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Pocas doctrinas políticas alcanzaron el nivel de universalización y profundidad que la filosofía de la praxis, como la llamaba Antonio Gramsci, al conjunto de ideas que Karl Marx elaboró en su vida como filósofo, economista y militante revolucionario. No hay continente que no haya conocido su obra, ni gobierno que no haya agitado su fantasma para sostener violentos regímenes oprobiosos. Existen pocos antecedentes sobra la cantidad de millones de libros impresos sobre sus obras para su difusión. Nunca un autor fue tan tergiversado, deformado y mal interpretado, error al que colaboraron tanto marxistas como detractores en cantidades asombrosas.

Pocas veces un filósofo tuvo un trabajo tan analítico y profundo para desentrañar la esencia del capital. Como el mismo Marx lo decía en relación al Capital: “nadie escribió tanto sobre algo que nunca tuvo”. La era de las revoluciones en el siglo XX lo tuvo como mentor y los partidos comunistas fundados en su nombre tomaron el poder en Rusia, China,  Corea del Norte, Vietnam y Camboya. Luego de la Segunda Guerra Mundial y como producto de la derrota de la Alemania nazi numerosos países europeos tuvieron gobiernos comunistas: Alemania oriental, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Bulgaria, Yugoeslavia y Rumania.

En América Latina desde 1959 el Movimiento 26 de julio tomó el poder en Cuba y en 1961 fundó el Partido Unido Socialista de Cuba de orientación marxista. Pese a la temprana fundación de numerosos partidos socialistas obreros  y comunistas en las primeras décadas del siglo XX (México 1911, Chile 1912) solo Cuba consolidó un Estado socialista.

El gran impacto del marxismo en América Latina colisionó con la “especificidad latinoamericana” y algunos pocos marxistas, como Carlos Mariátegui, lograron romper la matriz eurocéntrica que los partidos comunistas latinoamericanos intentaban imponer sin distinción a la realidad latinoamericana. Mariátegui utilizó el marxismo para dilucidar la compleja realidad peruana. Pese a la amplia difusión universal de las ideas de Marx, pocos recuerdan a Mariátegui como el analista marxista más destacado y original de Latinoamérica. Del libro más conocido de Mariátegui “Siete ensayos e interpretación de la realidad peruana” María Pía López (2004:14) en su prólogo afirmará que […] es la narración de la historia de un doble fracaso: el de la construcción de la nación peruana y de un régimen de producción capitalista”. Afirmación que puede ser extendida a la gran mayoría de las naciones latinoamericanas dominadas por élites más cercanas al feudalismo que al capitalismo y donde afirma que el problema central de las naciones sudamericanas es la renuncia de las burguesías agrarias y latifundistas, con producciones primarias, a convertirse en verdaderas burguesías industriales.

Mariátegui descubre en su país, como luego muchos pensadores nacionales en el resto de Latinoamérica, que […] el carácter de la propiedad agraria en el Perú se presenta como una de las mayores trabas del propio desarrollo del capitalismo nacional. Es muy elevado el porcentaje de las tierras, explotadas por arrendatarios grandes o medios, que pertenecen a terratenientes que jamás han manejado sus fundos. Estos terratenientes, por completo extraños y ausentes de la agricultura y de sus problemas, viven de su renta territorial sin dar aporte de trabajo ni de inteligencia a la actividad económica del país. Corresponden a la categoría del aristócrata o del rentista, consumidor improductivo (Mariátegui, 2004: 83)

