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Hay quienes les gusta pensar que la política es una ciencia. Pero es un concepto que no me atrae porque la palabra ciencia siempre me sonó a poco e iluminados. En cambio la política cuanto más gente la haga, mejor suele ser. Ciencia, puede o no serlo, pero realmente no nos importa. Porque nuestra labor no es ni científica ni filosófica, es militante. Se relaciona con la función de la cosa y no con la cosa en sí. Porque no es de nuestro interés desarrollar el “qué” sino el “para qué“.

Para no confundir a los distraídos, no es la búsqueda de la verdad lo que perseguimos en nuestro nuestra formación como militantes políticos, que con orgullo nos reconocemos, sino el conocimiento de las herramientas que nos ayuden a interpretar los acontecimientos sociales y políticos para poder articular los diferentes actores y contradicciones que permitan interceder en forma colectiva sobre la realidad para la organización de una  sociedad mejor. Por eso, la formación para nosotros y nosotras no es un derecho de los intelectuales sino una obligación militante.

Y es en la búsqueda de esa “sociedad mejor” se encuentran todas las visiones subjetivas que hacen que esta ciencia no sea de esas de tubos de ensayos, planos geométricos y laboratorios. Porque la política es siempre una disputa de intereses, no de interesados, aclaro. Es el conocimiento del método lo que nos sirve a nosotros. Necesitamos ese método para comprender los fenómenos políticos y sociales, y a partir de ahí, configurar los escenarios que pueden presentarse, buscando adelantarse a los acontecimientos para estar preparados a dar las respuestas necesarias y las urgentes. Tanto desde el estado como desde un partido o movimiento político. Porque dichos fenómenos políticos no son producidos por la acción de la naturaleza sino de los hombres y mujeres que conforman la sociedad. Lo cual los hace muy complejos y muchas veces imprevisibles. Es que son “fuerzas vivas“, porque la realidad está en constante movimiento.

Tengamos en cuenta que los sistemas y modelos políticos no son casualidad de un destino caprichoso sino más bien la causalidad de las relaciones de poder. Están determinados por la hegemonía o contra-hegemonía que ejercen en la relación entre sí las diferentes clases, sectores y grupos existentes, los cuales poseen intereses que en muchos casos se contradicen entre unos y otros. Como los esclavos y los propietarios, los opresores y los oprimidos, esas contradicciones definen las relaciones de poder, y como consecuencia de estas,  las económicas, y el lugar que cada uno tiene en dichas relaciones.

Este simplismo dual no se da siempre tan fácilmente visible. Las relaciones de poder que sostienen dicha estructura se renuevan y se reintentan en forma compleja. Aunque sí existe en la política una contradicción principal a resolver, pero nunca es esquemática ni se manifiesta en forma literal. El agua que recorre el cause de la historia no es cristalina. Hay que determinar cuál es esta, en cada etapa histórica y en cada lugar, y solo formándonos podemos lograrlo. Claro está, que la formación no es tan solo leer un libro o el estudio, sino la práctica con la realidad y la actualización de la información diaria de los acontecimientos. Para hacerlo más fácil, hay que leer los diarios, entre líneas, pero siempre estar al tanto de los sucesos.

Los grupos hegemónicos que en cada etapa de la humanidad detentan el poder económico se hacen de una superestructura cultural que sostiene la coerción que las armas no logran sostener a largo plazo. Y así como existe la opresión política de una clase dominante, existe la rebelión de los dominados. Por eso, además del uso de la violencia como imposición para una estructura económica y política, existe una forma de coerción a largo plazo, utilizando las herramientas superestructurales, las que hacen creer a los que reciben “la peor parte de la torta” (la mayoría) que son parte de algo que claramente es para las minorías. La zanahoria o el garrote. Para ello las clases dominantes han usado todo lo que está a su alcance. La educación, la cultura, los medios de comunicación, son claros ejemplos de ello. Incluso, los valores y los principios de los diferentes grupos que interactúan en una sociedad.

Pero no todo es cohesión o coerción de “arriba hacia abajo“, también en su resistencia y su lucha, las mayorías oprimidas, que pocas veces se reconocen como tales, van construyendo una contra-hegemonía, en esta disputa de las relaciones de poder, que también genera sus propios valores y principios “desde abajo“. A pesar del intento constante de la estructura, de universalizar su superestructura de valores, para universalizar su modelo impuesto y con el los problemas y desigualdades que trae consigo. Los pueblos recorren esta historia como prisioneros o invitados a una fiesta ajena pero siempre logran diferenciarse, generar su propia cultura, sus valores, producto de sus relaciones sociales. Porque así como se logra hegemonizar la conducción política de las relaciones económicas y sociales, por un grupo o clase social que detenga el poder, y al generar esta hegemonía, las relaciones dispares con el poder producen a su paso las contradicciones para que también las mayorías dominadas construyan valores que los diferencian de los hegemónicos. Esta cultura popular es muchas veces una herramienta para la liberación.

Es una manifestación colectiva de resistencia a una hegemonía impuesta, es un principio de ruptura con la opresión. No son científicos ni teóricos los que crean dicha herramienta, es una fuerza colectiva que manifiesta lo que está sucediendo en realidad. Pero es tarea de los militantes políticos, que anhelan interceder sobre esa realidad, el saber interpretarla, nunca menospreciarla y generar organización para la transformación de la realidad, aprovechando la oportunidad que da dicha manifestación colectiva de resistencia y las crisis políticas que producen las injustas relaciones materiales y de poder.

El paso del tiempo ha generado grandes experiencias históricas donde el pueblo ha logrado organizarse y tomar el poder político, conducido por hombres y mujeres de carne y hueso que interpretaron el sentir popular, su cultura, sus problemas, su forma de vivir y pensar. Esas experiencias, están en la memoria de los pueblos y también en las organizaciones que ha generado como propias (sindicatos, movimientos políticos y sociales, partidos, etc.). Ninguna experiencia de liberación de las condiciones de opresión descriptas logra triunfar si no entiende esa continuidad histórica y no interpreta y logra articular esas contradicciones. Por eso es tarea militante formarse, leer entre líneas, pelearle a la imposición de los valores que justifican la desigualdad y la injusticia, darle un golpe en la pera al descreimiento, cuestionar la cultura hegemónica, rebelarse.

Desarrollar lo colectivo nunca es tarea fácil, el modelo está hecho para que juntarse sea un imposible, para que la “salvación” sea individual. Para que nadie vea la injusticia, nadie cuestione dicho status quo. Pero cuando estudiamos la historia, vemos los ejemplos de pueblos que luchan, ganan, pierden y empatan. Las contradicciones existen aunque las clases y la naciones dominantes busquen esconderlas. Y en esa existencia, un fuego imposible de apagar, se organizan y se conjugan las oportunidades para que los pueblos organizados tuerzan un destino que le trazaron a la fuerza. La organización del pueblo para la toma del poder político es la tarea de todos y todas las militantes. Solo así es posible la verdadera justicia.

 

Gringo

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