madres_2015

Qué cuchillo vestido de uniforme

sembró sangre en tu regazo

aquella noche de terror inenarrable,

y por bando decretó el silencio de pájaros y cielo

y la muerte del sol

que diste a luz una mañana.

Qué búsqueda imposible de esperanza,

de alma moribunda y duelo interminable

se instaló entre tus ojos

–mojados de tanto desconcierto—

por niños devorados y duelos repetidos

en la era de todos los tormentos.

Cuántas veces en las penumbras del silencio

–allí donde se acuestan los recuerdos—

el corazón azota su falta inolvidada,

resuenan los tambores ausentes de sonido,

y aparece su imagen de ángel fulgurante

ofreciendo sus fantasmas de luz por los caminos.

A veces me pregunto:

¿cómo dormir la noche con el hijo perdido?

El corazón famélico azota sus clamores,

inventa un vaivén de cuna y un rorro repetido

que adormece el naufragio…

y el alma se te vuela cual pájaro de amor despavorido.

Cuántos puños sin eco

horadaron portones ausentes de respuesta,

cuántas guerras insomnes con el grito en la boca

( que te corta el aliento)

en largas caminatas malheridas de soles, ajenas de

colores,

el alma tiritando de recuerdos…

Y en la danza siniestra de odios y añoranza

–que amamanta presagios de lucha y nacimiento—

su ausencia de grieta incandescente y foto desteñida

te retorna a la vida con sabor a horizonte,

y avanzas por la plaza

que abrió su geografía al fuego y la esperanza…

Mary Ablin

 

 

 

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