Mariátegui da en el corazón de la controversia de los nacionalismos y el marxismo que domina la disputa política del siglo XX y el actual. A diferencia de la especificidad europea donde la burguesía comercial, financiera e industrial es la clase triunfante y directora de los procesos sociales determinando la aparición de dos clases políticas claramente diferenciadas,  en América Latina las condiciones de emergencia de los trabajadores industriales es claramente diferente. No es solo un proletariado industrial sino el conjunto de comerciantes, intelectuales y pequeños empresarios los afectados por el modelo de acumulación rentístico de las clases dominantes. La emergencia de nacionalismos populares con anclajes ideológicos profundamente arraigados en las tradiciones de los pueblos, marcará con claridad la aparición de movimientos políticos que encarnarán el liderazgo de las clases populares en oposición a las elites regionales derivadas de la explotación primaria de sus recursos naturales. El Cardenismo en México, el Varguismo brasileño y el Peronismo en nuestro país, confrontarán con dureza con los partidos marxistas nativos en sus principales postulados. La construcción de la categoría Pueblo como principal sujeto político de los movimientos nacionales como expresión del conjunto de intereses afectados por las oligarquías nativas originará uno de los primeros desencuentros entre la razón marxista y la razón popular. El Pueblo es la expresión política de todos los excluidos y que poseen la capacidad de articular sus intereses en función de derrotar a la oligarquía. Según las coordenadas políticas de las interpretaciones marxistas el Pueblo refiere al sujeto político de los totalitarismos de masas como el fascismo italiano y el nazismo alemán. En esta distorsión producto de una visión dogmática y eurocéntrica, que incluso contradice al propio Marx, reside el desencuentro entre el marxismo y los movimientos populares. El segundo malentendido  está relacionado al rol de la religión. Los marxistas han interpretado mecánicamente a la religión como una creencia secundaria y de carácter ilusorio, al que incluso Marx le asignaba escasa importancia. Para Marx el edificio intelectual constituido por leyes, normas y creencias de una sociedad son el reflejo de la infraestructura económica y por lo tanto secundaria e ilusoria. La afirmación de Marx sobre la religión como “el opio de los pueblos” está dada en ese sentido y no implica la postura liberal del anticlericalismo masónico derivado no de Marx sino de la Revolución Francesa que vinculaban la religión a la monarquía. Distinto es el rol jugado por el catolicismo en América Latina como uno de los elementos dinamizadores de la búsqueda de la igualdad. En ese sentido la radicalización del nacionalismo católico en nuestro país fundó una de las organizaciones político militares más importantes: Montoneros.

En 1979 el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) tomó el poder desalojando a la infame dictadura de Anastasio Somoza. Tal vez pocas revoluciones tengan la capacidad de ilustrar la especificidad latinoamericana. El FSLN constituyó una coalición de socialistas, marxistas y de activos miembros de la Teología de la Liberación. La revolución no solo fue impulsada por su dimensión material sino también por su dimensión simbólica religiosa.

El peronismo también ha contado con marxistas que han interpretado a Marx desde coordenadas nacionales y populares como Juan José Hernández Arregui desmitificando dogmas y centrando la discusión política. No caben dudas de la originalidad del pensamiento de Marx pero su traducción nacional no contó con el apoyo de los partidos marxistas que consideraban (y consideran) a los nacionalismos revolucionarios como desviaciones burguesas o “bonapartistas[1] en alusión a liderazgos carismáticos de líderes inescrupulosos que manipulan a las masas pensadas como agregados de individuos desprovistos de conciencia política.

El peronismo no es la negación del marxismo sino su superación. El texto de la Comunidad Organizada es la manifestación de ese intento. La tercera posición, tan vapuleada y mal citada, no es la posición intermedia entre el socialismo y el capitalismo sino su superación mediante un sistema político donde el trabajo no sea una mercancía sino un derecho, y donde el capital esté al servicio de la comunidad y el trabajador. Ninguna de estas afirmaciones desmienten a Marx sino que el camino emprendido lo hace invirtiendo la lógica de la circulación del dinero. La persistencia del peronismo, la larga lucha de los trabajadores en Brasil con el Partido de los Trabajadores (PT), el brutal bloqueo a Venezuela acusada de populista, los éxitos de Evo Morales no son más que la ratificación del derecho de los trabajadores a ensayar fórmulas y sistemas políticos profundamente americanos e innovadores, algo a lo que ni Marx podría oponerse con toda su autoridad intelectual.

Atilio López

 

 

Referencias

[1]  Marx, K. (1998). El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Buenos Aires: NEED

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