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Cientos de miles de armenios murieron entre 1915 y 1923 en manos del Imperio Otomano. Se estima que un total de 1.500.000 armenios fueron masacrados durante el genocidio, aunque Turquía dice que fueron 300.000 y que murieron en combate. El pueblo Armenio fue sujeto a deportaciones, expropiaciones, secuestros, torturas, masacre e inanición. Mujeres y niños fueron raptados y brutalmente abusados.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, el jurista polaco Raphael Lemkin, desarrolló en 1948 una teorización legal sobre qué es un genocidio, en qué circunstancia debe reconocerse de ese modo y que responsabilidad conlleva jurídicamente como crimen realizado contra la humanidad toda. Un genocidio se define como tal cuando los crímenes se organizan como asesinatos en masa de toda una población con un plan coordinado de acciones que apuntan a la destrucción de los cimientos culturales, ideológicos, lingüísticos, políticos, religiosos, etc. Los genocidios no están determinados por la cantidad de víctimas, sino por la planificación premeditada de la exterminación de un pueblo. Sus distintas expresiones van desde la negación simple y llana de los hechos hasta las estrategias de relativización y banalización. Debe ser comprendido como el corolario de un proceso que se inicia antes del aniquilamiento y que se extiende a los modos de realización simbólica a partir de una tecnología del poder. Los genocidios no son producto de circunstancias imprevistas, no deseadas y azarosas sino que son una elección.

Las experiencias genocidas se caracterizan por el aniquilamiento material y simbólico, a través de diversos modos de narrar y de representar la experiencia, y es la negación parte de la realización efectiva y simbólica del aniquilamiento. El negacionismo  reúne y condensa la manifestación de expresiones públicas con rasgos de odio, persecución y ofensa colectiva y no solo se configura como un acto de indiferencia y desinterés sino que representa un doble genocidio al no dar estatuto de verdad al padecimiento de sus víctimas.

La negación de los genocidios forma parte de las políticas que adoptan determinados gobiernos que reafirman la continuidad de ideas de exclusión, segregación y muerte. Todo negacionismo no solo se refiere al aniquilamiento como hecho en sí, sino que también cuestiona y niega la existencia de esos grupos sobre que se ejerció lo peor de la crueldad y la barbarie que la humanidad puede soportar. Los genocidas en el poder se han encargado de legitimar con sus palabras la lógica de aniquilamiento y desaparición del otro.  La historia del genocidio armenio tiene una frase que acuña el fondo de negación que tuvo ese hecho. En 1916 Talaat Pashá dijo: “La cuestión armenia no existe porque no hay más armenios”. Esta frase parece representar una matriz discursiva solidaria de todo genocidio, que ha tenido réplicas y hasta evoca en nuestra memoria colectiva esas otras palabras que fueron el soporte discursivo del horror, cuando en nuestro país durante la dictadura cívico-militar uno de los genocidas refirió bajo una perversa forma discursiva: “Mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no está ni muerto, está desaparecido”. Estas expresiones  evidencian la estrategia de negación del aniquilamiento como parte del aniquilamiento mismo, y son palabras que ejercidas desde lugares de poder funcionan como el soporte ideológico de la barbarie.

El discurso turco partió de un desconocimiento absoluto de la causa armenia, y a través de políticas negacionistas desde el Estado se fomentó el desinterés internacional. Turquía representa un ejemplo paradigmático de negacionismo sostenido en el tiempo, definiendo políticas públicas desde las que se reprodujeron sistemática y consecuentemente discursos y estrategias narrativas en los diversos espacios de construcción social, desde los que se apeló a distintas formas de relativizar los hechos, desde la demonización de las víctimas, hasta el disfraz sobre el genocidio alegando que en toda lucha siempre hay bajas de ambos lados, siendo la negación de la cantidad de víctimas y la referencia a la violencia mutua los argumentos más difundidos.

En la actualidad son muy pocos los Estados que no reconocen el genocidio armenio. Turquía actualmente continúa con su política de silencio y negación y con la vigencia de leyes cuestionadas por organismos de Derechos Humanos por coartar la libertad de expresión. Muchos intelectuales y periodistas que se animaron a interrogar la historia turca y a avanzar en el camino de la memoria y la verdad, fueron juzgados por reconocer el genocidio del pueblo armenio, siendo señaladas jurídicamente sus expresiones como un agravio a la identidad nacional turca, haciéndose efectivo el cumplimiento de las penas en la mayoría de los casos ya que los tribunales avalados por la ley son reacios a aceptar la libertad de expresión como un derecho humano.

La negación de genocidios y crímenes contra la humanidad es profundamente ofensiva y redobla el dolor de los sobrevivientes y descendientes, además del efecto de reafirmación de poder de los perpetradores, ya que a la negación le sigue el silencio y el empuje al olvido, en tanto no hay un otro que sea sostén del ejercicio de memoria. Este mecanismo envía una señal que se extiende al entramado social y se legitima de este modo la idea de que esos crímenes pueden seguir siendo cometidos con total impunidad. De ahí la importancia y las consecuencias políticas  del negacionismo, que como acto que surge desde el lugar de poder de un Estado, ofrece solidez discursiva y narrativa a pactos denegatorios del que ineludiblemente emanan las violencias.

Alicia Eguren

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