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Mi memoria evoca con insistencia en estos días una historia, un caso. Fue una experiencia vivida en la guardia de un hospital general en el conurbano bonaerense, en el que desempeñé mi tarea como psicóloga integrante de un servicio de Salud Mental. En estos días el recuerdo vuelve y se convierte casi en una vigilia. No deja conciliar el sueño.

Un caso. Una historia. Una adolescente de 16 años muy angustiada, llega a la guardia a raíz de un sangrado vaginal anormal que según la hipótesis del médico habría sido por la práctica de un aborto clandestino. Ante el llanto, el dolor y la angustia era necesario introducir alguna palabra, de ahí la necesidad de intervención desde el campo de la Salud Mental. Era necesario invitar a decir ahí donde el llanto aparecía como la única forma de expresión. Esta joven comenzó a hablar. Habló del miedo a morir, habló de un amor perdido, de su soledad. Dijo de su historia, del barrio, de su familia. Y del desamparo al que lleva tener que abordar ciertas situaciones de la vida cuando la realidad solo puede ser vivida desde la pobreza. Del aborto, nada. No era posible nombrarlo. El silencio como respuesta ante el miedo era imprescindible para evitar un mal mayor, el de ser culpabilizada, acusada de criminal y tener que soportar el castigo. Más castigo.

Un embarazo en un cuerpo, en un útero. Eso que la biología ha designado para algunos cuerpos y que la cultura transforma en un mandato de maternidad; una perspectiva racionalista que desde lo biológico y lo “natural” cristaliza sentidos disciplinadores y excluyentes. La mujer y lo materno ligados por un nexo totalizador, como si fueran la misma cosa y como si la maternidad fuese una cuestión instintiva y no cultural y social.

La intensidad del llanto equivalía a la intensidad del miedo y de la culpa. Motivos le sobraban. 16 años. Un embarazo no deseado. Un novio que la dejó. La solución de un aborto inseguro. Las pésimas condiciones sanitarias y el riesgo de vida, la posibilidad de morir. Y como si todo eso fuera poco el imperativo de silencio, que priva desde el vamos de esas palabras que puedan desbaratar el tabú y las marcas de condena social con las que se signa la voluntad declarada de interrumpir un embarazo.

Un caso. Una historia. Son cientos de miles las muertes por abortos clandestinos inseguros y de cuerpos que alojan las consecuencias físicas y psíquicas de la violencia, del dolor y de la condena social, desde una dialéctica de disciplinamiento, segregación y muerte.

Una vigilia acompañó el debate por la legalización del aborto en Argentina. La calle dijo, el Congreso debatió, y esta vigilia se convirtió en un sueño tranquilo de libertad y en una realidad que nos permite decir, elegir y vivir.

Alicia Eguren

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