genocidio armenio2

La barbarie y la locura homicida de guerras y conquistas no son atributos de un siglo en especial. La historia está habitada por masacres y persecuciones. Si pudiera trazarse un recorrido sobre la modernidad temprana se podría tomar la destrucción del continente americano por la colonización española como uno de los primitivos antecedentes de prácticas que desaparecieron de la Tierra poblaciones enteras.

Sin embargo existe cierto consenso sobre el término genocidio, como conjunto de prácticas tendientes al aniquilamiento de una población, como un neologismo del siglo XX. El término en sí mismo es problemático pues debe definir el rasgo común de esas poblaciones: su origen, el fenotipo o religión. Como se verá esas características pueden ser excluyentes cada una de ellas o concurrir todas juntas en una misma sociedad.

Para salvar las controversias Daniel Feierstein alude a prácticas sociales genocidas como una forma de evitar la cosificación del término genocidio que es reservado exclusivamente para el debate jurídico. La idea de prácticas sociales genocidas remite a un proceso que requiere modos de entrenamiento, legitimación y consenso que difieren de una práctica espontánea o automática.

“Una práctica social genocida  es tanto aquella que tiende y/o colabora en el desarrollo del genocidio como aquella que lo realiza simbólicamente a través de modelos de representación o narración  de dicha experiencia. Esta idea permite concebir el genocidio como un proceso, el cual se inicia mucho antes del aniquilamiento y concluye mucho después, aun cuando las ideas de inicio y conclusión sean relativas para una práctica social, aun cuando no logre desarrollar todos los momentos de su propia periodización” (Feierstein, 2007:36)

En el marco de la Primera Guerra Mundial el Estado Otomano (turco) gobernado por los conocidos Jóvenes Turcos inició la detención en Estambul de 235 pobladores armenios bajo la acusación y sospecha de colaborar con Rusia enemiga del Estado otomano luego de la derrota del ejército otomano en la campaña del Cáucaso. La acusación de colaboración hacia la población armenia provocó que a las detenciones originales se sumara la deportación de la  totalidad de la población, que sin medios de subsistencia fuera condenada al exterminio y desencadenara el primer genocidio moderno.

La marcha forzosa por lugares inhóspitos, la reclusión en campos inhabitables, de esa población entre 1915 y 1923 y el asesinato sistemático perpetrada por el Estado turco provocó la muerte de millones personas, el primer genocidio moderno y una de las diásporas más importantes del mundo.

El genocidio armenio nos remite a ese conjunto de prácticas que desarrolla el Estado moderno  para el cual prepara a sus instituciones y legitima su accionar en la “racialización” de una población dada, asignando un acceso diferenciado a bienes, recursos, servicios, el derecho a un trato igualitario y la incorporación arbitraria a un orden jerárquico en una posición de inferioridad.

Las prácticas sociales genocidas provocaron en su fase de exterminio la muerte de entre un millón y medio a dos millones de armenios en el período que abarca entre los años 1915 y 1923. Han sido también documentados como precedentes del genocidio, matanzas en diferentes poblaciones armenias en el marco de tensiones nacionalistas de la región. Entre 1894 y 1896 las conocidas como “masacres hamidianas” impulsadas por el entonces sultán otomano Abdul Hamid II se cobraron la vida de entre 200.000-300.000 armenios. En el año 1909 también en el marco de las tensiones nacionalistas y de mayores demandas de inclusión social fueron asesinados 30 000 armenios en la provincia de Adana.

Todos estos antecedentes permiten caracterizar al genocidio armenio como una operación largamente preparada y ejecutada por el Estado turco en el marco de la reconfiguración de los Estados nacionales del siglo XX. Considerado como el primer genocidio del siglo XX fue el feroz antecedente de las prácticas genocidas nazis en Europa y que tuvieron su continuidad en la ex – Yugoeslavia y Ruanda en la década de los 90. Es evidente que como decía Hegel “la felicidad es aquello que no habita las páginas de la historia” y aún más es un legado de barbarie y sangre. Nunca dejarán de ser suficientes los esfuerzos de las naciones para colocar la vida de sus habitantes en el sentido más universal y ecuménico posible por encima de cualquier razón.

La predictiva frase de Goya tal vez de sentido al acontecimiento que hoy se conmemora  “El sueño de la razón engendra monstruos”. Es evidente que la razón iluminista del siglo XIX está en la base de las tragedias a las que hemos asistido en el siglo XX y el actual. Es hora de terminar con esa razón y con los monstruos que engendra.

 

Atilio López

 

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