensiva conservadora en el continente. El desafío regional lanzado con la derrota diplomática para EE.UU que significó el NO al ALCA de 2005 en el que convergieron Argentina, Venezuela y Brasil ha conjurado a los poderes regionales junto a la diplomacia norteamericana para que las experiencias nacionales, populares y democráticas  sean derrotadas o extinguidas. No es solo el intento de una restauración conservadora sino una nueva matriz política disciplinaria de la derecha internacional que intenta salir del colapso económico de 2008-2009 que condujo al prolongado ciclo de recesión que amenaza a Europa y EE.UU frente a potenciales competidores como China y Rusia. En ese duro contexto la fórmula parece ser “frente al fracaso del mercado más mercado”. Los resultados, podemos sí adelantar, serán catastróficos en términos sociales.

El encarcelamiento del ex presidente Inácio Lula Da Silva se inscribe en la necesidad de la derecha continental de punir a los líderes de las democracias populares en pos de la construcción de un nuevo orden político para la región. Sin embargo, también es el reconocimiento al fracaso de imponer una “visión de conjunto” a la sociedad entera. Las serias posibilidades de ganar las elecciones en octubre por parte del líder petista es la confirmación de las dificultades que posee la derecha brasileña de imponer cierto consenso al resto de los sectores sociales. El asesinato de Marielle Franco se inscribe en ese sentido. El  asesinato de la concejala pone en evidencia la necesidad de disciplinar a los sectores que representa: pobres, negros y mujeres de la favela. Precisamente son los sectores más dinámicos y demandantes de la sociedad. El enemigo que se construía mediante fronteras ideológicas ha dado paso a la construcción a la amenaza social que perciben los sectores de poder en los liderazgos sociales. Solo en Colombia el año pasado fueron asesinados 250 dirigentes sociales mediante sicarios y paras.

La coerción pura del Estado puede sostenerse por un tiempo muy limitado. La increíble operación de detención a Lula ha demostrado las profundas limitaciones políticas de la derecha brasileña que en su desesperación ha colaborado inesperadamente para regalarle la campaña política al PT y construir un líder de proporciones mitológicas en Lula. Semejante despropósito solo es explicable por la torpeza sobrenatural de un sector abyecto que se apoya exclusivamente en la poderosa corporación de medios. Algo que como se ve no es inexpugnable y mucho menos infalible.

La situación no deja de ser preocupante. Brasil, Argentina y Chile controlados por una derecha paleolítica es sinónimo de crisis políticas y sociales a corto plazo. Algunos podrán argumentar que en el caso de Chile y Argentina esos dirigentes alcanzaron el gobierno de manera democrática y legítima. Lo que no implica que necesariamente sean exitosos en términos de construir un orden político duradero y hegemónico. En el caso argentino asombran las profundas limitaciones de la clase política conservadora. El nivel de barbarie, brutalidad e ignorancia de los equipos de gobierno no hubiera quedado nunca en evidencia sino estuvieran al frente  del control de la gestión pública.

También es necesario hablar sobre la naturaleza procesal de la democracia latinoamericana. Con idas y vueltas los gobiernos nacionales y populares lograron como en el caso argentino y brasileño impulsar procesos de inclusión e industrialización encomiables. Los niveles de desigualdad y pobreza heredados de las experiencias neoliberales en los 90 hacen de las democracias posneoliberales hazañas titánicas. La efectiva reducción de pobreza y de desigualdad alcanzó en el caso de los gobiernos del PT el descenso del coeficiente de Gini en 8 puntos porcentuales (2001-2015) y en el caso de la Argentina casi 11 puntos porcentuales entre el año 2002 y el 2014[1]. En ambos países la reducción de la pobreza y la desigualdad fue resistida y combatida con una ferocidad sin precedentes en tiempos democráticos sobre todo porque dieron lugar a una recomposición de la distribución de los ingresos que demostró la posibilidad de crecer con inclusión e iniciar procesos políticos de “soberanización política” con crecientes márgenes de autonomía política respecto de organismos internacionales.

Sin embargo en ambas naciones el crecimiento económico también alcanzó a sectores tradicionalmente opositores a la industrialización y autonomía del complejo científico tecnológico. En Brasil la propiedad de la tierra continúa concentrándose cada vez más, comparando los datos del censo de 1996 con el de 2006. Disminuyó el número de propiedades con menos de 10 hectáreas[2]. Estas propiedades representan a los campesinos pobres, cerca de 2,5 millones de familias. La superficie ocupada por estas propiedades se redujo de 9,90 millones de hectáreas para apenas 7,70 millones, representando tan solo el 2,70% de la superficie total de las tierras del censo. En el lado opuesto, tenemos apenas 31.899 terratenientes que dominan 48 millones de hectáreas en propiedades superiores a mil hectáreas. Y otros 15.012 terratenientes con propiedades superiores a 2.500 hectáreas, que totalizan 98 millones de hectáreas. Son los terratenientes del agro negocio, que representando a menos del 1% de las propiedades rurales, controlan el 46% de la superficie total de las tierras del censo.

Con semejantes niveles de concentración económica el desafío latinoamericano es terminar con la desigualdad y la monopolización material y simbólica por parte del mercado. Latinoamérica  ha demostrado al mundo que la democracia liberal cruje en sus cimientos. El despotismo financiero y la concentración de la riqueza han devenido en el absolutismo del dinero. Una nueva aristocracia de tierra y finanzas reina en América latina. La unidad latinoamericana es posible y tiene sentido si se eliminan los obstáculos que condenan a que millones de seres mueran en la indigencia en naciones inmensamente ricas e injustas.

Atilio López

 

Referencias

[1] Banco Mundial https://datos.bancomundial.org/indicador/SI.POV.GINI?locations=BR

[2] https://www.ibge.gov.br/estatisticas-novoportal/economicas/agricultura-e-pecuaria/9827-censo-agropecuario.html?=&t=destaques

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